* Ramiro Pinto Díez

Ramiro Pinto Díez, Ramirín, el doctor Pinto. (León, 19 – XII – 1928 / Madrid 30 – IX – 2014) Hijo de Ramiro, padre de Ramiro y abuelo de Ramiro. Lo que llevó con orgullo: Prolongar en la familia su nombre, que él continuó de su progenitor.

Ramiro Pinto Díez, todo un Ramirín.

El día que nació nevaba. Fue en una casa que hoy no existe porque fue derribada, está al comienzo de la calle Cadórniga – León. Se llamó calle de la Concepción, esquina a la travesía del Mercado, convertidas respectivamente en c/ Cadórnida y Juan II. Hoy queda el hueco en la calle. Enfrente del convento de las monjas Concepcionistas, de clausura. Una de ellas salió para atender el parto. Le bautizaron en la iglesia del Mercado.

Calle Cadórniga (2020). Donde los dos paisanos hablan estuvo la casa donde nació Ramiro Pinto Díez.
Al frente la iglesia de monjas de clausura, las Concepcionistas. A la derecha de la imagen la calle La Rúa. De frente la c/ San Francisco y a la izquierda la calle herreros, donde el bisabuelo de Ramirín construyó su casa, y seguido a ella está la calle Puertamoneda y entre ambas la iglesia del Mercado.

Imagen de la calle Cadórniga el año 1940. La casa que sobresale es donde nació.
El año 1945 ya había sido derribada.
El año 1896 es cuando se expropio esta casa.

Su madre y su padre: Marucha y Ramiro.

Cuando empezó la guerra tenía ocho años. Pasó mucho miedo y se metía debajo de la mesa de la cocina y decía, «que vienen los fascistas y nos matan». A medida que avanzó la contienda, hizo lo mismo, pero le daba miedo los del otro bando: «Que vienen los rojos», decía. Contaba la tía Lola que era muy miedoso. Él le echaba en cara (bromeando) que ella le asustaba cuando fue pequeño. Decía conjuros y contaba historia de espíritus y de lobos que corrían por la calle. Le decía a la tía Lola (cariñosamente) que cuando fue joven era malona. Uno de los repertorios de ella fue «Patas blancas, patas blancas, sal de debajo de la cama si no te espantas».

Ramiro con su hermana Luisa.

Viviendo en Madrid, c/ Benito Gutiérrez – 13, le mandó su madre que subiera dos pisos más arriba para pedir un poco de aceite a una vecina, pero mientras que subió empezó a pensar que si pensaría que son pobres, que si le iba a decir que no, que ¡vaya usted a saber! y cuando llegó y llamó, dijo «¡no quiero nada!» La vecina se asombró y él lo contaba años después riéndose.

Ramirín con su padre Ramiro a su derecha. Al otro lado su tío Julián. Y amigos de ellos. Frenta a la catedral de León. Año 1931.
Ramirín delante de su tocayo y padre, con Marucha que lleva en brazos a su hija Luisa.
Con ellos Vicente Pinto Maestro, el hermano de Ramiro padre.

Cuando estuvo en León con su abuelo Cristiano, fue su cumpleaños y esperaba la cuelga que se pone como deseo de prosperidad. Algo muy típico de León. Como fueron tiempos de la posguerra Ramirín dijo que quería una cuelga humilde. Su abuelo le puso una de ¡mondas de patatas! A lo que Ramirín dijo: «Abuelo, semos pobres, pero no tanto». Pasado el susto le pusieron una con galletas, dulces y esas cosas.

Sendos dibujos de Ramiro en su adolescencia.

Sendas felicitaciones que recibió Ramiro en su juventud
de sus abuelos Cristiano y Dolores y de ésta.

Muchos veranos los pasó en Fresno de la Vega, trabajando con la familia de Los Bodega. El padre de Ramirín fue muy amigo del señor Miguel y de su hijo Francisco. Con el primero estuvo en la cárcel de san Marcos en la Guerra Civil. Pasaba muchos veranos con ellos. Y luego fue a visitar todos los años a Ignacio, mecánico del pueblo en su taller para arreglar tractores y coches, casado con Raquel, hija del señor Bodega. La hermana de ésta es Paula, maestra del pueblo habiendo dejado los hábitos de monja. Mi padre recordaba mucho aquellas estancias. Yo seguí yendo allá cuando mi padre no pudo viajar. Fui al entierro de Raquel, la última que quedó de aquella generación de la familia Bodega. Luego un hijo de ella fue alcalde del pueblo.

Algo que me llamó la atención fue que Raquel y la mujeres, incluidas hijas nunca comían en la mesa. Fue una costumbre de aquel lugar. Sacaban unas bandejas enormes de embutido, con pan de hogaza, de las de antes. A veces trucha escabechada o chicharro escabechado con cebolla. Y luego unos dulces que hacían típicos de allá, los Miguelitos, bañados en azúcar sólida. Y llevábamos en el coche una caja enorme de pimientos típicos de la zona. Hay en el pueblo han hecho un monumento al pimentero. Mi madre hacía al horno aquellos pimientos. Cuando ya viajaban menos los mandaban, lo que llamaban «la prueba» en un paquete por el autobús y lo iba a buscar con mi padre.

(El pimentero de Fresno de la Vega – León y Los Miguelitos o bollos de San Miguel, típicos de Fresno de la Vega, hechos al horno.)

Los años que fui vegetariano, Raquel me hacía una ensalada, pero se metía conmigo, en bromas, pero con su cierto genio, «no hagas bobadas». Y decía, ¿qué podré hacer yo para que comas como Dios manda? Le propuse una cosa, comería lo que me pusiera si ella comía en la mesa. Y así lo hicimos ambos. Ella comía metiendo el embutido o el queso entre trozos de pan, a modo de pequeños bocadillos y del guiso de carne no lo probó, ni postre ni nada más, pero se sentó a comer a mi lado. Ignacio había comido antes y se echó la siesta en el banco de la cocina, con nosotros. Raquel me decía: «Los hombres es mejor que estéis dormidos».

Cargando sacos, que siempre decía que eran de ochenta kilos.

Ramiro hizo las milicias en La Granja, en la sección de carros de combate. Quiso ser marinero después, para viajar por el mundo, pero no le dejaron por tener «antecedentes» familiares. Su padre estuvo condenado por ser comunista. Le dieron a elegir entre ser médico o maestro, que hacían falta para «hacer la patria», le dijeron. No tuvo que pagar nada. Esto le hizo ver lo que él llamó «el sentido práctico de Franco» y que creó la clase media, que opinaba que vivió muy bien. A lo que mi madre añadía que si no te metías en líos no te pasaba nada. De un país destrozado, contaban los dos, hemos pasado a que muchas personas tengan un piso y un coche. Y que Franco favoreció a los obreros. Y contaban casos de los muchos que tenían casa propia, en propiedad. Ellos lo pagaron a toca teja, no les gustaba tener deudas. «Y si ahorrabas podías permitirte viajar y, en fin, progresar». Mi madre insistía en que no nos metiéramos en líos, y mi padre que nada de política, pues consideraba que es teatro. Y ponía el ejemplo de las gallinas, que la que está arriba se caga en las de abajo. Ponía de ejemplo que su padre fue comunista, y lo mal que lo pasó y los jefecillos se fueron al exilio y volvieron encumbrados y viviendo a todo tren, «eso es la política». Cuando yo estuve en Los Verdes siempre decía, lo mismo que mi abuelo Luis, su suegro: ¿y tú que ganas». Él daba la respuesta «amistades», pero en un sentido peyorativo, que para mí fue cierto, pero es una ganancia enorme. Y puede que fuera cierto eso que también dijo «si eres honrado en la política te dan p’al pelo, porque los otros son una camarilla aunque digan lo contrario uno de otro».

Entrenándose, en lanzamiento de disco.

El año 1955 es cuando hizo el servicio militar obligatorio en las milicias según consta en el Diario Oficial del Ministerio del Ejército.

De oficial.

De familia humilde estudió la carrera de Medicina. Primero en Atocha, donde también estudió Gregorio Modino, Goyo, quien luego sería su cuñado. Hizo las prácticas en el Clínico (Hospital Clínico San Carlos), en la plaza Cristo Rey, del barrio de Moncloa. El rey Alfonso XIII mandó hacer la Ciudad Universitaria al poco tiempo. Adquiere el título el año 1952. En el BOE, 31 – XII – 1955, aparece que aprobó las oposiciones libres para su ingreso en el Cuerpo de Médicos, el titulo para provisión de plantilla. Grado: Diplomado. (A varios compañeros les faltaba el certificado de buena conducta.) Desde entonces fue el Doctor Pinto, que es cómo le oí llamar por regla general. Y a mí el hijo del doctor Pinto.

El doctor Pinto Díez es el noveno hacia la izquierda de la segunda fila.
Al lado de una de las nueve mujeres doctoras de medicina.
Foto de la orla.

Luego se especializó en pediatría, año 1958.

Con la tía Lola, en la plaza Botines, oficialmente plaza de san Marcelo. .
Tras ellos el Palacio de los Guzmanes, en la actualidad sede de la Diputación de León.

Era de buen comer, siempre lo fue. Contaba que una vez en un bar pidió una ración de churros para tomar con el café. El camarero le puso una bandeja para que cogiera dos o tres, pero él pensó que era la ración y se los comió todos. Lo recuerda en ocasiones su prima Pachi. También recordaba mi padre cuando una vez iba con el suyo a coger el metro. Llevaban una sandia enorme y no les dejaron pasar con ella. Se pusieron mano a mano y se la zamparon entre los dos. Le encantaban los percebes, que decía que era una comida de pobres y al paso de los años era de lujo.

A la derecha Ramiro Pinto Díez con sus amigos y compañeros de promoción de Medicina.
Con los colegas.
Bromeando y fumando.
Rodeado de compañeros y profesores de la Facultad de medicina, en el hospital San Carlos – Madrid.
Mi padre el segundo por la izquierda de la segunda fila desde abajo.

El Día de los Abuelos, el ultimo año de veranear en el chalé (2006), sus nietos le regalaron dos kilos de percebes que comimos entre todos, menos los nietos a los que les daba asco. Él los saboreó con deleite y se emocionó. Le gustaba todo, pues comía con deleite, pero las peras al vino, fueron especiales para él, porque le recordaban a su León y a su madre. Cuando iba a verle desde León quería que le llevase salchichas de Matachana («tienen un sabor especial, otras se parecen, pero no son») y pan de hogaza para hacer sopas de ajo. La fruta que le entusiasmaba era la paraguaya.

Ramiro Pinto Díez.

Hizo las prácticas en el hospital Cínico de Madrid. Tuvo de profesores al médico y académico de la Nacional de Medicina, doctor Carlos Jiménez Díez, entre otros. Hoy aquel hospital se llama «Hospital Universitario Fundación Jiménez Díez». Recibió clases magistrales de Gregorio Marañón, de quien guardó varios libros suyos. Contó muchas veces una lección que decía se la dio esta eminencia, que era a modo de consejo para la vida. «Hacíamos una autopsia con el doctor Marañón, ¡una eminencia!, y nos decía que había que meter el dedo en el hígado y luego chuparlo. Lo hizo él. Así lo hicimos todos sus alumnos y nos suspendió. Nos llamó ¡guarros! Le dijimos que habíamos hecho lo que él había mandado y lo que le vimos hacer. Pero nos dijo que el metió el dedo índice y chupó el dedo corazón». Mi padre, cada vez que nos metíamos en un jaleo decía «no te he dicho que metas un dedo y chupes el otro». Indicando que hay que ser astutos y hacer lo que convenga, aunque hubieras dicho otra cosa. Otra frase que nos recordaba de este sabio fue: «El médico que sólo sabe medicina, ni medicina sabe». De esta manera nos instaba a leer otras cosas que no fuera únicamente los estudios. A mí especialmente, cuando me preguntaba si leí algún artículo o libros que nos dejaba y yo le respondía que eso no entraba en el examen del cole. Le gustaba leer, decía que no tanto como su padre, que lo hacía hasta con periódicos antiguos. En su cumpleaños le regalaban de manera permanente las novelas ganadora y finalista del Premio Planeta. Compró una edición de los Episodios Nacionales, de Benito Pérez Galdós, cuya lectura no finalizó.

Retrato de pintura.

También nos contaba, sobre todo cuando pasábamos por la calle Gran Vía de Madrid, por el bar Chicote, que en él se vendía la penicilina de estraperlo. Descubierta por Fleming el año 1928 y a gran escala por la industria de EE.UU. un año después, a España no llegó hasta 1945. Según mi padre porque era cosa de los ingleses, «y en España la gente es más papista que el Papa». Contaba un hecho cierto, pero como que participara él, cuando sucedió antes de que fuera médico, e incluso estudiante. Supongo que se lo contarían, porque el año 1944 los alumnos de Jiménez Díaz fueron allá a comprar esta medicina y le salvó. Era un bar de copas, especializada en cócteles, donde también se contrataban relaciones con mujeres y un lugar por el que rondaban los espías.

De joven, al venir con su familia a Madrid se aficionó a ver los entrenamientos del Club Atlético de Aviación. E iba a algunos partidos cuando fue una competición deportiva, aclaraba. Luego, se quejó, ha acabado siendo más un negocio y un espectáculo, y dejó de ser aficionado, pero de ser de algún equipo lo fue del Atlético de Madrid. Un equipo que empezó siendo de soldados de la aviación de Zaragoza (1937 – 1939) Tras la guerra se trasladó el club a Madrid donde se llamó Athletic-Aviación Club, hasta un año después, en que por un decreto ley se prohibieron los anglicismos y se pasó a llamar «Club Athletic de Aviación», que más tarde tomó el nombre actual, «Atlético», para no confundirse con el Athletic de Bilbao.

Lola y Ramiro en el pinar de Miraflores – Madrid. Año 1957.

Hizo las practicas en un balneario. En el de Baños de Montemayor, en Cáceres. Coincidió con una de las primeras médicos de España, la tía de quien luego fuera ministra de un gobierno socialista, año 2010, Teresa Fernández de la Vega. Baños de origen romano. Practicó la terapia de las aguas termales y dio mucha importancia a la dieta, sobre todo a la manzanilla, que fue lo primero que mandaba tomar, antes que cualquier medicina: «límpiate el estómago y luego ya veremos». En aquel centro de salud natural conoció a mi madre que fue con sus hermanas padres y tíos. Escribió una carta asu hermana Carmen diciendo que ese médico la vendría muy bien.

La clínica donde trabajó mi padre, que fundó con el doctor Gómez Lobo, en la que luego trabajó mi hermana Loly. Foto año 2020.

La clínica estaba en la plaza Cruz de los Caídos, que el año 2017 por la ley de la Memoria Histórica, pasó a llamarse Instituto Libre de Enseñanza. Dos fotos de cuando se hizo el barrio y pocos años después, donde se ve el edificio de la clínica donde en 1959 comenzó a trabajar el doctor Pinto.

Ramiro y Lolita de novios.

Se veían a la hora de misa, tenían que madrugar aprovechando para dar un paseo. Quedaban en meses sucesivos en Madrid los sábados y domingos. Una vez quien fuera mi abuelo Luis se puso enfermo y mi padre le atendió. Es así como entró en la familia Cañón. Y ésta en los Pinto.

La foto que siempre estuvo en su dormitorio.

Formalizaron el noviazgo y el 29 de abril de 1959 se casaron en la iglesia de San Antonio de Bravo Murillo, cuando todavía no era parroquia. Mi madre pidió un permiso para poder contraer en ella matrimonio porque estaba cerca de su casa y por su gran devoción a san Antonio. Siempre que se le pierde algo reza a este santo y le ofrece una limosna. Y lo suele encontrar.

25 años después, en las Bodas de Plata. Año 1984.
Las bodas de oro, 50 años de matrimonio. Con sus hijos. De izquierda a derecha: César, Miry, Jose, Loly y Gaby. Año 2009.

Tuvieron cinco hijos: M.ª Dolores (Loly), Ramiro (Miry), Gabriel (Gaby), José y César. Un sexto falleció al nacer. Se iba a llamar Juan José, en homenaje al hermano de la abuela Lola, el tío Juan José. Venía con una deformación que en aquellos tiempos no se pudo prever.

En el Hospital La Milagrosa. recién nacido César, en brazos de mi madre y de Loly.
Mi padre con Jose, que esta vez es el príncipe destronado. Yo dando palmadas y Gabý ¡tan contento!,
En el centro Loly. Debajo, a su derecha, Jose.
En el sentido contrario a las agujas del reloj: Cesitar, Gaby y Miry.
Septiembre de 1961 nace el segundo de los Pinto Cañón,
tocayo de Ramiro, en brazos de su madre, Lola.
Mi hermana Loly en brazos de papá. Hospital de La Milagrosa – Madrid
Bautizo de Miry, en brazos de su madrina, la abuela Lola.
Ramiro con Loly en brazos.

Su profesión y la familia fueron su vida. En el barrio todo el mundo le conocía como doctor Pinto. Junto con mis hermanos, éramos los hijos del doctor Pinto. Mi madre, la señora de Pinto. La costumbre de la época.

Fue médico del seguro. Y tenía una consulta privada junto con Gabriel Gómez Lobo, un gran amigo. La consulta del Seguro la pasó por las tardes, primero en el ambulatorio de Puerta de Toledo, hoy Centro de Salud. Luego en el de Marqués de Badillo. Muy pocas veces fue en coche, pues el metro le llevaba desde Pueblo Nuevo, cuya entrada (boca de metro) estaba a unos pasos de su casa, directamente, sin hacer trasbordo. Aprovecha ese tiempo, cerca de una hora para echarse una sistecilla. Los fines de semana se la echaba a pierna suelta. A veces de pequeño yo con él y me gustaba poner la mano en su barrigota y sentir como subía y bajaba. Y se le oía la respiración muy fuerte, sin llegar a roncar.

Con Loly y conmigo.

Llegaba a casa al mediodía de hacer los avisos tras la consulta de la mañana, y comía muy deprisa, para ir a la consulta del Seguro. Por la tarde volvía a la consulta privada. La costumbre de comer deprisa la heredamos sus hijos. Luego nos llamaba mi madre la atención por esta manera de «engullir». Los sábados y en vacaciones le acompañé a hacer las visitas a sus enfermos en las casas, quedándome a esperarle fuera. Le llevaba orgulloso la cartera, de cuero, en la que llevaba el fonendo (fonendoscopio), termómetro de mercurio, el aparato para tomar la tensión, palos para sacar la lengua y medicinas que le regalaban los laboratorios, por si podía dejar alguna en casa de sus pacientes.

Trabajó primero en una consulta de la calle Sambara (Pueblo Nuevo). Había ejercido como médico varios años en el Clínico, sin cobrar, una especie de prácticas, con la promesa de que le darían un puesto de trabajo cuando hubiera una vacante, pero pasaron tres años y colocaban a los «de», «el hijo de», «el sobrino de». La consulta de Sambara era de Gabriel, el doctor Gómez Lobo, y de otro médico. Mi padre empezó haciendo guardias los domingos y días festivos. Cuando el otro socio lo dejó, Gabriel le ofreció a mi padre colaborar con él. Abrieron luego la de Hermanos García Noblejas, en Ciudad Lineal, hoy llamada la plaza Instituto Libre de Enseñanza, por la aplicación de la Ley de la Memoria Histórica. Estuvieron juntos muchos años, hasta que murió Gabriel en los años 90. Fue una consulta en la que atendían a mucha gente, pues desde Manuel Becerra no había ningún centro de atención médica oficial.

Cumplo un año. Mi padre, mi madre y Loly.

Un paciente de ellos era constructor. y fue quien construyó un edificio en Hermanos García Noblejas 1, Ciudad Lineal. Quiso tener un médico cerca y les ofreció el bajo del edificio en alquiler. Se trasladaron y les fue bien. Un año después compraron el piso de al lado que fue la primera vivienda de Ramiro y Lola, y consulta la otra parte. Muy poco espacio, pero se apañaban. La consulta de Sambara quedó para el medico ginecólogo y para hacer análisis, durante varios años. Luego se cerró.

Nació Loly, en el Hospital La Milagrosa. Vivió casi dos años en la casa – clínica García Noblejas. Y yo medio año, hasta febrero de 1962 en que mis padres se trasladaron con sus dos hijos a la calle Alcalá, 383, del barrio Pueblo Nuevo, la estación de metro de al lado de la clínica, Ciudad Lineal. Mi madre cuenta que yo era un llorón y que me tenía que estar acunando en el capazo todo el rato. En la calle Hermanos García Noblejas había un monumento a los Caídos, un monolito de granito. Con la ley de Memoria Histórica se quitó.

Vista desde la ventana de la consulta de mi padre y Gabriel.
Años 60. Con tranvía. Plaza de la Cruz de los Caídos.

Cuando se intentó cambiar el nombre de la calle por el de «Instituto Libre de Enseñanza», el juzgado no lo permitió porque aunque fuera el recuerdo de tres hermanos falangistas y un carlista, dos murieron combatiendo en Alemania con la División Azul, lo cual queda fuera de la fecha en que se aplica la ley de memoria Histórica.

El consultorio continúa abierto, en él trabaja su hija mayor, la doctora Pinto. Es un Centro de Reconocimiento de conductores y para dar certificados de aptos para el submarinismo, caza y demás actividades que los requieran. Y consulta de la aseguradora Sanitas. También pasa consulta de dentista el doctor Pesquera.

Los dos ramiros en la playa de Gijón. Año 1963.

En vacaciones del colegio y los sábados por la mañana iba a buscar a mi padre, igual que cuando me vine a León. De pequeño me dejaba llevar su cartera de cuero, e iba agarrado a su brazo. Él andaba muy ufano por la acera, que parecía decir «aquí va el doctor Pinto» con él yo, orgulloso. Siempre se manifestaba con un sentido leonés antiguo, de ¡el primogénito! Yo era el mayor. Pero Loly siempre decía que era ella. Yo le respondía que ella es la mayor… y la pequeña. Por ser la única hija.

El doctor Pinto, en el balcón de la clínica con Loly, Gaby y Miry.

Antes de salir de casa, para ir al colegio, al que nos llevaba en coche, o para alguna reunión familiar mi padre nos peinada, sujetándonos la cara. A César con el pelo a un lado, a Gaby con flequillo y a Jose y a mí con lo que él llamaba, según se decía en su juventud, con el «arriba españa«, una especie de tupé que nos hacia meticulosamente.

Los primeros años de los 80 fui alguna vez los sábados y en vacaciones de la universidad a coger los avisos. Todavía me acuerdo del teléfono de la clínica: 2 67 16 81 (luego se cambió el 2 por el 3, y se añadió el prefijo de Madrid, 91) Ahora con los móviles no recuerdo ni los de mis hijos. Fue en aquellos ratos en la clínica cuando me acostumbré a leer los periódicos: «Pueblo» dirigido por el maestro de periodistas Emilio Romero, al que mi padre admiraba. Luego el «Ya» y también «El Alcázar» que llevaba el doctor Verano, que siempre estaba enfadado con el mundo. Según él había que colgar a media España para acabar con los problemas económicos, sociales y de todo tipo. Mi padre y Gabriel (éste opinaba que con unos poco bastaba) le decían que se calmara, que no se pusiera así, tan cabreado. Los últimos años, antes de jubilarse fue mi madre quien cogía los avisos, pues la consulta privada no fue lo que antes con la Seguridad Social universalizada y las sucesivas crisis económicas.

Mi padre con la boina Pinto.
Esta prenda de la cabeza debería ser un símbolo familiar,
en recuerdo a nuestros ancestros, que siempre la usaron
y llevaron como seña de identidad de León.

Gabriel y mi padre había creado una sociedad, socios, cuya contabilidad la hizo Corchero, hasta que murió. Éste era cobrador de los tranvías, una persona muy elocuente y meticulosa. La declaración de Hacienda se la hacía Mario, el marido de una hermana, Maruja, de un cuñado, Quique, casado con Any, hermana de mi madre. Le ponía muy nervioso a mi padre todo asunto de papeleos, y con hacienda más.

Lola y Ramiro con Loly, Gaby, Jose y Miry.

Al fondo de la clínica había un cuarto oscuro en el que estaba el aparato de Rayos X, un avance por aquel entonces. Ni padre nos ponía, a mis hermanos y a mí, para que nos viéramos unos a otros por dentro. Era una ayuda para los diagnósticos. Mi padre decía que un buen diagnóstico (a través del conocimiento) es la mitad de la curación del enfermo. Con los demás compañeros de trabajaba formaban una peña y una piña. Según mi madre Gabriel y mi padre fueron dos médicos excepcionales. Mi padre en la clínica ejerció de médico general y de pediatra. En la Seguridad Social como médico de niños. Gabriel se especializó en el aparato digestivo.

Una de las primeras fotos a color. En la comunión de Gaby. Año 1969.
A su derecha mi madre, detrás Loly, a su lado Jose, junto a mi padre,
yo detrás de él y César (Cesitar) delante.
En el centro Loly. De izquierda abajo: Jose, Miry, Gaby y Cesitar.

Siempre mantuvo la costumbre de ir a tomar el aperitivo, con los compañeros de trabajo, amigos también, y otras personas que iban a buscarle para dar un paseo y charlar, entre otros el párroco don Isidoro y Rafa, Rafael Uña, un antiguo compañero de estudios de bachiller. En cierta medida fueron personajes que representaban su época y su ser clase media, como ellos se situaban. Mi padre contaba muchos chistes, siempre venía alguno a colación de lo que hablaban. Algo que me recuerda cuando Andresín, el nieto de su madrina Araceli, hace lo mismo en las conversaciones. Mi padre era un lector asiduo de La Codorniz, decía que era la única oposición seria a Franco. Se reía mucho, y más cuando contaba a alguien algo de ella. Su risa era muy característica, nunca he visto una igual. Enseñaba los dientes juntos y hacía un sonido especial «chiiiirrriiiichiiii». Por cierto, siempre presumió de tener una dentadura excelente, hasta los últimos años de vida la mantuvo intacta. Los dientes un poco amarillentos, porque fumó mucho: Tres paquetes diarios, «Celtas». Cuando nació mi hermana Loly lo dejó drásticamente. Ella los primeros meses de vida estuvo muy delicada, «creíamos que no salía delante» y además enfermó de pulmonía.

Ante la catedral de León, Ramiro y Lola con su hijo mayor y su pareja, Yolanda, con los nietos Rayo y Omar.

Los bares a los que íbamos eran siempre el mismo. Mi padre tomaba siempre vino tinto. Uno o dos. O tres. Y pedía el aperitivo. A parte de la tapa que le dieran por ser cliente asiduo. En los años 70 fue iba bar «Convair» que estaba debajo de la clínica. Este nombre es el de un tipo de avión americano. Nunca se me ocurrió preguntar por qué. Mi padre me decía «no preguntes tanto y estudia». Y la tía Lola, su refrán o dicho al respecto: «Pregunta más un tonto que contesta un sabio». El caso es que regalaba a los niños un avión de plástico que se lanzaba con una goma. Nunca llegué con ninguno a casa, porque los lanzaba en la calle y no los encontraba. Mi padre me echaba la bronca porque podía dar a alguien y como me quedaba sin él también: «Pareces tonto», pero yo pensaba, «si no vuela ¿para qué lo quiero?» Lo típico de este bar fueron los «chinos», que ahora se llaman «tigres». Un mejillón en el que la parte carnosa se trocea y se mezclan en una pasta de besamel, que luego se reboza con huevo y pan rallado en la concha y se fríe. ¡Estaban riquísimos! El dueño, el señor Miguel, decía que lo inventó él. Un señor muy grandón y alegre. Su mujer Juanita. Tuvieron dos hijos, la parejita. El varón fue piloto. Tuvo de joven un accidente de tráfico grave. Eran de Mazarrón – Murcia. Un par de veranos fuimos a visitarles. El señor Miguel tenía un Mercedes negro, en el que nos llevaba de excursión y cantábamos canciones. Una no me acuerdo de la letra, pero sí que frenaba varias veces seguidas. Y otra era el comienzo de otra muy popular: «En la Mancha manchega, hay mucho pan. Mucho pan, mucho aceite y mucho tocino. Y si vas a la Mancha, no te alborotes, porque vas a la tierra de don Quijote«.

En la consulta, año 1991, con una foto de su nieto mayor, Rayo, detrás.

Otro bar, por detrás de la clínica, ni recuerdo el nombre, bajando por una calle. Y el bar de Julio, camino de casa, a la que íbamos andando desde la clínica. Su especialidad fue la oreja (de cerdo) a la plancha, con ajo y perejil. Mi padre nos llevaba a lo que llamaban «chatear». En comidas familiares y de amigos bebían sus copas de coñac, «Carlos III» y whisky. No se emborrachaban, pero bebían mucho. Es algo que siempre me llamó la atención de los médicos que le acompañaban. Quizá para superar las tensiones propia de su profesión. Nunca supe que se emborracharan, pero sí discusiones en voz alta. Mi padre cuando elevaba la voz parecía el fin del mundo, pero luego nada. Decía que eso de gritar unos a otros y que luego tan amigos era muy de El Egido, del barrio de su madre en León. Fue famosa la que entabló con mi tío Juan José sobre si las judías se llaman así o habas, o vainas. Puede parecer una tontería, pero les iba la vida en ello. No sé quien tuvo razón, pero en lugar de mirar a Google revisaban las definiciones de enciclopedias. Mi madre decía que mi padre era un cabezón, y añadía «como los de León».

Mi padre en Jerusalén – Israel, a la búsqueda de los orígenes de su apellido.
El doctor Pinto.

Los que formaban el grupo de la clínica con mi padre fueron: Gabriel. Corchero. José Luis Verano, éste médico general y de corazón.

En una celebración. A la derecha Corchero, con su mujer al lado, mi madre, con su marido y un hermano de Gabriel Gómez-Lobo.
En la boda del colega de mi padre y de Gabriel, que trabajó con ellos en la consulta, el doctor Jose Luis Verano. Brindan los novios con mi padre y mi madre, y Gabriel Gómez Lobo.

Armengol, el dentista. Muy fuerte y rudo. Decían que era el que mejor sacaba las muelas de todo Madrid, pero según mi padre no sabía hacer mucho más, lo que se llamaba «sacamuelas». Eran otros tiempos. Poco antes de jubilarse se empezó a hacer lo de los empastes, que él decía que son «mariconadas», «si un diente se estropea hay que quitarlo, que para eso estamos los dentistas, ¡qué cojones!» Tuvo un juicio porque desde el balcón de la clínica vio que le robaban el coche y bajó con un puño americano y sacó «a hostia limpia al caco». Nunca entendió que tuviera que indemnizar a aquel ladrón «La culpa es de esta democracia de…». Zaplana el practicante, un hombre tranquilo y jovial. Por aquel entonces se usaban jeringas de cristal, y la misma aguja para todos los pacientes. Las hervía en un cacharro, cuya agua siempre estaba hirviendo. Las cogía y colocaba con unas pinzas. Decía que es mejor no opinar, porque da los mismo. Los de arriba siempre van a hacer lo que quieran. «Hay que vivir la vida». Quedó viudo. Cuando se jubiló se volvió a casar y con la nueva pareja viajaron por todo el mundo. decía que volverse a casar es un homenaje a su esposa, porque quiere decir que le fue bien en el matrimonio. Cada vez que venían de algún viaje iba a ver a mi padre a contarle anécdotas. Luego estuvo de dentista el doctor Pesquera. Y cuando se jubiló mi padre tomó el relevo de la consulta mi hermana Loly.

Mi padre, el segundo por la derecha, en una comida con compañeros de su promoción.
Año 2001. Una reunión de la promoción de médicos que se jubilaban, en la que estaba mi padre
(el primero de abajo de la derecha.) En una revista médica.
Quedan una vez al año para cenar juntos y recordar viejos tiempos.

Desde que se jubilaron, decía mi padre que era un «goteo».
Falta uno, al año siguiente varios, hasta que por culpa de los achaques dejó de hacerse.
Mi padre firmando de testigo en la boda de su hija Lola. Ya estaba muy deteriorado con su artrosis reumatoide, que hizo que los últimos años de su vida fuera en silla de ruedas.

Otra persona que quedaba con mi padre al acabar la consulta fue Don Isidoro, el párroco de la iglesia de Ciudad Lineal. Tuvieron mucha amistad, que venía de largo, pues también recuerdo ver a mi padre conversar con el anterior párroco, don Victoriano, y otro cuya imagen rememoro como muy mayor, don José. Don Isidoro vino a casa a ver a mi padre cuando estuvo enfermo. Hablaban de las cosas del barrio. Tenía la misma edad que mi tía Luisa, la hermana de mi padre, y nacieron el mismo día, 28 – IV – 1929. Murió un mes después que mi padre. Tuvo la enorme ilusión de poder hacer el funeral a su amigo Ramiro.

Don Isidoro, en una de las muchas celebraciones familiares. Bodas de oro de mis padres. Año 2009.

Don Isidoro celebrando carios cumpleaños en casa de Ramiro Pinto y Lola Cañón. A su izquierda el tío Quique . A su derecha Ramiro, el doctor Pinto, aplaudiendo, César, Elena, Marta y la calva de Jose. En la otro foto habla con Lidia, vecina de la calle Alcalá. Y Loly.

La parroquia tiene el nombre de Ntra. Sra. de la Concepción. En ella se celebró el funeral de mi padre. Construida a comienzos del s. XX es de estilo neomudéjar. Su torre se utilizó en la Guerra Civil como plataforma para un cañón antiaéreo. Sus campanas se fundieron para hacer con ellas material de guerra.

Imagen de la iglesia Ntr. Sra. de la Concepción, la parte de atrás.
Por donde entrábamos para ir a misa. Forma parte de la mirada de mi padre.

En el barrio de Ciudad Lineal, llamado así por el diseño lineal que quiso hacer el arquitecto Arturo Soria, que da nombre a la calle central del barrio. Frente a la iglesia hay un monumento en su honor. Allá terminaba el trayecto de un tranvía, cuando se usaron en Madrid. Es una muestra de lo que quiso hacer aquel arquitecto, que ideó casas que llamó «rurbanas«, de planta baja o a lo más de dos pisos, con un terreno cada edificio para usar como huerto o jardín. Propuso calles rectas para que un tranvía uniera las urbes, la capital y los pueblos del alfoz. Según mi padre la idea que tuvo fue que Europa fuera una gran ciudad que se pudiera ir desde Madrid hasta Moscú casi en línea recta.

A la derecha don Isidoro, conversa con Gabriel. Al lado de él Rafa y Antoñita y tras ellos mis padres.

El dicho predilecto de mi padre, que repetía cuando alguno de sus hijos iba a emprender algo o debiera hacerlo fue: «Si alguien lo ha hecho cualquier otro también puede». Otra a la que recurría cuando habíamos hecho algo que originaba algún problema era: «A lo hecho, ¡pecho!» También: «No enseñes a tu padre a tener hijos». Como recomendación para que hiciéramos los deberes y cumpliéramos con las actividades en las que estábamos mis hermanos y yo, decía: «La satisfacción del deber cumplido». O «primero es la obligación y luego la devoción». Cuando alguien no sabía valorar algo, repetía: «A un burro le hacen obispo y lloraba». Y sobre el cuidado personal: «El aseo a la persona mucho bien le proporciona», que a él se lo decían en el colegio. Otra frase que nos repetía a mis hermanos y a mí cuando teníamos un traspié, en el deporte o el colegio, fue: «Tropezar y no caer es adelantar camino». Y «así te ven, así te tratan». Cuando discutía con él, se defendía diciendo que mezclaba muchos temas para hacer la táctica del calamar, que echa tinta para que no se vea y escapar. Según él yo hacía algo parecido para salirme con la mía. Y nos dijo alguna vez cuando íbamos a algún lugar lejos: «Recuerda que eres un Pinto«, en el sentido de que fuéramos honrados y dejáramos un buen recuerdo de la familia, definida en el apellido. Repetía en distintas circunstancias «A un burro le hacen obispo y lloraba». Y su manera de dejar hacer y esperar, incluidos a sus hijos fue la técnica que resumía en «hay que soltar carrete». Es decir que vaya o haga lo que quiera, pero sin perderle de vista, con la caña siguiendo los pasos. Y para que no nos apurásemos: «Hay más días que san días». O cuando no nos salía algún problema de los deberes del cole o no aprendíamos la lección nos aconsejaba consultar con la almohada, irnos a dormir y esperar a la mañana siguiente. Y funcionaba, veíamos con más claridad y parece que el subconsciente trabajaba mientras que dormíamos. Y cuando alguien presumía de lo mucho que había logrado por sí mismo en la vida, nos advertía de ser humildes y de que todos necesitamos de todos, recordando que «con ayuda del vecino / mi abuelo mató un gorrino.» Y el consejo que le dio su padre, «si alguien lo pudo hacer, tú también.»

Y dos enseñanzas de mi padre para cuando vine a León, advirtiéndome de cómo es la gente. Que en verdad se puede aplicar de manera universal. Una es que a un leonés se le aparece un duende y le quiere hacer un regalo, le dará lo que quiera, pero con una condición: Que a tu vecino le daré el doble. Y lo que pide es que le saquen un ojo. Y la otras me advierte de que procure no destacar, porque esa sociedad es como una tabla con clavos. Como alguno sobresalga más que los demás ¡martillazo al canto! Mi padre para contar cosas usaba estos cuentos. Lo que la tía Lola decía de hablar con parábolas.

Con Yolanda y Rayo. Año 1989.

Me regaló dos libros, especialmente: Uno fue «La incógnita del hombre», de Alexis Carrel, médico e investigador, Premio Nobel 1912. Me interesó sobremanera, porque me hizo pensar mucho. Y «El viejo y el mar», de Hemingway, para que viera el tesón y la necesidad del esfuerzo. Lo volví a leer al cabo de varios años y no me terminaba de convencer. Hice un cuento rebatiendo la novela: «El niño y el mar» (inédito.)

La frase símbolo de mi madre es «la vida es una lucha constante», que reitera a sus noventa años. Otra frase de mi padre, que por fuerte que pueda parecer la leí en una obra de Vicente Blasco Íbañez: «Come bien y caga fuerte y enseña los cojones a la muerte». A mi madre no le gustaba que mi padre dijera tacos, palabrotas, pero se le escapaban, nunca blasfemias, sino «gilipollas», «cabrón», «¡que coño!» A sus hijos no se las permitieron, pero para pasar a ser mayores las decíamos fuera de casa. Lo que sucede con lo de fumar, pero esto excepto la niña de la casa ninguno lo hicimos. Luego de mayor mi padre también decía que pasados los sesenta (años) empiezan las goteras, pequeños dolores, algún síntoma, que mi madre llamaba de la vejera. Un refrán que tenían en común mi padre y mi madre es «a Dios rezando y con el mazo dando». Cuando mi padre se enfadaba con alguien dejaba de hablarle, lo que describía con otra frase que repetía, cuando mi madre le decía que cediera: «Buey solo bien se lame».

Mi padre ejerciendo de abuelo con Rayo.
En la Plaza del Grano. Al fondo la iglesia del Mercado, donde fue bautizado.

Otra de sus frases que han pasado a la historia familiar es la de «¡Miro calla!, ¡Calla Miro!» Cando yo decía algo que le importunaba la soltaba. La vez que mas gracia hizo fue el día de mi boda, por lo civil, en los juzgados de León. Cuando el secretario leyó mi nombre hijo de Ramiro y Dolores, con la partida de nacimiento, y en este caso dijo «María Dolores», al preguntar que si había algo que objetar, yo levanté la mano y dije que había una incongruencia. Como me casé por insistencia insistente de ni madre, ya con dos hijos accedimos a hacer la ceremonia. Pensó mi padre (y mi madre lo temió) que se anulase el acto. Mi padre dijo su grito característico en estos casos. Y lo repitió. El juez aclaró que era un mero formalismo, pero que si alguien tenía que objetar algo era mejor aclararlo. Me callé y el acto culminó. Y su otra coletilla «¡Tú eres tonto ¡a qué cojones dices nada, ¡ a nadie le importa!» Y yo: «Ya, ya» y me partía de risa por dentro. Mi madre, más que una frase, es un gesto que a día de hoy imitamos para hacernos reír, cuando alguien habla más de la cuenta. Era al estar en alguna reunión familiar, si movíamos las piernas más de la cuenta, si ensuciábamos algo movía la mano como que nos iba a dar un azote y estiraba los labios, a modo de un grito que no se notase ni oyera. O sea, con disimulo.

Cuando nos portábamos mal, o incorrectamente, después de haber avisado que no hiciéramos algo dejaba de hablarnos unos días. Hasta que pasados unos días otra vez como si nada hubiera pasado. Esta forma de reaccionar, sin embargo, le ocasionó algo que le marcó mucho, estuvo casi treinta años sin hablarse con su hermana Luisa, la única. La familia de León no lo entendía al decir que ellos y sus padres eran una piña. Nosotros no conocimos a nuestros primos, más que cuando fuimos pequeños, hasta que se acabó aquel silencio. La familia de León se dividió. Por ejemplo, yo a Librada (hermana de mi abuela Marucha, de León) no la conocí. Pasado el tiempo, un día que se cruzaron por la calle mi padre y su hermana, después de muchos años, aunque mi padre siempre peguntaba por ella a amigos comunes, le dijo «no crees que ha pasado mucho tiempo», se dieron un abrazo y luego iba mi tía Luisa mucho por casa y quedaban para ir a tomar algo.

Con dos hijos, mis padres se trasladaron a vivir a la calle de Alcalá, 383, metro Pueblo Nuevo. Donde han vivido hasta el final de sus días. El piso se quedaba pequeño y al cabo de unos años compraron el de al lado y los unieron, segundo E y F. En éste estaba el despacho de mi padre, el recibidor, un baño, el salón y el dormitorio de mis padres y al lado el de Loly. En la otra parte la cocina, una despensita en el pasillo, otro cuarto de baño más pequeño, el cuarto de la plancha, el comedor y dos dormitorios, el de los dos mayores y el de los dos pequeños. Antes antes, dormíamos en uno los cuatro, dos en cada cama. El de los mayores, cuando ya cada uno dormía en su cama, fue la salita de estar. Mi madre daba mucha importancia a los visillos, porque un medio novio que tuvo cuando le acompañó de joven hasta casa, se fijó que no tenía visillos. Y eso se le quedó grabado. No fue novio, pues no fijaron una fecha de boda, sino como ella decía un pretendiente que le regalaba flores y que le escribía. Su nombre es Pablo España de la Torre (7 – VI – 1920) Por una esquela en el periódico ABC ella supo que murió, en octubre de 1992. Fue catedrático de Literatura. Impartió clases en el Instituto Lope de Vega, pero fundó un colegio en la casa donde sus padres tuvieron una vaquería, en la calle Fernández de los Ríos 52. Se llamó el colegio «España santa Eulalia». «España» por su padre y «Eulalia» es el nombre de su madre. Regaló un cuento de Mari Pepa a la hermana pequeña de Lola. Y otro que aún recuerda: «Riquete el del Copete». Un cuento de valores.

Pablo España.
Vista desde la ventana de atrás, desde el salón de la casa.
El edificio del tejado rojo fue una ebanistería.

Un edificio con sus personajes. Algunos que recuerdo son Domingo, que decía que gracias a su nombre siempre estaba de fiesta. Trabajaba en la portería. Un forofo del Real Madrid. Se quejaba de que las entradas para ver los partidos fueran tan caras. Y él no tenía tiempo, pues trabajaba toda la semana. Cuando legaron los derechos laborales los vecinos se quejaron mucho. Luego hubo otros porteros, pero dejaron de vivir en el edificio. Se contrata a una empresa que manda trabajadores para el tema de limpieza y recoger la basura. Domingo fue siempre muy servicial. Tenía unas gafas de culo de botella. Vivía en el primero piso con su mujer, Mercedes y los tres hijos: Román, que luego fue taxista y más tarde trabajó en una empresa de seguridad en el aeropuerto de Barajas. Merceditas y el pequeño, Carlos. Debajo de nosotros vivía Mari Cruz. Murió a los sesenta y pocos años. Venía de un pueblo. El marido de Mari Cruz es Víctor, el señor Víctor, una bellísima persona que con sus noventa y algunos años se mantuvo en plena forma. Con sus achaques. Murió el año 2020. En la misma planta vivía el doctor Paredes, ginecólogo, con su mujer, «la de Paredes», con sus hijos. Él murió hace años y ella en febrero de 2021. Era muy gordo, más que mi padre. En el ultimo piso, el 5º, una pareja que fueron muy amigos de mis padres. Salían alguna vez a cenar. Carmelo, un hombre muy grandón, vasco, y Herminia, que enfermó de cáncer. Gastaron una fortuna en su curación, pero no fue posible. Falleció. Él se volvió a casar y tuvieron dos hijos. Él ya era mayor. Se mudaron a otra casa. Y la vecina de arriba, de los últimos veinte años fueron las Lidias, madre e hija tocaya. La hija es médico.

A la izquierda doña Lupe, la madre de Jorge, el novio junto a su recién esposa.
Al lado de Guadalupe: Lidia madre y Lidia hija. Año 2008.

Antes en ese piso fue muy curioso para mí, ya que vivía una mujer que cantaba en un coro zarzuela y también una amiga suya una amiga que vivía con ella. Una vez escribí a la revista Integral para contactar con gente que quisiera formar parte de una Internacional Juvenil, que planteaba que los auténticos explotados éramos los jóvenes y pretendía unir los movimientos pacifistas, ecologistas, de objeción de conciencia, feministas, incipientes en aquella época. Puse mi dirección, puse el teléfono de casa, pues de aquella no había internet ni telefonía móvil. Me llamó Daniel, que resulta era nieto de la señora que vivió arriba de nosotros, y él con ella. Me había cruzado con él alguna vez en la escalera y no nos dijimos nada más que «hola», y «hasta luego». Era de Valladolid, adonde se fue años después. Nos hicimos muy amigos. Él hacía Tai Chi y tocaba la flauta. Íbamos al parque del Retiro a pasear y hablar con dos o tres más que soñábamos con hacer la revolución mundial…

Las familias son también su contexto y forman parte de lo vivido. Y son pistas para el día de mañana, porque se pueden encontrar curiosas relaciones en un futuro. No se trata de algo biográfico, sino de la memoria y como tal es algo difuso. Al menos que permanezcan los nombres en el mundo de internet, ya que en las sepulturas poco queda, el único lugar donde se resguardaban a la vista del paso del tiempo: los apellidos familiares. Las asistentas que tuvimos fueron Carmen, una joven con la que mis padres viajaban para ir a Denia o a Gijón y ayudar a mis padres.

Foto de familia. La asistenta Carmen con César en brazos. A su izquierda la tía Marisa, de la mano de Miry al lado de su prima Ana Ayala, seguida de Loly, Jose de la mano de su padre Ramiro, que de la otra ase a Gaby. A su lado su esposa Lola, junto a su hermana Any.

Mi madre cuenta admirada como cabíamos ¡los ocho! en el coche, un 600. Guardo una figurita de este auto en recuerdo de aquellos tiempos, en los que las maletas iban atados a la baca de la parte de arriba del coche. Sin cinturón de seguridad. Mi madre llevaba en brazos al pequeño en el asiento de delante. Y los cinco restantes atrás. Para legar de Madrid a León echábamos el día entero. Luego mi padre tuvo un 124, también blanco. De soltero tuvo una Vespa, le gustó mucho desplazarse en ella. Llevó alguna vez a mi madre. Luego tuvimos otro coche grande, con un gran maletero atrás, en el que íbamos dos para ir a la sierra los siete de la familia. Y luego otros modernos cuya marca desconozco cuál es.

Otra fue Fredy, una chica pelirroja. La señora Concha, mayor que mi madre y entrada en años. Otra fue Mari, que siempre estaba hablado de su sobrino que era policía local. El famoso Julito, al que nunca conocimos, pero sí oímos hablar de él. Era rubia y pequeña, con una deformidad en las piernas. Pero muy avispada. Algún veraneo vino a la sierra para ayudar a mi madre en las labores.

Mary, en el porche del chalé. Foto de familia.
Tras ella quien escribe, con camisa azulada, a su lado Gaby.
Luego Jose, mi madre y delante Loly y César.

Era de un pueblo de Cantabria, a donde se fue a vivir cuando se jubiló. La fui a visitar a aquel lugar remoto, una vez que fui a recorrer los Picos de Europa. Luego ha habido más que han atendido la casa y asistido a mi padre, pero dejó de ser una convivencia familiar como con aquéllas. Por ejemplo sí Antonio, que atendió a mi padre cuando fue dependiente por su enfermedad. Son los recovecos de la memoria, de la historia pequeña que forma un paisaje humano.

Y otras dos asistentas, que antes se llamaban chachas, pero a las que queríamos mucho y que formaron parte de nuestra historia. Ahora se llaman empleadas de hogar. Profesionales, cuando antes fueron formas de vida, con una vinculación emocional. Algo que no se entenderá en un futuro si se desgaja de la historia de la que forman parte. Las dos se llamaban igual y las llamamos «La Señora María». Ambas ya han muerto. Una era la que atendía la clínica. Muy alegre, pero que fue alguna vez con algún moratón. Según mi padre su marido la «caneaba». Ella siempre estaba alegre. Cuando iba a recoger los avisos estaba con ella mientras que hacía la limpieza. Contaba muchas historias de lo que salía en la tele. Las telenovelas era para ella un desahogo. Y odiaba el fútbol, porque decía que vuelve locos a los hombres. Además del alcohol. Le acompañé alguna vez hasta su calle. Decía que era un orgullo que le llamásemos señora, y no la de la limpieza. En Navidad nos enseñaba un villancico con una letra que no recuerdo y nunca había oído. Pasados unos meses me vino a la cabeza: «En un pobre pesebre / nació el niño Jesús / ¡pobrín pobrín! / y ahora le decimos / que venga con nosotros / que va a ser muy feliz / ¡pobrín pobrín!» / q8ue va a ser muy feliz.» Le gustaba cantar mientras que hacía su labor, antes de abrir la consulta. Era de origen extremeño.

Escudo heráldico colocado en el vestíbulo del chalé.

La otra fue la asistenta de mis abuelos Lola y Luis, padres de mi madre, que estuvo con ellos desde muy joven, cuando mi madre y hermanas eran niñas. También hacía el trabajo en casa de mi tía Anita y tío Juan José, hermanos de mi abuela Lola, que vivían en la puerta de enfrente. Una mujer muy piadosa. Rezaba mucho y trabajadora al máximo. Decían de ella que es lo más parecido a una santa. Ahorró, ahorró y ahorró, porque casi no gastaba. Mi madre y tías se quejaban de que fuera como una pobre, cuando la regalaron algún bolso, y le daba la propina para que comprara algún vestido, pero ella nunca quiso cambiar de manera de ser ni de vestir. Tampoco llevó nunca medias ni pantalones. Era muy suya, también oí decir. Al jubilarse se fue a su casa, que había comprado. Creo que de otra provincia. Pero siempre estuvieron relacionadas por teléfono o venía a visitar a mis abuelos. Trabajó y guardó como una hormiguita. La señora María había sido muy tacaña consigo misma, sin ir nunca al cine, ni al teatro, ni a tomar un café con las amigas. Sólo a misa todos los días, y trabajar «¡como una burra!» Fue el ser de una mentalidad que pasado el tiempo y desde otros puntos de vista es difícil de entender.

La casa donde vivimos está en la calle Alcalá, entre Hermanos de Pablo y la calle Caudillo de España, que con la memoria histórica se llama ahora «Doctor Vallejo». Está justo entre las dos bocas de metro a ambos lado, de la misma acera. Por la primera dirección íbamos al colegio los chicos. Mi hermana por la otra al suyo. Era nuestro barrio, ese trozo. Sin ser exhaustivo, pero es lo que formó parte de nuestro mundo. Un trocito de él. Ha cambiado mucho y ya no queda casi ni el recuerdo. Saliendo del portal a la derecha estaba el bar La Moraña, al que íbamos a tomar un mosto, luego una caña y sepia con alioli que tanto gustaba a la tía Lola. Que alguna vez se empachó, decía mi padre que por no masticar bien. Mas allá la panadería, a la que íbamos a comprar «una pistola», como se llamaba la barra, que era para «matar el hambre». Y el que iba a comprarla se ganaba un colín, una barra de pan muy fina y que crujía. Se hacía el pan allí. Entre medias estaba un portal que luego fue famoso al ser los porteros de ese edificio los abuelos de Belén Esteban, donde vivió algún tiempo cuando fue niña. Mi hermana trató como médico a la abuela, al hacer la interinidades en el ambulatorio del barrio. A veces le acompañó la nieta, ya famosa. Mi hermana le comentó que era muy diferente «a la que sale en la tele» y ella dijo que en ésta representa un papel. En esa misma acera una droguería, «Las Camelias», llevada por Paco. Veraneó luego en los chalés de los Enebros en Moralzarzal – Madrid y fuimos amigos de sus hijos, sobre todo de Paquito. La mujer era Manolita. Vendía colonias, cremas y productos de estética y juguetes. Hizo tratamientos contra la caída de pelo y quiso que mi padre probara uno para recuperar el pelo, a lo cual mi padre se negó. La tienda estaba siempre a rebosar. Abrió otras en otros barrios. Un relaciones publicas perfecto. Mi padre decía que era capaz de vender una abrigo en el desierto y te quedas contento. En frente recuerdo una zapatería.

Paquito en la piscina de Moralzarzal.
Sobre sus hombros Cristina, la hija de Ricardo, primo de mi padre, que vino desde Cánada.
Y debajo del todo Jose.

Saliendo a la izquierda era el camino de la clínica, pero en la bobocacalle de al lado, cuando era Caudillo de España, estaba el bar de Pablito que murió hace pocos años. Un bar con sabor a antiguo y era donde íbamos a comprar el aceite, llevando una botella para llenarla. Se hacía con un émbolo. Era un centro de reunión de la gente del barrio, algunos decían «el rojerío», pero iba todo el mundo. Detrás de nuestro edificio estuvo el gimnasio de pesas de don Alberto, al que fui varios años. Un hombre éste muy metódico y con una fortaleza inmensa. Y con un vozarrón. Buena persona. Algunos iban para hacer culturismo, pero la mayoría para mantenerse en forma y otros para preparar oposiciones de bombero, policía y para ocupar un escalafón en el servicio militar, que exigían saltar el potro y algún otro ejercicio. Más adelante, a la otra acera la carnicería de César. Su hijo trabajó en ella, uno de ellos, que es un famoso locutor de radio Miguel Blanco, que hace el programa de misterio «Espacio en Blanco». Fue un antiguo alumno del colegio al que fuimos nosotros y dio alguna charla los sábados por la mañana sobre extraterrestres y enigmas de Egipto. En una bocacalle había una chamarilería, a la que llevábamos papel, los periódicos y nos daban una pesetas, entre 25 y 50. Al que los llevara se lo quedaba. Allá vendía libros a peseta. Compré varios. Uno de ellos fue «El libro estepario» de Hermann Hesse. Lo leí a la puerta de una iglesia que hay frente al parque del Retiro, mientras que acompañaba a un amigo del Instituto, Miguel Hernández, cuando hacía COU, que ensayaba canto gregoriano. Al finalizar su lectura volví y le di un duro al chamarilero, porque me pareció un insulto para un libro que me causó tanto impacto cobrar una peseta. El chamarilero me miró y me dijo que no me preocupara que cogiera los libros que quisiese.

Durante varios años, siendo mis hermanos y yo pequeños y luego adolescentes, nos llevaron a todos juntos de viaje al extranjero, en esas excursiones colectivas que se empezaron a hacer. Íbamos en autobús y en muchas ocasiones cantábamos, porque siempre había alguien que animaba el cotarro. Se hacían muchas amistades, que daban en volverse a ver, mis padres siempre se despedían con abrazos, pero nunca volvíamos a vernos, salvo una excepción. Mi padre hacía películas, que a mí me aburría porque siempre salíamos andando delante de un monumento o un paisaje. Yo hacía el tonto para no repetir siempre lo mismo. Fuimos que recuerde de Gira por Francia, hasta París.

París

A Italia: Roma, Niza, Venecia, Pisa, Florencia, Nápoles, Milán. A Alemania, Múnich y el Tirol. De donde traje un piole de recuerdo, que usé alguna vez para ir de excursión. Hasta que yendo a la montaña de Moralzarzal mi hijo Omar lo rompió. A Portugal: Guadalupe, Oporto, Lisboa, Fátima. Al volver nos preguntaron que es lo que más nos gustó, a lo que César contestó que las croquetas. Las que comimos en el convento de Guadalupe, en el que nos hospedamos.

En Italia.

También a Bélgica y Holanda. Allá la gente hablaba de chicas desnudas en escaparates, en una calle a la que los menores no fuimos. En Francia, en Perpignan, fueron también los mayores a ver «El último tango en París», que adquirió mucha fama y en España no se podía ver. Hablaban después de que no era para tanto. Yo me hacía el dormido, pero poniendo el oído. Que qué bobada. Que no entendieron nada, al ser en francés. ¿Y qué se ve?, ¡guarradas! En resumen, que no merecía la pena. Menos una pareja, de recién casados, que ella había sido monja, pero lo dejó por amor a su hombre, que decía «de todo se aprende» y algo que repitió: «Lo que han de comer los gusanos que lo coman los humanos». Lo recuerdo como una nebulosa. También que ella animaba mucho a cantar y nos entretenía a mis hermanos y a mí con juegos. Se quejaban los de la excursión de que una vez pedimos agua en Francia y la daban en un cubo para todos. Si pedía alguien limonada, le daban gaseosa blanca. Todos los días comimos patatas de una u otra manera. En Italia pasta a todas horas.

En Bruselas, ante el Atomiun. Papá, Loly, César, Gaby, Jose, mamá y yo.

En los viajes, sobre todo la primeros, se creaba un ambiente de amistad y de convivencia muy cercana. La gente cantaba colectivamente. En uno de ellos me dio por cantar dos canciones que aprendí con don Mariano en cuarto de Educación General Básica (EGB) «Salió de la Habana, con rumbo a Madrid. La mar era brava, pero hay que partir. No siento el barco…» No me acuerdo de más. Pero resulta que iba una familia cubana y mis padres me dijeron que no la cantara, que a ellos no les gustaba. Pero a mí se me escapaba cantar en alto. Sólo sabía ésta y la de Nino Bravo «Libre, como el mar cuando amanece yo soy libre, como el mar…». Mi padre me tuvo que dar un cachete para no volver a cantarla, y aún así, enfadado lo hice una vez más. Y me quedé sin un regalo. En las excursiones del colegio también cantábamos todos juntos. A mí no me gustaba mucho, pero era la ocasión para montar jaleo. «Un flecha en un campamento, chis chis, en la cama de meo, chiriviriví...». En aquellos tiempos nadie llevaba cascos para escuchar música.

Ante Notre Dame, París.

En París mi padre quiso ver a su primo Cristianín. Localizó la vivienda, pero al llamar nadie abrió. En el Barrio Latino un señor dijo qué quienes hablábamos español, era el relojero del barrio, amigo de mi padre, Armando. Y en un restaurante, Casa Quintín, vimos al dueño del restaurante «Boulevard», de Madrid, adonde íbamos algunos fines de semana a comer. Lo que más pedíamos en él fue Pollo a la Villaroy, pollo con besamel y empanado. A Gran Bretaña: Londres, Edimburgo, York, Glasgow. De cada viaje mis padres traían regalos típicos para la familia y amistades. Una costumbre que luego nos quedó y siguen practicando sus nietos.

La fontana de Trevi – Roma
Ante el parlamento de Londres. A la derecha de Ramiro Jose y Miry. Al otro lado Gaby y César.

En estas rutas todo era muy bonito. Pero uno queda emborrachado de tanto que ve de manera tan seguida, sin parar: Museos, monumentos, visitas a la ciudad, para arriba, para abajo. Eran viajes agotadores. Lo que más gustaba a mis padres era ver en realidad imágenes de las ciudades y edificios o estatuas que habían visto antes en alguna película o visto en las estampas de los libros o revistas. Aunque conocimos a mucha gente, sólo recuerdo a un señor de Peñafiel – Valladolid, dueño de una harinera, que nos invitó a ir a verle. Era muy caballeroso. Pero no volvimos a saber de él.

Plaza de san Marcos. Venecia.

Y a otra persona, casi un personaje, fue en el último viaje. En el viaje a Rusia: Leningrado, Moscú y Yaroslavl. Fuimos en avión. Ya en él nos tocó sentarnos al lado de un señor que mostró su mal genio, cuando pidió «wáter» y le sirvieron un vasito con agua gruñó: «¡He pedido ¡agua!, no un poco». Y alguna queja más. Al aterrizar en el aeropuerto mi madre nos dijo que nos acercásemos a ese señor, que lo más lejos posible. Iba solo, como soltero empedernido, que días después nos contó que era. Coincidimos en la mesa para desayunar, comer y cenar. Se quejaba de todo, pero era un gran conversador. Nos contó que había recorrido casi todo el mundo. Más de cuarenta países. Mis padres le hablaban lo justo, pero yo empecé a hacerle preguntas. Y se acabó haciendo muy amigo de la familia. Era muy servicial. Como diría la tía Lola, otro tío Gerova. Pero un hombre fascinante. «Lo que queda en esta vida es viajar y bailar con una mujer», decía. Mi madre también decía que un chalé se puede quemar, que te pueden robar el dinero que tengas, que una persona querida se puede morir, pero lo que has viajado nadie lo puede perder, porque es una experiencia. O sea «¡que te quiten lo bailado!»

Yo, ante la universidad de Moscú.

El nombre de aquel señor nombre: Melquiades. Trabajaba de cameraman, camarógrafo, para la televisión. Conocía a todos los actores de cine y de teatro, del pasado y del presente. Quiso ser actor, pero sólo salió al escenario para papeles secundarios. Recitaba algunos textos muy teatralmente, o más bien teatrero. Me enseñó a finalizar las conversaciones, o despedirme en un discurso: «Y no prosigo más, porque el corazón me embarga. Y, cuando esto ocurre, el cerebro se perturba«. Lo decía con mucho estilo dramático. Me convertí en su acompañante. Pidió a mi padre dólares para cambiarlos por rublos de manera que ganase mucho. Fui con él, y lo hizo en un taxi. El taxista regateaba, y él discutía con el taxista, sin saber ruso. Amenazó con salir estando el coche circulando, y llegó a abrir la puerta. Al final llegaron a un acuerdo. Lograba cosas de los camareros, caviar, vodka, figuras de madera. «No es que no haya mercado en Rusia, es que es negro», se reía. Y se jactaba. Mis padres tenían miedo de que fuera a la cárcel. Se lo decían y él contestaba que así alargaba las vacaciones, que a él nadie le espera. En el trabajo, pero ya pensaba en jubilarse. Tenía un bigote de esos de los artistas de años atrás. Y solía ir con una boina. Se compró un gorro ruso para el invierno.

Con el amigo Melquiades, en algún lugar de Rusia.
Por entonces la Unión Soviética (URSS)

«En esta vida o regateas o te timan», y añadió «que bastante lo hacen las mujeres». Le pregunté si había tenido novia. Me regañó. Dijo que preguntar lo hacen los policías, que la gente tiene que contar lo que quiera y cuando le dé la gana. Y me devolvió la pregunta. Le iba a devolver el rapapolvos, pero se adelantó: «Ves como no hay que preguntar». Luego contaba cosas graciosas, de su vida, de su trabajo. De sus viajes. Me llamaba «Mirro». A mi hermano César, el pequeño: Rusky.

Felicitación navideña de Melquiades desde Burgos.

Le fui a visitar alguna vez en Madrid, quedábamos en algún bar cerca de la pensión donde vivía. Sin familia, según decía. Únicamente un hijo medio adoptado, en uno de sus lejanos viajes. Un chico a quien apoyó económicamente. Pero estaba lejos. Por Asia. Durante mis años turbulentos le dejé de ver. Un día oí decir «¡Mirro!» Estaba cruzando la plaza de Callao – Madrid, llevando la bici con la mano. Era él. Había envejecido. Me iba a ir a León una temporada larga. Le prometí que siempre que volviera a Madrid le iría a ver. Lo hice una vez al año. Me dijo dos cosas que que recuerde: «No dejas de sorprenderte, vayas a donde vayas; eso es señal de que estás vivo. Y: «Te esperaré acá». Y siempre estuvo en el mismo lugar, como si esperara a que pasara por allá. Hasta que una vez no. Fui a verle a la pensión. Débil y muy anciano. Siempre nos despedíamos a coro: «Y no prosigo más…». Un año me dijeron que ya no estaba.

Las ciudades que vimos en Rusia eran impresionantes por sus edificios y avenidas. El mausoleo de Lenin con parejas vestidos de novios. Mi padre decía que daba lo mismo ir a una iglesia con el ramo que a esa tumba con la momia de Lenin, «en todo el mundo somos iguales». Llamaba la atención que no hubiera escaparates. Ni anuncios luminosos, lo que para mi madre da sensación de tristeza, de pobreza. En las máquinas expendedoras vendían, por muy pocos kopeks (céntimos de rublos) una especie de gaseosa de manzana. El hotel parecía un palacio. El metro con lámparas y paredes de mármol. Las señoras que nos acompañaban decían que lo que quieren es impresionar. Los guías eran muy cultos, contaban muchas cosas. Íbamos a museos y a reuniones con jóvenes, en uno de aquellos bailaban el kasachok, para que viéramos cosas típicas. Lo hacían con trajes de chaqueta y corbata. No se veían caso coches por las calles, ni bicicletas. Las mujeres eran enormes. Según mi padre, fueron las que sacaron el país adelante, porque los hombres murieron muchos en la guerra. Las llamaba «tiarronas». En lugar de bares había economatos, en una primera planta donde se juntaban para tomar algo. En las tiendas había colas y poca variedad de género. La opinión generalizada de los de la excursión es que parecía España en los años 40, pero a lo grande. Si en todas las excursiones al extranjero al volver se gritaba ¡viva España!, en aquel viaje con emoción inaudita. Hubo gente que lloraba, que gritaba vivas a su país con la voz quebrada. Y cantar la canción de Manolo Escobar, un clásico, pero en esta ocasión tres o cuatro veces seguidas: «Que ¡viva España!, la gente dice con clamor… España es la mejor, poropopopón», » que bonito es el mar Mediterráneo, la Costa Brava y la Costa del Sol…».

La idea que trajeron es que La Unión Soviética, es triste y pobre. Melquiades se quejaba de que el kéfir no es leche ni yogur, pero él lo tomaba porque decía que es muy sano, «¿verdad doctor?», usaba de coletilla dirigièndose a mi padre, que encogía los hombros, «si tú lo dices será». Melquiades le caló. Mi padre era muy discutidor, pero no quería líos. Melquiades le contó un chiste a medida: «Un señor fue a la consulta para perder peso. El medico le dijo que estaba gordo porque no discutía. El paciente le respondió «será verdad». Y contó un chiste que luego mi padre al llegar a la sierra y luego en Madrid contó ¡no sé cuántas veces! No se me quedan los chistes, pero éste lo recuerdo perfectamente: Sale Kruschev al balcón para arengar al pueblo. «Si tuvierais un piso, ¿qué haríais? Y la gente gritaba al unísono «¡repartir, a repartir!. ¿Y si tuvierais un coche?», un clamor decía «a repartir, a repartir». ¿Y si tuvierais dos relojes? nadie dijo nada. Un silencio sepulcral. El presidente de la URSS preguntó a su secretario que qué había pasado. «Señor es que reloj tienen». Después del chiste y de otras curiosidades que contaba decía «¿has tomado nota, Mirro?» Yo me amurugaba. Volvimos a España con una balalaika, las mariuskas, varios juegos de ellas para regalar, habíamos escrito postales, un cuadro típico en madera, figuritas de animales y un collar de color granate que regalamos a la tía Lola, que ella guardó como oro en paño y cuando se lo puso decía siempre su procedencia. La balalaica la guardamos en la sierra y la custodia César. A mí Melquiades me regaló una camisa blanca con los laterales bordados, muy elegante, que guardé, y he llevado puesta alguna vez, pero ya me quedaba muy pequeña. Como ninguno de mis hijos la ha querido, se usó para vestuario de teatro, un pequeño homenaje a aquel señor. Cada visita que iba a vernos en la sierra se tragaba la película que hizo mi padre en Súper-8. Mi padre aprovechaba para contar los pormenores y anécdotas del viaje. Como la chavalería que se ponía a nuestro alrededor en las calles de Moscú pidiendo chicles y golosinas. O las mujeres, camareras, o andando por la ciudad pedían medias y barras de labios. Y por la ropa vaquera se ofrecían muchos rublos. También lo que tardaron en que yo pasara al avión, pues no dejaron de mirarme, e hicieron que esperase, por si me quería ir. No me preguntaron nada. Siempre llamó mucho la atención que mis padres fueran con sus hijos, más siendo tan pequeños. Mi padre decía que viajar es cultura y que los hijos son para los padres y que no hay que dejarlos a nadie. Siempre fuimos muy puntuales, de lo cual presumía mi madre. Se sintió muy orgullosa cuando supo que en Rusia a las madres que tienen más de cinco hijos las llaman «madres patrióticas». Decía ser una de ellas, lo que contó muy a menudo.

También fuimos de veraneo unos días a la playa, Denia, Benidorm y Gijón, en el coche todos juntos. Y a Mazarrón.

Foto familiar en la playa.
De derecha a izquierda: Joe, Gaby, Loly, César, detrás mi madre, y yo.
Los chicos con bañadores de competición, porque entrenábamos a natación. Yo uno Spitz, llamado así porque era la marca del campeón olímpico Mark Spitz y los demás de la marca Turbo.

Del año 1971 al 2006 pasamos todos los veranos, si no completos, sí gran parte de ellos, en el chalé de Moralzarzal, pueblo de la sierra de Madrid. Forma parte de la historia de los Pinto Cañón. Sirvan algunas pinceladas, pues no se trata sólo de ver donde los Pinto dejan huella, sino donde ésta queda marcada en los Pinto, de su entorno, de los lugares por donde pasa y que se esparcen con las futuras generaciones.

Letrero a la entrada del chalé, en el porche, delante de la puerta.
Al entrar se veía el escudo de Los Pinto.

Mis padres quisieron un lugar de esparcimiento, para que sus hijos nos desfogáramos. Para pasar en él algunos fines de semana y los veranos, aunque un par de semanas fuésemos de viaje. Antes los sábados y domingos íbamos a la Casa de las Chuletas, que tenía un parque grande a su alrededor y a la piscina Tabarca. Los primeros años de tener el chalé pasamos parte de las vacaciones de Navidad. Rascaba el frío, pero entre la calefacción y la chimenea se llevaba.

Este letrero rústico estaba en el vestíbulo del chalé, justo a la entrada, debajo de un escudo heráldico de Los Pinto.
No tiene mucho que ver con nuestra rama familiar, pero es Pinto.

A medida que fuimos mayores era más difícil que fuéramos, porque cada cual tenía sus compromisos con amigos y compañeros del Instituto. Fue como un mundo a parte, una especie de paréntesis de la vida de colegio y de la ciudad. Allá creamos nuestro propio ambiente y rutinas. Y hasta tradiciones.

Vista de un lateral del chalé.
Las ramas de pino que se ven, sin de uno que Jose sembró con un piñón.
El paso que da a la calle Rosales. Los primeros años.
Miry con el abuelo Luis y la abuela Lola, en el chalé de Moralzarzal. Año 1975.

Fueron mis padres, con alguno de nosotros a ver unos apartamentos, de los que oyeron hablar, en la colonia Olmosierra de Moralzarzal. Pero eran apartamentos. Al comentarlo mi padre con un cliente que es constructor, Felipe Gamella, le dijo que estaba haciendo unos chalets unifamiliares, con un jardincito. Fuimos a ver el terreno y mis padres vieron los planos y compraron por 800.000 pesetas, el equivalente en cifras a unos 4.800 euros, claro que el valor del dinero era muy diferente. Pero asequible para la clase media. Estaba a la entrada de una colonia con una calle entre dos filas de chalés, aunque los primeros de enfrente se tardó mucho en construir pues la finca era de otro dueño. Los prados de toda la zona se fueron convirtiendo en chalés paulatinamente. Cada año más.

Bienvenidos a un lugar y a unos segundos de su historia.
La puerta por donde se entraba desde el Paseo del Redondillo.

Y el muro que hizo que nos enfadáramos con el vecino que lo hizo, Víctor.

Fuimos de la colonia Los Abetos, segunda fase. Vimos construir Los Enebros, más al monte, pero contiguo al nuestro y se fue expandiendo pasando en treinta años de dos mil habitantes a unos veinte mil. Pues de ir a veranear los chalé y apartamentos pasaron a ser primera vivienda para muchas personas. No voy a ser exhaustivo, pero al menos señalar lo que tuvo relación con la familia. Cada nombre, cada paisaje, cada circunstancia y rincones llevan una historia dentro, con cada uno de la familia y de aquellos que nos rodearon.

En e la parte del césped, que llamábamos «la pradera». El otro era el del banco.
Y una tercera parte con césped el «del pozo».
Mi labor era hacer un hueco con tierra al rededor de los rosales,
quitar los hierbajos y segar el césped. Y podar la yedra.
Y de tarde en tarde algunas ramas de los árboles.
Para hacerlo completo mi padre contrataba a un especialista.
Jose con el capazo en la cabeza. Yo con la azadita.
César sujetando el rosal que íbamos a plantar y Gaby
.

Luego se fueron multiplicando las viviendas Se decía que crecen como setas. Cada verano que íbamos más y más. Nuevos comercios, cada vez más modernos. De una farmacia en el pueblo, a no sé cuántas… Cuando se puso el primer supermercado, Día, el pueblo protestó porque las tiendas de los del pueblo iban a dejar de vender. Hoy los hay a mogollón. Al construir aquella nueva urbanización, Los Enebros, oíamos las explosiones para romper las piedras. Caían cascotes en el chalé y avisaban para que nadie saliera. Con la canalización de las aguas residuales el pozo del jardín, con el que regábamos a veces, y que en tiempos de sequía vendría bien, se llenó de residuos fecales y tuvimos que cerrarlo. Quedó de adorno.

Al fondo el césped del banco. Más acá el de enfrente del porche. Esta parte estaba bordeada de piedras de hueco, muy bonitas que trajo mi padre con don mariano de un pueblo de Segovia. Hoy está prohibido. Cuando dejamos el chalé mi madre nos pidió a mis hermanos y a mí que llevásemos lo que quisiéramos,
pero una especial de recuerdo. Yo traje a León una piedra de éstas.
Los fresnos son enormes. Mi padre siempre decía que es lo que más vale de la finca.

A veces hubo que fumigarlos porque se llenaban de gusanos.

(Rayo con Mireia en brazos. A su lado Omar, Daira, Lucía y Ramirín.)

Pasábamos los tres meses de vacaciones escolares, pero mi padre sólo tenía un mes, por lo que iba y venía de Madrid a la sierra. Al llegar con el coche tocaba el claxon e íbamos a abrir la puerta y a recibirle. El garaje estaba tan lleno de cosas, con las bicicletas y la lavadoras y trastos, y las herramientas de la jardinería y la segadora, que dejaba el coche a la fresca, debajo de la parra, cuyas uvas fue siempre pasto de las avispas. Las pocas que lográbamos coger eran muy agrias, pero a mí me gustaban. En el hueco que formaba entre la casa y el garaje estaban plantadas Orejas de Osos y en el rincón Hortensias, que mi padre cuidaba con especial espero, era el rincón que le gustaba y del que se sentía orgulloso por lo grandes que eran, siendo lo que parece la flor hojas de la planta.

Mi padre y mi madre en el rincón de las hortensias.

Del garaje a la puerta por la calle Redondillo (había otra puerta pequeña a la de Rosales) lindaba con otros vecinos, los de Víctor, su mujer Amparo, una prima que se llama Rosa, y los hijos de ella, tocaya y del matrimonio: Mariví y Charo. Tenían piscina propia, pero cuando levantaron un muro si contar con mi padre y mi madre, tirando la valla anterior, las dos familias no nos volvimos a hablar. Esa fue la sentencia de un litigio silencioso.

La entrada desde Redondillo. La puerta del garaje y el muro que son separo de los Víctor.
Fue un muro, también, de silencio.

En la colonia hay una piscina común. La expresión de cada día era lo fría que está el agua, y se añadía «pero con este calor apetece» y «en cuando das unas brazadas parece que el cuerpo entra en calor». Primero el alrededor de ella fue con piedrecitas, luego con baldosas de cemento y luego de terrazo. Se pusieron normas para no salpicar, luego que si los flotadores, o las colchonetas que ocupaban todo. Una ducha a la entrada al cabo de los años para lo de los hongos de los pies, que dejó de funcionar.

(En la piscina de Moralzarzal, de la Colonia de los Abetos II Fase. Construyéndose una nueva colonia de chalés detrás de ella. Y el año 2001.)

El segundo tercer año. Mi tío Juan José asomándose detrás de mí. A mi lado la abuela Lola. Loly, la tía Mari Carmen, César delante, Gaby, Jose y detrás el abuelo Luis. Éste ya con sus años a cuestas se dio una paliza sembrando el césped, cavó la tierra, la arregló y cuidó para que nadie pisara. Recuerdo cuando no nos dejaba mover a la hora de la siesta, para que no molestásemos y si yo jugaba al balón, pe perseguía para darme «farlopa», decía. Y ponía cara de malo. Sólo para asustar.

Manolo, el pintor. Hizo siempre los trabajos de pintura en la casa de Madrid y el chalé.
No paraba de hablar. En el garaje.

La inolvidable «Reina de los mares», que iba nadando a braza mientras cantaba «soy la reina…» Pasamos de ver a los padres y abuelos de la colonia durante su juventud cuarentona a la ancianidad y el fallecimiento de muchos. Y de la niñez de todos a pasar de los cuarenta, sin que queden sino cuatro chalés con la misma familia que al comienzo. El nuestro fue derribado para hacer otra casa. Estaba en la esquina entre el Paseo del Redondillo y la calle Los Rosales.

El pinar… Primero fueron cuatro, pero crecieron tanto que hubo que cortar uno. pasó con otros árboles, como las arizónicas. Al ser pequeños al plantarlos se pusieron juntos, pero luego crecen, crecen… Plantamos dios sauces que se secaron. Dos abetos a cada lado de la uerta equeña y se secaron. Varios chopos que hubo que arrancar porque las raíces afectaban a la casa y levantaban el suelo del césped.
Los pinos nos hicieron barrer el césped y el paso, porque se llenaba de hojas de aguja. Daban muchas piñas con piñones. Llevé bolsitas para sembrar camino del Águila. Algunos crecieron. Un error, porque es un árbol propenso al fuego. Después llevé semillas de frutas y no sé si al habrá algún frutal. Supongo que, por la climatología, no.

La primera piscina del pueblo se llamó «Rosales» y causaba equívocos a quien iba por primera vez preguntando, incluso en la correspondencia, pues estaba en la calle Roseles. Creo que hubo otra también, pero no la conocí. La calle Rosales de nuestra colonia era cerrada, hasta que fue abierta en un nuevo modelo de urbanización. También se asfaltó. Frente a nuestro chalé había un prado, con vacas. Una vez una saltó al césped del jardín. Mi padre puso una alambrada, con las arizónicas rodeando el recinto.

En el porche, donde por las mañanas mi padre hacía dictados a sus nietos y les hacía leer en alto. El libro que usaba era el Quijote, ese libro grande que está delante de él en la mesa. También a sus hijos. Yo leí este libro por primera vez por la curiosidad de saber quién es esa Dulcinea, que a mí me rondaba algo parecido. De su lectura y varias más persiguiendo esa imagen surgió el «Tratado del enamoramiento», que años después amplié y se publicó.
En la foto mi padre, a su izquierda el nieto mayor: Rayo. Al otro lado Omar y Daira. Al fondo Ramirín que no quería hacerlo, ¡no! y !no! Su abuela Lola decía que es tan cabezón como su abuelo: «Cómo se les meta algo en la cabeza, ¡no hay quién se lo saque!»

Foto típica de los veranos de Moralzarzal. El anbuelo Ramiro queriendo que aprendieran, por el afán de saber. A sus hijos les dictaba la novela Don Quijote de la Mancha.
De derecha a izquierda: Ramirín, Daira, Rayo, el abuelo,
Yolanda, la madre de los peques, Omar y Elsa.

En el porche también nos enseñó mi padre a jugar al mus. Este juego de cartas desplazó a los demás de mesa, de los juegos Geyper, la Oca y de azar con una peonza que decía si ganabas dos, o perdías uno, jugándonos caramelos.

Juguetes de la época, en la tienda de Magdaleno, en León. Situada al lado de donde estuvo la casa en la que nació Ramiro Pinto Díez. Y un hermano del dueño estudió con mi padre en los Agustinos. Se ven los Juegos reunidos Geyper y a los hermanos Telerín, que cuando salían cantando nos acostábamos: «Vamos a la cama, que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar....»

Por el Redondillo pasaban vacas con un ganadero, que a veces iba en una furgona, para ir a la finca del alcalde de los primeros tiempos de estar allá, una dehesa, de las muchas que hubo por la zona. Está siguiendo un camino hacia el monte en el que está el pico del Águila. También rebaños de ovejas y gente montando a caballo. Al final del Redondillo, cruzando la carretera que va de Villalba a Cerceda, había un abrevadero para beber las vacas. Ha desaparecido.

El rincón de la «pradera». El agua del aspersor apenas llegaba a él.

Hablar de la piscina es recordar a Pedro, y a su mujer Ana. La limpiaban. Esperábamos afuera mientras terminaba y nos llamaba la atención para que no le metiéramos prisa. Sacaba unas pesetillas cuidándola. Era pastor, tenía ovejas. Estando el primer presidente, el señor Martín, puso un cenicero para no echar las colillas al suelo. Luego otros presidentes colocaron macetas grandes para flores, un flotador que exigió la Administración. Arreglos a la depuradora. Un tiempo hizo falta un médico responsable y un socorrista, que firmó mi padre y nosotros de socorristas, sin ejercer sino el trámite de la firma.

De todas formas estábamos casi todo el rato, mañana y tarde. Es curiosa la territorialidad. En treinta y cinco años siempre nos colocamos cada familia en el mismo lugar que la primera vez.

Los lilos. En primavera íbamos a recoger grandes ramos de lilas. Se ve el «rincón de Loly», pues dijo mi padre que era para ella, para que no dijera tanto lo que hay que hacer, y pusiera en su parte lo que quisiese. No se daba nada, por la sombra permanente. Y nos reíamos. La rama del laurel, la dejó mi padre para que hiciéramos brazo, subiendo y bajando agrados a ella.

Pedro Moreno de la Fuente, casado con Ana. Padre de un hijo y una hija que es maestra y ejerce en el pueblo. Ya se jubiló. Cuidaba de varios jardines y de la piscina de nuestra colonia y otras. Estuvo ¡años!, hasta que la comunidad de propietarios prescindió de sus servicios, con la excusa de que no sabía nadar y podría pasar algo… Él siempre pedía un aumento, pero sólo de tarde en tarde se le hizo caso. Al contratar a una empresa, por menos dinero, resultó que había que contratar a otra para podar las arizónicas que sobresalían del vecino, y también para poner flores en las jardineras. Pagar un complemento por cuidar la piscina de los pequeños. Nos modernizamos, pero fue un problema humano, de alguien que estuvo con nosotros toda la vida. Lo contento que se ponía al verme y recordar la guerra que daba cuando era pequeño, esperando en la puerta para tirarme a la piscina.

Pedro junto a su mujer, Ana. Al lado Yolanda. Mi madre en el porche.

Casi veinte años después, 2025, Pedro nos fue a despedir en una nueva y nostálgica vuelta al Pico del Áhiuila. Con su amigo Ramiro las puertas del nuevo chalé que fuera el de los Pinto.

Cuando supo que me gustaban las canciones de Julio Iglesias, al ir a verle, cuando yo ya tenía varios hijos, me guardaba la sorpresa de poner un casete con ellas. Yo quería bailar con él, en bromas, y el decía que no, que él no es «maricón». Iba con una «furgonetilla escacharrada». El año que le echaron algunos vecinos le hicimos un homenaje y le regalamos una placa de recuerdo. Desde que nos fuimos le escribo el primer día de mes una postal, que él colecciona. Las escribo con mayúsculas, pues no sabe leer bien, según me dijo. Una vez al año voy le a visitar, a comer con él y su mujer. Me dice que cada día da recuerdos al Pico del Águila de mi parte.

En la mesa de piedra, enfrente del porche.
Daira en un primer plano. Tras ella Lucía, Mireia y Elsa. Al otro extremo de la mesa Omar, a su lado Dunia y Elisa. Una comida de verano, que la abuela Lola decía, «como los gitanos», o sea sin formalidad.
Lo que mi madre llamaba «unja comida gitana». De derecha a izquierda: Ramirín, la abuela Lola, Mireia y Dunia.
Daira, al anuelo ramiro. Omar, Elsa, Laya en brazos de su tío Miry.

Nuestro chalé es el primero de la calle de Los Rosales. En el de al lado vivían Gregorín y Albertito. El primero murió joven, por enfermedad, dejando dos hijos huérfanos. El chalé estuvo mucho tiempo abandonado, desde que sus padres se separaron. Luego murió el padre Gregorio Núñez. Albertito fue un hombre de negocios, trabajó viajando por todo el mundo y en la economía financiera como alto directivo de una multinacional. Salió en los medios de comunicación porque dejó ese mundo del dinero para hacerse Jesuita. Según cuenta la muerte de su hermano le hizo plantearse muchas cosas y se acercó a la fe. Antes se fue a vivir al chalé y cuando no está lo cuidaba, como ahora, un jardinero.

Alberto Núñez

El siguiente era el de Miguel. Desde este chalé eran uno dividido en dios viviendas adosadas, excepto el último de Maruja. Seguía el del señor Floren, que trabajaba de practicante. Su mujer Amparo. Con tres hijos: Charo, Carlos y Mónica. La primera formó parte de la pandilla de los mayores que se juntaban con los de la otra fase y con los de la colonia de la Salud. Con Carlos jugué al fútbol, en plan campestre con los de la colonia, que íbamos a un camino cuesta arriba y en una explanada, con dos piedras a cada lado que hacían de postes. Una vez bajando una cuesta en la bici a todo meter, nos caímos. La pequeña estudió la carrera de medicina.

El jardín del chalé, exuberante. Con mi madre de reina de las flores.

Luego estaban los Martín. Es un capítulo a parte. Muy amigos de la familia. Y las dos familias, los Martín y los Pinto, estuvimos muy unidos, y aún con su hija. Mariano Martín. Su mujer Luisa Rodríguez. Él fue joyero y ella cocinera, gallega que fue a París. Él de Madrid, boxeó y era muy atractivo. Lo contaba él. Nos contaba sus andanzas. Se fue a Venezuela con su esposa, que también decía que era muy guapa de joven. Allá tuvieron dos hijos, María Luisa y Mario (Marito.) Mariano trabajó de joyero y su mujer en la tienda. Hicieron un capital y compraron un edificio. Se retiraron para disfrutar de la vida, y en este plan estuvo el chalé de la sierra. Siempre aparentó mucha menos edad de la que tenía. Una persona muy efusiva y atenta. Se cuidaba haciendo ejercicios gimnásticos. Fue republicano y cuando la guerra evitó muchos atropellos. Nunca terminaba de contar sus historias, dejaba un halo de misterio. Empezaba sus relatos diciendo «verás, verás» y sonreía. Entró en la historia de nuestra familia de forma peculiar. Al poco de empezara ir al chalé, vino mi tío Juan José, hermano de mi abuela Lola, por parte de madre. Al verle gritó «¡El Nenas!», se reconocieron y dieron un abrazo. Fueron amigos de jóvenes y luego se perdieron la pista. Habían pasado más de cuarenta años. Aquel nombre era el mote, por su éxito con las mujeres. Él presumía de ello y su esposa también, ya que fue más mérito que le eligiera a ella de entre tantas.

Martín y Luisa, en la Pedriza. Al otro lado su hijo Mario y yo a su lado.

Martín y mi tío Juan José, de jóvenes, hacían excursiones por Navacerrada. Mi tío como aficionado. Martín como deportista, decía que fue montañero. Conocieron Moralzarzal cuando iban en tren a la montaña, pues paraba en la Fuente de la salud, para llenar las cantimploras.

En una celebración, de derecha a izquierda: Mario Martín, la siguiente no sé, sigue Mª Luisa, la hermana de Mario, Lola Cañón, Lolita, al lado de su marido Ramiro Pinto Cíez, Hesús Caballero, no sé el siguiente y Elena, la pareja de Mario.

Saliendo del chalé nuestro a la derecha hay un camino, hoy asfaltado, en el que se veían raíles de tren. Y piedras de los que hay entre ellos. Poco a poco se fue tapando hasta quedar sepultados, incluso del recuerdo. Ya es una calle entre una dehesa y una urbanización. A la entrada a ese camino hubo una granja de cerdos, que se llamó «El gruñido alegre». Con el tren paraban donde después estuvo Puskas. Bajaban para llenar las cantimploras de la Fuente de la salud. La cual dio nombre a la primera urbanización de aquel entorno, la «Colonia de la Salud». Al principio íbamos con botellas y garrafas a aquella fuente. Luego nos parecía un rollo. Pero Martín, llenaba el maletero de garrafas y siguió con la costumbre. Era un caño, casi a ras de suelo, con una piedras de granito a modo de espacio. Luego la han remodelado y convertido en ornamental. En Moral llegué a ver siete fuentes. Al irnos quedaban tres, ésta, la de la iglesia y la de una calle subiendo la plaza, cerca de una churrería que hubo, en la fachada de la primera biblioteca que hubo.

Martín nos llevó a la Pedriza, e hicimos varias excursiones con él hasta Charca Verde, la laguna de Peñalara y demás lugares. También hasta la Bola del Mundo, donde está un receptor de televisión que se ve desde nuestro chalé. Y a Siete Picos, que también se ve desde allá. Él los recorrió de joven. Y fue nuestro guía para ir al Pico del Águila. Desde entonces cada año fuimos de excursión hasta ese Pico. Que la primera vez no llegamos a donde es, sino a una roca parecida. Fue una subida muy difícil, pues fuimos de frente. Luego aprendimos un camino yendo por detrás y subiendo luego hasta pico. Para bajar lo hacíamos por la ladera del monte. Pareció más una expedición. Vino mi padre y mi abuelo Luis. Luego los mayores no volvieron a subir. Los demás cada verano, incluso varias veces. Mi abuelo Luis no iba a casi ningún sitio, porque decía que qué se le había perdido allá. Pero a aquella excursión mítica sí, para cuidar del nieto pequeño. Mi madre siempre recuerda cuando llegaron los dos de la mano, c»como si volvieran de la guerra, el abuelo con los pantalones rotos. El tío Juan José no entendía darse esas palizas y nunca fue. Su aventura fue la lectura y escribir. Y mi madre y la tía Mary Carmen lo hicieron muchos años después, para no decir que no habían subido. Fueron con César de serpa.

El abuelo Ramiro, en el chalé de Moralzarzal, con los nietos varones del momento: Pablito en brazos, a su lado Omar, Rayo
y Ramirín, tan elegante.

Otra especialidad de Martín fue jugar a la baraja, llevaba la cuenta de todas las cartas que salían y si alguien de pareja suya echaba una carta de manera incorrecta se enfadaba mucho. Se tomaba las partidas muy en serio. Siempre en el porche de su chalé o en el pasillo, sobre una mesa de camping. Su mujer, Luisa, también. Jugaron mi padre, hasta que murió Martín. También mi tío Isidoro. Y su hija María Luisa. Eran partidas de Tute. También fue un gran jugador de mus, pero lo suyo era el Tute. El jardín fue su afición. Presumía de sus plantas, que cuidaba con esmero. Lo dejaba impecable. Luisa lo barría cada mañana. Los primeros años dio por sembrar girasoles. El suyo era enorme, el más grande, y con varias cabezas. «Por algo será», decía. Se cuidaba mucho con la comida y era muy meticuloso con el horario. Tomaba baños de sol. Como nos contaba sus picardías en el juego y en su vida, cuando fuimos más mayores y él más anciano le decíamos «¡Ay!, Martín, Martín / !ay¡ pillín, pillín». Fue el primer presidente de la Comunidad de propietarios de la colonia, meticuloso y siempre pendiente de todo. Luisa hablaba mezclando el francés y el gallego. Cada verano nos juntábamos en su chalé, en el jardín, para comer sus famosos crepes que había aprendido hacer en París. Los últimos años de su vida vivieron en una residencia de Moral, donde íbamos a verlos y a recordar viejos tiempos. Tuvieron muchos años un perro, el famoso Morocho, muy negro. De hecho el nombre en suramérica quiere decir «oscuro».

Tuvieron dos hijos, María Luisa y Mario, Marito. Ambos muy estudiosos e inteligentes. Sacaban las mejores notas de sus respectivas clases. María Luisa se licenció en Ciencias Económicas y Empresariales. Estudiaba mucho con su novio Humberto, con el que luego se casó y más tarde se divorciaron. Éste es de origen familiar germano, como lo es su nombre. Humberto se lanzó una vez a la piscina dando media voltereta, que luego imitamos llamándose este salto «la humbertada», que se añadió a hacer «bombas», lanzándonos al agua con un salto hacia arriba y encogiendo las rodillas para salpicar lo más posible. Todo un mito de aquellos tiempos.

Maria Luisa con su hijo Humbertito en el bautizo de éste.
Luisa, en León con Ramirín en brazos. Año 1997.
Luisa hija en Moralzarzal.

Celebrando en casa del «padrino», Ramiro Pinto Díez, con «los himbertitos», que es como les llamábamos. De derecha a izquierda: César con Sergio en brazos, Mª Luisa y delante su gija Leti, Elena Pulico, mamá Lola, el padrino que ofrece un trozo de roscón de Reyes a Omar, en brazos de su madre Yolanda, delante Maru Paz, amiga de Loly,
que está a su lado con su sobrino Rayo en brazos y Humbertito.

En la puerta del chalé Jose, Ramiro, el señor Nieto (el practicante de la clínica del doctor Pinto, mi padre) con Sergio y Leti.

Luisa Martín y Leticia con la tía Lola en una de sus visitas a León. Año 2001.

María Luisa vive en el chalé a día de hoy. Tuvieron tres hijos. Antes de ellos uno que murió. Mis padres lo vivieron con mucha pena. Los tres hijos son: Humberto, Humbertito, que hoy es juez, ejerce en Canarias, donde se ha casado. Leticia, que estudió Ingeniería Industrial. Vive con su pareja en Aranjuez. Sergio, el más travieso, siempre queriéndonos tirar en la piscina y salpicarnos. Estudió un máster de Desarrollo Personal y Liderazgo en ACN Inc. Trabaja en una empresa de telefonía. En la colonia y en la familia les llamábamos «los humbertitos». Venían a todas las excursiones y fiestas que hacíamos. Y han sido como de la familia, los nietos del señor Martín. A los que conocimos desde que nacieron.

Humbertito en brazos de mi padre, que fue su padrino. Le llamaron, por eso, cariñosamente, la familia Martín a mi padre «El padrino».
Rayo en el paso del chalé de Moralzarzal, junto a los humbertitos: Humbertito, Sergio y Leticia, apoyada en la farola, que regaló dos Felipe a mi padre, que le sobraron de una urbanización que hizo.

Los humbertitos en la casa de Madrid de los Pinto: Omar con Leticia,
Humbertito, Rayo y Sergio.

Sergio con Omar, delante de la piscina de los pequeños. Año 2004.

Mario fue ingeniero industrial. Dio clases en la universidad y luego trabajó para la empresa privada. Yo fui alguna vez a su Facultad a jugar en las pistas de tenis, en Madrid. En la sierra formamos una pandilla junto a Jesus (sin acento en la «u»), de la colonia, con Juan Alcalde, de la primera fase y Miguel, de una colonia del otro lado del pueblo, a cuya casa íbamos a jugar al ping pong. Con Mario y Jesus jugamos al tenis en la calle de los Rosales, poniendo una cuerda como red. También al fútbol. Mario fue portero del equipo de los casados, que jugaban contra los solteros, de los chalés de varias colonias. Se juntaban los domingos para jugar el partido. Como los casados no tenían guardameta, él lo fue y muy bueno. Siempre tuvo un carácter muy servicial y obediente con todo el mundo. Para mi madre era el joven modelo. Estudioso y atento, muy educado y obediente. Íbamos a jugar a la máquina de las bolas al bar Mariano, al final de la cuesta que sube al pueblo. Otras veces dando vueltas por los bares del pueblo tomando cañas. De más jóvenes fuimos al pub «doctor Clito», que había sido una cuadra. Otro al que solíamos ir es al pub «Tarambana», en donde Toño trabajó un par de años de camarero. Y a Villalba, a veces haciendo dedo para ir al cine y a la discoteca: Bottichelli. La del Quinto Infierno poco, pues era para más mayores. Cuando la época del Ramalaman Dindon… que bailábamos muy desenvueltos. Luego lo contábamos y se fue creando un mito. Más tarde a Pachá, a tomar unas copas. También al Gallo Rojo. Nos juntábamos con otras pandillas. Sobre todo en el mítico «Puskas«, situado al la entrada desde la carretera general al la calle del Redondillo, donde empezaba la subida de la cuesta para ir hasta el pueblo. Mario al ser más mayor nos relacionó con varias personas que eran mayores que nosotros. Uno de ellos fue Javier Marín, que más adelante le llamaríamos el Cosaco, que se apuntó a las excursiones al Águila y fuimos muy amigos. Mi madre me dejaba salir por la noche yendo con Mario, porque era muy formal. Al menos sí muy formalista. Nos enrollábamos mucho con las chicas, pero ligar nada, casi nada.

Con Mario en Charca Verde. Año 1975

Mario fue a Brístol – Inglaterra, a perfeccionar el idioma inglés. Allá conoció a Chelo, con la que años después se casó. Tuvieron un hijo: Daniel, que se parece mucho a su padre.

De derecha a izquierda: Mario, Jesus, su hermana Amelita y Loly.

La conducta de Mario fue ejemplar, siempre de bondad y paciencia. Mi madre me dejaba salir por la noche con él porque era muy responsable. Viajó mucho pues llevaba proyectos de ambulancias y demás diseños industriales a muchos países. Le empresa cerró. Fui a su casa de Madrid alguna vez, pero con el tiempo perdimos el contacto, hasta que los últimos años años de su vida coincidimos en Moral. Murió joven jugando al tenis en el Club de Puerta de Toledo.

En el rincón de los desayunos del chalé de la tía Mari Carmen, autora de la foto, lo tres Ramiro Pinto: el abuelo con el nieto en brazos y al lado el hijo.

El chalé siguiente era el del taxista, así lo conocíamos. Hoy creo que sigue en él alguien de su familia. Nos saludábamos, hablábamos, pero se sabía muy poco de las actividades fuera del veranos, por regla general. Formó parte de nuestra vida y es un recuerdo lleno de cariño. Los primeros años la valla permitía ver los jardines y a los vecinos, pero poco a poco se fueron tapando con yedra o arizónicas, siendo la calle un pasillo en el que no se veía a nadie. Sobre esta situación y un hecho de después de las queimada, que ya contaré, escribí una pequeña historia, a modo de metáfora de esto: «Gavias del corazón». Las gavias son las jaulas, a modo de cajones en el que en la Edad Media se encerraba a los locos. Era ver como se cerró la comunicación vecinal, que se extendió a toda la sierra y a la sociedad en general. Se publicó en un libro, con otra historia que lo da el título: «La curva del cuervo».

Una parte del comedor del chalé, con Pablito y Elsa y Mateo en el sofá.

La siguiente parcela era la piscina comunitaria. Tiene una columna de piedra desde donde sale el agua depurada. El agua Pedro la mantuvo siempre muy limpia y azul, «da gusto verla», se decía. Unos tendejones con tejado de uralita donde se ubica la máquina para la depuración, los servicios, que no se usaban para no tener que limpiarlos.

La piscina de la colonia, Abetos II fase. Mateo al borde helándose de frío.

A veces algunos nos lanzamos a la piscina desde su tejadillo, con la posterior bronca de los mayores. Bañarse en la piscina fue un ritual. Para mí los últimos años fue un descanso total, nadar, tomar el sol y escuchar el sonido del chorro al chocar con el agua de la piscina. En ella enseñé a nadar a mis cinco hijos. De pequeños nos decían que se echaba un liquido que tiñe de rojo el pis, para que nadie meara en la piscina. Bueno, «no hacer pipí». La fineza del lenguaje fue otra característica del ambiente. A veces nos reíamos los más jóvenes de las cursilerías y del cuchicheo del ambiente.

Una comida veraniega, «a lo gitanos», decía mi madre. En la pared unos azulejos con San Cosme y san Damián, dos hermanos médicos cristianos en tiempos de los romanos que fueron decapitados el año 300 dC.
Mártires que forman parte del santoral católico y se consideran los patronos de los médicos.
Desde la derecha: Ramirón, la abuela Lola, Mireia, Elsa, delante Dunia, mi padre,

Omar detrás, Elsa a su lado y yo con Laya en los brazos.

El siguiente no recuerdo de quien al comienzo, un matrimonio con dos hijas, una muy guapa, Nuria. Pero no sé. Luego estuvo en el chalé el doctor Gregorio, con su esposa y dos hijas. La mayor se casó con un chico que trabajó en León en un concesionario de coches. Y después de algunos años que estuvo vacío lo compró un veterinario que fue presidente de la comunidad. El contiguo tampoco me viene a la memoria sus habitantes originales. Me suena una familia con un chaval con mucha inventiva, con el que jugué alguna vez. Luego una pareja con dos hijas. El padre de familia trabajaba en un banco, «los de Caja España». Una vez se apuntaron a la excursión al Águila. La mujer se torció un tobillo y la tuve que bajar sobre los hombros un una parte, hasta llegar al camino, donde su marido la fue a buscar en coche. Siempre que les vuelvo a ver, ya en entierros de personas de la colonia, lo recuerdan. De aquella no había teléfonos móviles y tuvimos que llegar a una casa-chalé de Fontenebros.

La chavalería de la colonia. De algunos no recuerdo el nombre Fue en uno de mis cumpleaños, al final del verano. Por eso Mario me está turando de las irejas. Al fondo, rubio con gafas. A su lado derecho Juan Alcalde, Jesus. Delante de mi Albertito. En el banco Quique y Manilo, a su lado, los dos con camisa de cuadros. En medio de ellos César.
Luego Carlos, a su izquierda Gregorín, Loly y Amelita con vestido de lunares blancos.
Al fondo un chalé que se hizo por aquella época, que llamábamos el de los franceses,
por la nacionalidad del dueño.

Siguiendo el recorrido a través de rememorar, ya parece tan lejano, como si hubiera una frontera en el tiempo para pasar de un mundo a otro, como si fuera una dimensión el tiempo que aparece y desaparece. El chalé de Ángel Peón, un ingeniero que trabajaba en Renfe. Estudió con mi tío Quique. Coincidieron alguna vez. Para llamar a sus hijos, Angelito y Almudena, hacía sonar un cuerno. Cada chalé es un mundo, pero dejemos la huella del nombre para quien alguna vez la quiera seguir con un rastro arqueológico de la palabra. Luego está el de Romero, con su mujer y la hermana de ésta. Dos grandes nadadoras, que practicaron baile sincronizado en el agua en sus tiempos de juventud. Sus hijos Toñín, que jugaba muy bien al fútbol y Sara. El jardín lo mantenía Romero, un hombre impecable, meticuloso y perfeccionista que trabajaba en Galerías Preciados. Siempre muy afable y como otros presidente de la comunidad entregado a la colonia. Fronterizo con él, nunca mejor dicho, el chalé que compró a primeros de los 80 el tío Juan José, para veranear con mis abuelos y la tía Mari Carmen. Había muerto la tía Anita, que cuando venía a nuestro chalé de visita se pasaba el día quitando a las flores los pétalos secos.

Gaby a la derecha, su mujer Elena, Loly, mi madre, detrás Yolanda con Daira en brazos,
Rayo, mi padre, César, Omar en brazos de su padre, Jose y Margarita.

El tío Juan José pasó algunos veranos en el chalé nuestro. Le gustaba leer y pasear, pero a su aire. No las palizas que se daba su amigo Martín. Iba a Puskas, el paseo de los veraneantes de la colonia después de la piscina y de la merienda-cena, íbamos casi de romería a tomar un helado, comiendo pipas por el camino. Por las mañanas mi tío subía al pueblo para comprar el periódico. Al llegar casi a la entrada de la avenida de Redondillo, hacia una parada en Puskas para tomar una caña y leer las noticias del día. El chalé había sido antes de una familia con un solo hijo. Lo vendió dejando muebles y adornos. Un jardín que era una pocholé, que había cuidado Pedro. Luego la tía Mari Carmen se encargó de esta tarea, que pasados los años contrató a un jardinero. Yo me encargaba de podar las arizónicas y de segar el césped. Cuando quedó sola mi tía Mari Carmen el vecino quitó estos arboles (las arizónicas) convertidos en tapial, pero mi tía no quiso hacer lo mismo, pero se quejaba de que era ella la que daba la sombra al vecino. Cuando iban mis hijos, desde pequeños, lo típico fue que al principio los sábados y domingos, y luego casi todos los días bajaran todos o algunos a desayunar con la tía Mari Carmen. Les encantaba calentar las rebanadas de pan de molde en la tostadora, para untar con mermelada y mantequilla. Una costumbre que fue hasta el final. Otra especialidad de la tía en verano fue su famoso gazpacho, que íbamos a tomar después del baño, como aperitivo.

Rincón de los desayunos de la tía Mary Carmen. Con Rayo y su hermana Lolita.
Siempre con mantel, aunque estuviéramos en el «campo». Año 1989
.

Terminando la calle, pareja con el chalé de la tía Mary Carmen está el de Maruja. Es la suya, los Sánchez Manzanares, otra familia que sigue desde el comienzo. Ella maestra de un colegio privado que concertó hasta jubilarse. Una mujer de consejos. Ni ella ni nadie quería hablar de política, pero siempre soltaba, como quien no quiere la cosa, alguna observación de cómo estaban las cosas de una España que parecía que siempre iba de mal en peor. Casada con Fausto, padres de Javier, Faustito, Marieta, Alvarito y Blanquita. Los primeros años de veranear en la sierra vivía con ellos la madre de Maruja.

Mi padre a la izquierda, con Fausto y Felipe, el constructor que hizo los chalés.
Maruja, una noche de qeimada, en el porche del chalé de Los Pinto.
Sentados a la mesa Eduardo, el padre de Óscar y Begoña, y a su lado Fausto, el marido de Maruja.

Alvarito formaba parte del grupo de amigos de la sierra. Nació el año en que fueron al chalé. Vino a casi todas las excursiones que hicimos al pico del Águila y a las fiestas de la queimada. Estudió Derecho. Con ideas republicanas, en una familia muy de derechas. Le cito en los agradecimientos del libro «Los fundamentos de la Renta Básica y la perestroika del capitalismo» (2003) porque me aportó varios datos y desarrollos jurídicos, al igual que mi hermano Cesar. Hizo oposiciones para letrado del Congreso, pero fue requerido para trabajar como abogado del partido socialista.

Alvarito, a la izquierda, con el Cosaco.

Trabajó en el equipo de José Blanco, Pepiño, cuando éste fue ministro con el gobierno del Psoe (2009 – 2011.) Posteriormente en un puesto de la jefatura como asesor jurídico del Puertos del Estado, desde el año 2012. Cinco años después trabaja de coordinador del sistema portuario como Delegado.

Delante del Obispado, en León. Alvarirto y el Cosaco me vinieron a ver a León.

Se casó con Olivia y tienen dos hijos: Mateo y Marcos. A la boda fue aquel político. La tía Mari Carmen decía que si le veía le daría con el bolso «bien dado» y le iba a cantar las cuarenta. Cuando se cruzaron, él le saludó muy amablemente y ella le respondió con una sonrisa. Luego nos reíamos los sobrinos de aquella escena. Historias de familia que nunca saldrán en las crónicas oficiales.

Alvaro Sánchez Manzanares y Olivia.

Faustito, el hermano de Álvaro, era muy travieso, siempre quería estar jugando en la piscina a hacer aguadillas y a voleibol en el agua, y fuera también con la valla que hacía de red. De joven fue aficionado a aviones teledirigidos y al Scalextric en lo que yo recuerdo, ya pasado el tiempo. Estaban haciendo unas obras en un chalé de la colonia y yo bajaba en la bici a todo meter porque había un montículo de tierra, para así «volar» un instante. Él quiso que le llevara atrás y nos dimos un trompicón, que todavía tengo la cicatriz en la pierna (sin que hiciera falta dar ningún punto.)

Los enanitos, agricultores y la rana fueron regalos a los abuelos Ramiro y Lola, el día de sus patronos:
san Joaquín e santa Ana, padres de la virgen María. En el césped de enfrente del porche.

Dos amigos de Alvarito que participaban en todo y de la amistad de nuestra familia fueron Toño, que es conductor de autobuses, y Miky, que estudió Física y se dedica a la investigación sobre el magnetismo.

Alvarito de maestro de ceremonias de la queimada.
Toño en un primer plano. Detrás Miry. A su lado Elena. Tras él Alicia, la hija de Óscar. Detrás Charo, la abuela de ésta.

En una historia genealógico no sólo es importante el nombre, las fechas de nacimiento y del fallecimiento, o las titulaciones oficiales, sino el hábitat de las personas y de las familias, para recomponer el puzle del pasado de cara al futuro. El presente es para vivirlo, el pasado para recordar y hacer que sea experiencia y lo que permite comprender nuestro mundo desde la mirada puesta en la microsociedad.

La casa de Maruja siempre fue muy visitada por mi madre y por mis hermanos y yo. Nos invitaba al tinto de verano, que hacía muy fresquito. Puso en el jardín la imagen de la Virgen de la Paloma, rodeada de maceta con flores. Varias madres de la colonia y otras amigas de Maruja quedaban para rezar y para celebrar el Día de la Virgen de la Paloma, una fiesta que celebró antes mucho la colonia de al lado, Abetos I fase, pues su calle lleva este nombre.

Maruja, año 2013. Junto al laurel del chalé Los Pinto.

El chalé de Maruja es el ultimo de la calle. Al otro lado empezando por abajo estaba uno que decíamos que era de los italianos. Les veíamos pasear, nos saludábamos, pero no hablamos con ellos casi nada. No iban a la piscina. El siguiente hacia arriba era el de Benedicto. Vivía con su hermana y tres hijas. Había enviudado. La hija mayor, Lola, era de la pandilla de los mayores, destacaba por su belleza. La segunda Ana, que dejamos de verla, y una tercera. Lola tuvo un hijo que pasó muchos veranos por allá. El contiguo era el de las maestras. Tres mujeres de la misma profesión se juntaron para veranear juntas. Siendo ya mayores se bañaban en la piscina. Siempre muy atentas. A su lado el de Pepe y Amelia, padres de Jesus y Amelita. El de al lado y último en los comienzos de la colonia era el de los andaluces. El padre de Córdoba, Manuel, la madre Marisa. Tenía un astrolabio en el jardín. Muy dicharachero y alegre. Tenía tres hijos: Manolo, Marili y Quique. El pequeño cuidaba de su hermano mayor, que estaba muy delicado con un problema de salud. El otro hijo es Quique. Y Marili, para varios chavales de la colonia la guapa aquella calle. En aquel lugar de veraneo la generación de los padres va desapareciendo. El resto fue un prado hasta el final en el que hubo otro chalé, pero que no era de la colonia, era de un maestro, director de un colegio, que vivía con su mujer y dos hijas. Recuerdo el rostro de ellos, pero no los nombres.

En el de José Ferrero, Pepe y Amelia Caballero me detengo, porque fui muy amigo de su hijo Jesus (sin acento en la «u»), lo mismo que de Mario, el hijo de Martín. Hermano de Amelita, que se casó con Javier y tiene un hijo: Jorge. El pequeño jardín tenía frente al porche un sauce llorón enorme. Le vi pequeño y luego se hizo gigante. Amelia, una mujer campechana, de un pueblo de Salamanca. Muy cariñosa con nosotros. Un año se secó aquel árbol. Pusieron un olivo, que sigue mostrando su fortaleza en el jardín. Pepe trabajaba de controlador en el aeropuerto de Barajas. Se enfadaba mucho al hablar del desastre de los políticos. Cuidaba el jardín un señor del pueblo, que al morir le sustituyó su hijo. Pasaba temporadas con ellos la hermana de Amelia, Carmina, que luego vivió en el pueblo. Una mujer muy simpática.

Jesus, a la derecha. Mario, yo y Carlos.
Loly con Amelita.

Con Jesus aprendí que no hay gente desgraciada, sino que cada cual es feliz a su manera, aunque no lo parezca. El eje de su vida fue querer ser médico. Estudiaba inglés cuando estábamos en la sierra, antes de la carrera. Y los primeros años de ella también hacia muchos kilómetros en bicicleta (era de carreras), junto con Mario. Íbamos a la discoteca, al pueblo a dar una vuelta y tomar unas cañas. Luego fuimos al doctor Clito porque le gustaba el nombre de «doctor». Un lugar que fue una cuadra, que se convirtió en un lugar de ocio, de encuentro, para charlar y tomar algo. La carrera de medicina le empezó a costar, se le puso cuesta arriba, pero se empeñó. Temía el desprecio de la gente y cada vez le preocupó más cómo le verían. Aprobó. No sacó el MIR. Trabajó en urgencias y no aguantó aquel ritmo. Un verano en Canarias, donde contaba, que le pagaban un suplemento si derivaba a quienes bebían demasiado a hospitales concertados. Algo que en la mayor parte de los casos no hace falta hospitalizar, pero se hacía para cobrar, y si no lo hacía los compañeros le miraban mal. Todo esto le fue minando su vocación y empeño. Le gustaba estudiar medicina, leer y saber, pero entraba en una maquinaria de protocolos, de tecnificación del ejercicio médico y eso le arrolló. Sus depresiones, sus estados eufóricos le hicieron exaltarse primero. Tuvo un accidente de automóvil estando en la sierra, con un coche que le prestaron. Los de la colonia lo vivimos con preocupación. Llegamos a creer que hubiera muerto.

Con Jesus.

Perdió la cabeza. Fue poco a poco y huyó hacia delante. Le internaron después de muchos altibajos, en una residencia para discapacitados psíquicos, en Arévalo – Ávila. Sus padres habían muerto. Pienso que le bloqueó tanta medicina que tomaba. Pero si no lo hacía ponía en riesgo su vida. También se esforzó siempre en ser un gran amigo, lo que valoré mucho. Paseamos, hablamos. Empezó a vivir por dentro una vida que le arrolló y le hizo alejarse de la realidad. Cuando le iba a ver ¡qué alegría! para ambos, dar una vuelta, recordar viejos tiempos, tomar un café, fumar un pitillo. Le hizo feliz a su manera. Un accidente en una excursión, hizo que se quemara las piernas. Murió sin llegar a los sesenta años el 25 de abril de 2018.

Al fondo el Pico del Águila.
Jesus me acompañaba un rato al comienzo de la subida a la montaña.

Le recuerdo yendo a la discoteca de Villalba, queriéndose divertir. Dimos paseos a Puskas. Y al pueblo a tomar unas cañas. Una vez fue al Rastro a tomar la tensión a la gente, o antes de subir al pico del Águila. Él lo hizo alguna vez cuando joven. Y las fiestas de Moral, las ultimas de la sierra, a mediados de septiembre, por San Miguel, el patrón del pueblo. Y contaba las andanzas en el pueblo de su madre donde iba con sus primos. Y cantaba. Y reía. A su manera, como cada cual. Las fiestas estaban abarrotadas de gentío, con coches de choque, caballitos, puestos de manzanas de caramelos, nubes de azúcar. Y el baile en la plaza que se convertía en una plaza de toros, muy renombrada en la sierra. Sobre topo los encierros. En ellos participó nuestro vecino Víctor, ya mayor, con cincuenta y tantos años. Y la música del pachín pachín. Nos juntábamos con otras pandillas, que luego se convirtieron en peñas y saltábamos y brincábamos a ritmo de la algarabía. Era la despedida del veraneo, aunque volviéramos de Madrid con las clases comenzadas.

(Cuando Jesus vino a verme a León. En el parque de Quevedo, con ramirín y Elsa. En la Diputación de León y ante la escultura de Amancio González.)

En su locura o enfermedad psicológica, como se quiera llamar, siguió siendo médico y se casó inventando su pareja que estaba por ahí. A veces el mundo, lleno de «los demás», no nos deja estar en él y esto hace que inventemos uno. Para eso está el arte o la locura. O creer que vivimos en el mundo, porque en realidad no existe, lo creamos. A él no le dio tiempo de saberlo. Tiene derecho a la memoria, tal cual. Guardo sus cartas, algunas con poesías. Una camiseta con el escudo de Moralzarzal que me regaló. Y un bastón, que dijo que era para cuando fuera de excursión, una manera simbólica de ir con él. Cuando lo llevo en el pueblo de mi pareja es para pasear con mi amigo, al que recuerdo con mucho cariño.

Jesús Ferrero Caballero

Recuerdo cosas que no se ven, gentes que ya no están, con las que compartí momentos, y quedan otros que vivieron mis hermanos, padres, que todo forma parte del universo de Los Pinto, de esa parte de ellos, que cada cual es la suya, cada rama del apellido que se extiende. Y permanece en los genes y en el nombre del apellido. Usando un símil de Elsa Pinto, mi hija pequeña, para con la música, diré que el apellido es el nexo que une la historia material y la inmaterial.

Jose y su padre en el chalé de Moralzarzal con el señor Nieto, que trabajaba de practicante
en la clínica del doctor Pinto.

Recuerdo algo que permanece al cabo del tiempo. La cerveza Mahou, que comencé a tomar en Puskas para ser mayor entre los mayores. Con Mario conocí a estas pandillas. Casi medio siglo después queda el gusto por aquella cerveza en un botellín, con patatas fritas de aperitivo o una torera de esas de vinagrillo. Estoy escribiendo una novela en la que no existen los países, sino las marcas, que son sabores, texturas, costumbres. Con mis padres tomaba un helado. Y sigo hablando y yendo de viaje con un amigo de aquel ambiente, el Cosaco.

A la izquierda la Fuente de la Salud.

Conocí al dueño que dio nombre al bar, cuando se jubilaba, Puskas. Lo cogió un matrimonio y vi crecer a sus hijos, que luego llevaron ellos el bar hechos unos mozos, una chica y un chico. Tras este chiringuito la colonia de la Salud. Este bar de carretera fue un lugar de encuentro. Según las horas a la tarde las familias, hijos pequeños y madres y padre, y abuelos. A la noche, los días de diario la juventud de las colonias: Serafín, Juanjo, Willy, Guillermo Canales, Francisco Marín y otros. Por el camino se iba comiendo pipas y se saludaba al vecindario, con algún comentario sobre el calor que hace y eso de «nunca ha hecho tanto calor como este año». En el trayecto por el paseo del Redondillo, se pasa, desde el chalé de Los Pinto, por la fase I de los Abetos. Al otro lado, por la derecha yendo a Puskas, un hotel llamado por aquel entonces «Cachorro». Otro «Villa Martita», una de sus habitantes, cuando jóvenes fue la musa de Mario un tiempo de juventud. Y las Filipinas, que hacen esquina. Estaba abandonado, se decía que por un problema de herencia y que un familiar vivía en ese país. En su esquina nos poníamos grupos de chicos por la noche para ver revistas pornos. ¡Mira, mira! Y si pasaba alguien hacíamos como que era de de fútbol. «¡Vaya gol, vaya golazo!» Cerca ya de la carretera, para torcer a Puskas, el chalé «El Huerto» en el que vivían tres homosexuales, bailarines del ballet Zoom. Jóvenes atléticos. Fui testigo con catorce años de como un grupo les increpó y quiso pegar. Me quedé quieto allá mientras que escuchaba los gritos. Uno de ellos era hermano de un amigo mío. Luego siempre que me cruzaba con algunos de esos bailarines nos saludamos. A uno de ellos le vi justo el día que nos íbamos del chalé para siempre, cuando estábamos montando en el coche y nos saludamos con un movimiento de cabeza, por última vez.

Año 2000. Moralzarzal ya se anuncia a lo grande.
Año 2000. Moralzarzal ya se anuncia a lo grande.

Desde Puskas se subía al pueblo, por una cuesta de tierra, que luego se hizo de granito. De pequeños era un reto subirla en bicicleta. Se desviaba de la carretera principal que va de Villalba a Cerceda. Yendo hacia este pueblo está lo que fue el campo de fútbol, hoy un polideportivo con piscina de invierno. Más allá el restaurante de lujo «Cenador de Salvador» , que se hizo famoso por hacerse público un encuentro de políticos cuando el caso de corrupción del director de la guardia civil, Luis Roldán. Cuando los fines de semana íbamos al chalé, recuerdo que los programas de radio que escuchábamos era el de «Payasete» y otros. Y canciones en el casete de Jorge Sepúlveda, que le gustaba oírlo mucho a mi madre. Si íbamos por Cerceda parábamos en un bar para tomar de aperitivo bacalao a la gabardina, muy típico y rico. Hacia el otro lado, por la carretera de la Coruña para al ir a la sierra solíamos parar a comer en Villalba, en el restaurante que se llamaba de aquella «Tres Hermanas». Mi padre siempre tomaba de primer plato sopas de ajo, con huevo y jamón, en un cuenco de barro y al finalizar echaba un poco de vino, a cuyo trago decía que resucita a un muerto. Lo típico que solíamos pedir eran los escalopes, filete empanado. Todavía se acuerdan mis hermanos que una vez pedí «sin querer», el postre de la casa, creyendo que era «tarta de la casa». Consistía en una bandeja enorme, que me comí entera, sin hacer caso de las miradas de deseo de los demás. Sobre todo cuando lo sirvieron con una bengala encendida. Otro lugar típico de comida fue en Matalpino el plato típico rabo de toro. Y en Navacerrada los picatostes con chocolate.

El abuelo Ramiro con sus nietada, una parte: En sus brazos Mateo. A su derecha su hermano Pablo y tras él Elisa. A su izquierda Laya en los brazos de Lucía. Detrás Mireia y delante a la derecha Dunia. Año 2004.

Siguiendo el camino hacia el pueblo hay una casa grande, que fue propiedad de un Ministro de Gobernación cuando la Segunda República, Manuel Portela. Más arriba en la otra acera la tienda que llamábamos del Pastor, donde mis padres iban a comprar la fruta. Y también otras cosas en la tienda de la hija de Lucio, en la plaza del pueblo. A la salida de ésta estaba la carnicería de quien fue el alcalde. Y subiendo hacia la iglesia la tienda donde se vendían periódicos, colonias y cosas de limpieza y aseo. En esa calle se ponía el Rastro, donde un verano estuve con un puesto vendiendo muñecas y juguetes, de la droguería de Paco, con el hijo de éste: Paquito. Luego este mercadillo fue alrededor de la plaza de toros, que se puso a las afueras, junto a la estación de autobuses. Antaño paraban en la plaza del pueblo.

Al recordar la iglesia aparece el párroco, don Paco. Una institución en el pueblo. Con fama de rojillo, lo que a los veraneantes, la mayoría, no le terminaba de encajar, pero todos coincidían en que es muy buena persona y ayuda al que puede. Con los años, tras varios de cuchicheos, dejó el sacerdocio porque tenía una pareja. Se dijo que, aun así, daba misa en un convento. Antes de llegar a la plaza había una casa de pueblo, de piedra, en la que Mateo arreglaba las bicicletas. Un hombre pobre, que el ayuntamiento, oí contar, le regaló una tierra y la casa. Cuando murió la heredaron sus sobrinos y ese terreno se había hecho de oro. También pululaba por la plaza Pablito, una persona muy amanerada, un mariquita, como se llamaban entonces. Muy charlatán y simpático. Y Juanjo un chaval con síndrome de Down que hacia de monaguillo en la misa y siempre estaba dando vueltas por el pueblo. Y un chaval rubio que era tartamudo.

En relación con la familia, fuimos muy amigos de E Piloto, con quienes mis padres quedaban y otros amigos, como los Felipe, a cenar en Madrid. Pasaban por el chalé a echar la parrafada y mi padre les ofrecía la bota de vino o el porrón. Muchos años tuvimos un botijo. El piloto, casado con Josefina, tuvo seis hijos, la mayor estudió medicina. Y Felipe Gamella, casado con Carmen Segovia. Con tres hijos: Carmen, Nacho y Chiqui. Felipe ha sido el constructor del chalé y de las otras muchas urbanizaciones de Moralzarzal. Vive en una casa enorme, a las afueras de la colonia de los Enebros, con un gran jardín. Una persona muy cordial y afable. Compró la Finca Los Linarejos (1989) una dehesa en la que se dedicó a la crianza de reses de lidia, con su mujer. Una gran afición para ellos fueron los toros, como aficionados y como ganaderos.

Felipe Gamella.

El pueblo tiene una gran afición a los toros, con encierros que fueron famosos. Se ha construido una plaza de toros cubierta enorme. Desde la montaña parece un platillo volante. Es algo emblemático que viene de lejos por ser una pasión taurina de muchos años. Sobre el tejado del ayuntamiento hay una veleta en la que se ve un torero con su capote frente a un toro. Es un regalo que hizo el famoso torero Frascuelo, año 1866. Como agradecimiento a ser acogido en el pueblo, según alguien contaba, tras haber sufrido una cornada y recuperarse, pero parece ser que por amistad con el ganadero Vicente Molina, que vivía en la Casa Grande, actualmente la sede de la biblioteca municipal. Anteriormente la biblioteca estuvo en un edificio muy pequeño, en una bocacalle que sale de la plaza, junto a una fuente que ya funciona, ni la biblio existe. Yo acudía a leer a ella con cierta frecuencia. Entablé amistad con la bibliotecaria, Alicia, que tenía una amiga con la que tuve mucha amistad un tiempo, Lola Escribano, dedicada a la artesanía. Yo la llamaba Lolai: «Lola y…» Alicia fue a otro pueblo a trabajar. La fui a ver en bici con Alvarito y sus amigos. Con Lola me escribí al venir a León. La fui a ver cuando iba a Madrid hasta que dejamos de coincidir y no volví a saber de ella después de visitarla con Yolanda que era mi pareja, en su taller de artesanía. Una vez, al volver de una excursión, le regalé un poco de viento soplando en su rostro.

Dibujo de Lolai, en respuesta a un chiste que le escribí en una carta.

Otra persona del entorno familiar fue Antonio Miana, con varios hijos. Algunas veces fuimos a su piscina. El mayor es abogado, con una oficina en el pueblo. Antonio padre creó un equipo de fútbol de las colonias, en donde jugué. Una vez metí un gol. Destacaba un jugador en el equipo del pueblo que fue Toñín, que vivía en la casa al entrar en el pueblo a la derecha, con una parra a la entrada.

El equipo de fútbol «Los Enebros». Antonio Miana era el entrenador con camisa a rayas. A su lado Carlos, vecino de nuestra colonia. El siguiente soy yo. Quien va de oscuro es Gaby, el guardameta.
Delante de él tres hijos de Antonio: Jesús, Antonio (el mayor) y Javier.

Me llamó la atención una de las veces que fui a Moralzarzal a visitar a Pedro, que una tienda se llamara «Oriana», como la dama de Amadís de Gaula, cuya obra leí. Y no olvido al huevero, que iba cada quince días anunciando graciosamente su producto.

Por la noche los mayores se reunían en Puskas de lunes a jueves. Con Mario fuimos con esta pandilla de más mayores. Recuerdo algunos nombres: Serafín (un chaval enorme), Juanfra, Guillermo, Yonyo y su hermano Juan (el primero de Fuerza Nueva y el segundo murió de cirrosis), Ramón, Rafa Alcalde. Chicas: Amparo y no recuerdo más nombres, pero sí algún rostro, lejanamente. De este ambiente surgió conocer a Javier Marín Aráez, a quien más tarde llamamos en la familia el «Cosaco». Este sobrenombre se debe a que una vez vino a comer a casa, se ponía a hablar y mi madre le dijo que comiera, que ya nos contaría cosas después, por eso de que «oveja que bala, bocado que pierde». Y él dijo «no se preocupe, yo como como un cosaco». Como había varios Javier en el entorno, cuando nos referíamos a él como Javier, el cosaco. Y se quedó con el mote. Fuimos muy amigos y amigo de la familia.

Al lado del Cosaco, un clásico de la sierra, durante una queimada.

Con él he viajado a muchos lugares de la provincia, participa en las tertulias de León que se celebran anualmente. No se pierde ni una excursión al Águila, siendo el reportero gráfico de todas ellas. Tampoco falta a las queimadas. No para de sacar fotos, una de sus grandes aficiones, igual que la pintura. Le convocábamos una hora antes cuando íbamos a salir a la montaña porque siempre llegaba tarde. Tan meticuloso, que si la crema, que si el carrete, la bebida, las botellas de Acuarius.

El Cosaco en Picos de Europa con Ramirín, un servidor y Elsa.

(Con Virginia, una amiga del Cosaco en Riaño, con Omarete. Y éste, que no se perdía ni una excursión. Y el año 2003 en Las Médulas del Bierzo – León con Daira. Con Omar contemplando el paisaje.)

Conocí al Cosaco cuando hablando en un grupo de amigos conté que salía a correr. Él se apuntó e íbamos por la ladera del monte del pico del Águila. Nos acompañó Willy, un chaval que dejamos de verle al verano siguiente. Nos enteramos, al cabo de un año, que murió en un accidente de moto. Entablé una gran amistad con el Cosaco. Estudiaba sociología. Había dejado la carrera de arquitectura.

El Cosaco con Ana, su eterna Ana. Los sentimientos son novelas vividas que no se escriben. La palabra es una mirilla por donde mirar lo invisible. En Mojacar – Almería, año 2008.

Daba clases particulares, sobre todo de matemáticas. Fue un clásico de esta labor, que continua cuarenta años después. Entre otros a mi sobrino Pablito. Hacía fotos para los carnet de la universidad a la puerta de diversas Facultades. Muchas noche estuvimos hasta las tantas hablando en el porche del chalé de sus padres, donde luego vivió todo el año. Con gatos, entre otros Puchi.

El Cosaco regando el el jardín de su chalé.

Vivió en Villalba con Abel. Su pareja del alma fue siempre Ana en una relación poética y de pareja sin serlo del todo. Ambos cuidaron durante años al gatito Puchi, enfermo. Murió poco antes que ella. Ana enfermó de cáncer, murió el año 2009.

Ana con Puchy.

Y luego la pasión de Javier por Diana, Fresita, vivida intensamente, a semejanza de como Dimitri, un hermano Kamarov, la desarrolla ante Grúshenka. O más bien como el protagonista de la novela de Marcel Proust con Albertina, en la novela «En busca del tiempo perdido». Ambas novelas las comentamos en una tertulia anual que celebramos en León una vez al año.

Javier, El Cosaco, con Diana. Año 2020.
En un primer plano el Cosaco y Alvarito.

Alvaro mirando a la hontananza y el Cosaco junto a Miry durante el descenso, varios años después que volvimos a subir para recordar viejos tiempo. Mayo de 2022.

El Cosaco me habló mucho de Unamuno, sobre cuyos ensayos iba a hacer una tesis. Mis hermanos todavía me preguntan, con un poco de guasa, si ya la ha terminado pasado tanto tiempo. Fue él quien me metió en la lectura de Flaubert, Balzac, Celine. Me hablaba de las obras de estos autores. Tenemos pendiente recorrer la ruta que escribe Flaubert en su libro «Viaje por Bretaña».

El fotógrafo fotografiado in fraganti.
Una pasión, más que afición del Cosaco.

Con los años vino a tertulias literarias que organizaba yo en León. Con mi tía Lola se llevaba muy bien. Mi madre estaba asombrada de lo joven que parecía. Siendo mayor que nosotros no lo parecía y cuando habían pasado más de treinta años, seguía con toda la mata de pelo y sin una cana. Mi madre llegó a preguntarle si se teñía el pelo y parece ser que no. Ha venido a León en Semana Santa, en verano. Hemos ido con él y gracias a su paciencia a muchos lugares, como a Picos de Europa, con cada uno de mis hijos. Y al Teleno.

Junto al lago Enol, subiendo para el refugio de Arios en los Picos de Europa. Ramirín en el medio,
a su izquierda el Cosaco, cargado con las cámaras de fotos y al otro lado yo.
El Cosaco y yo asombrados en el MUSAC de León.

Además de las fotografía otra pasión artística de Javier es la pintura. Fui a una exposición que hizo en Madrid. También ha expuesto en China.

En China con una delegación de pintores y artistas de aquel país. Con Lily Chu en el centro de la imagen, y el tercero por la izquierda es Javier Marín. A su derecha Daniel García, pintor de Alcalá de Henares.

Es una pintura muy personal, que parece abstracta. Yo la llamo «pintura cosacabstracta«. Su firma como pintor es Vier. De un estilo muy intelectual dando lugar al Artevier.

Cuadro de Vier, el Cosaco, que tengo en casa. Se llama «África». Está hecho con tierra de aquel continente. Si uno se fija a parece una lanza,
la careta y el rostro africano.
El azul del cielo y del mar que rodea al continente.

Como mínimo ha pasado a la historia Pinto de Moralzarzal. Mi padre decía que el problema que tienen estos intelectuales es que no se les entiende. Y mi madre: ¿Pero quién va a comprar estos cuadros?

Este cuadro, pintado antes del derrumbamiento de las Torres Gemelas, en EE.UU, sirvió de portada para mi libro «Los fundamentos de la Renta Básica y la perestroika del capitalismo».

Le interesaron mucho, en su momento, las formas triangulares de la naturaleza. Sus cuadros eran de esta forma y con formas hechas a base de combinar fractales en forma de triángulo. Yo le decía que estaba llevando al arte el misterio de la Santísima Trinidad: Tres personas y un sólo Dios, o sea triángulos por doquier y un solo cuadro.

Con la tía Lola. Entre medias Rafa, un hermano de el Cosaco, que desde una vez que vino a León, se hizo muy amigo de la tía Lola. Volvió varias veces y dejaba que ella le aconsejara para la vida.
Se escribieron cartas. En las inmediaciones de san Isidoto. La tía le contaba muchas leyendas
y anécdotas de la ciudad y de la hisoria de León.
El Cosaco con la tía Lola. Año 2012.

La subida al Pico del Águila era un ruta mítica, que se convirtió en un ritual, con sus paradas establecidas. Una ruta que repetimos cada año, trasladando en cada paso el recuerdo y el deseo de volver. Siempre se apuntaba mucha gente, de la colonia y de fuera. Yo he tenido a gala para mis hijos enseñarles a nadar y a montar en bici. Y llevarles al pico del Águila y a los Picos de Europa. La más perezosa o «miedica» fue Daira. Subió un año y ¡vaya bajadita!, gritado que se iba a caer y agarrada a mí todo el rato.

El pico del Águila visto desde donde subimos hacia él. Y la piedra «campana».

Es un paisaje increíble, de jara y enebros. Lavanda, silvestre, restos de lo que fueron plantaciones, para hacer perfume. Y zonas con lindes de piedra, con avestruces, que luego dejaron de haber. Y el pico, son tres rocas enormes, que sí que da la sensación de ser un águila con las alas bajadas. Según se vea por un lado u otro es diferente, pero con forma de ese ave. Subimos por detrás, con respecto a los chalés, y volvemos por su parte delantera, dando un rodeo. Hay una parte de subida hasta llegar al pico que es complicada. Por aquel lugar hay jabalíes y se cazan, se ven casquillos. Alguna vez los vimos de lejos y una vez una hembra con sus lechoncitos, uno detrás de otros. Las rocas con formas aparatosas, la más famosa es la que llamamos el «casco alemán», o «la campana», que es la referencia para saber el lugar en el que hay que dejar el camino para subir al hasta el pico.

Pico visto desde el descenso. Una roca majestuosa.

Hacia el otro lado está un campo de tito, el de Colmenar Viejo.Ya ha dejado de serlo. Hubo un tiempo en el que se quiso convertir aquella zona en un coto privado de caza. Yo estaba metido en el ecologismo y envié cartas de protesta, exigí una evaluación de impacto ambiental y se desestimó. Hoy es un paraje de protección regional con rutas naturales. Camino del Águila, donde hay una bifurcación, una que baja a la carretera de Villalba y otra que va al monte donde hay una laguna siempre seca, casi siempre. Lo llamamos el lago y un año tras otro vamos a ver si hay alguna barca que navegue en él. Desviándose algo de ese camino había un paraje con una charca en la que me bañé cuando la descubrí. Luego desapareció. Se secó. También un recinto por donde pasaba un arroyuelo, un lugar precioso, a veces con vacas negras. Lo llamé «El recinto de la Ilusión», con árboles a los que di nombre según su forma. Hoy queda solamente uno. El resto ha sido enterrado en el tiempo bajo una urbanización.

A la puerta del chalé, preparados para salir al Pico del Águila: De izquierda a derecha: Gaby, el Cosaco (Javier Marín), Alvarito, Ramiro, Óscar. En la fila de los niños: Omar, Daira, Lucía, Leticia, Rayo, Sergio, Miguel y Tomy delante. Año 2001.

Tampoco se ven renacuajos, que antes llenaban las charcas durante el otoño. Mis hermanos y yo cogíamos alguno en un bote para ver cómo se trasformaban en ranas, muy pequeñitas. También se veían sapos enormes. Y abubillas, y golondrinas. Y murciélagos, a los que por las noches tratábamos de cazar lanzando un sombrero de mexicano hacia la luz de las farolas por donde revoloteaban, si conseguirlo nunca. Han desaparecido. Queda algún erizo, pero cada vez menos.

Imagen del paisaje. Hay lugares desde donde se pierde la vista del pico del Águila.

La subida es una ruta, en cuyo recorrido ha habido plantaciones de lavanda. Además de jara mucho romero y tomillo. Un hábitat de conejos, que hubo muchos, saltamontes y lagartos. Últimamente no volvimos a ver esta fauna. Es un lugar seco y pasamos mucho calor, por eso vamos bien provistos de agua.

Año 2002. Vino Jesús Ferrero Caballero, amigo de la infancia, a despedirnos. A su lado el Cosaco (Javier Marín), de seguido: Ramiro, Ramirín, José (cuñado de Jesús), con su hijo Jorge delante, Gaby, Elena con Mateo en brazos, éste no subió por su corta edad,
delante Elsa, César, delante Elisa, Alvarito Jímenez, primo de los Pinto, Omar,
delante Pablito, rayo, delante Lucía y Daira.

(Empezamos la excursión con la prole. Jesús nos acompaña al comienzo, hasta la «laguna». A su lado Elsita de mi mano y Ramirín. Detrás Óscar dando instrucciones a sus hijos y otros que afrontan el reto de subir cada año. Al fondo Navacerrada. A la salida, año 2012, manteniendo la tradición: Dunia, César, Pablito, Laya, Mateo. Seis años después de que los abuelos Ramiro y Lola dejaran de ir. El chalé se vendió el año 2014. Caminando por el monte. Donde las «pajas altas», es donde dejamos el camino para emprender la subida al pico (al fondo). Año 2015. A la derecha Rayo, Mireia, José, Miry, Toño, Ramirín. Jorge, Elsa y Javier -cuñado de Jesus, marido de Amelita.- Imagen mítica, año 2003, yendo al Pico Martillo, Miry, Alvarito, Rayo y Omar. FOTOS del Cosaco.)

Camino del Águila. Pasamos por Fontenebros. Ramirín con la vara. Detrás Daira. De los mayores Miry con el bastón. Tras él su primo Álvaro, sus hermanos César y Gaby, y su cuñada Elena. Año 2006.

La última vez llevamos champán frío para despedirnos. La primera parada la hacíamos en una caseta de electricidad, de piedra, cerrada. Sobre un pequeño puente en un cauce seco de arroyuelo. Junto a él hay un descampado con restos de un campamento en el que había frigoríficos, años oliendo a queso, que vimos cajas de ellos podridos y luego vacías y muchas moscas.

Empieza la ruta de monte. El Águila al fondo, esparándonos.
Tomy, el hijo de Óscar, Daira y detrás de ella Alicia, hermana de Tomy, Miguel con su padre, Óscar, al lado, yo detrás.
A mi lado Humbertito. Tras él Alvaro. Gaby con la mochila. Leti a su lado y delante Omarete. Año 2003.
Aprovechando una sombra, para coger fuerzas antes de llegar al «melonar».
Rayo, Alvarito y yo.

Los primeros años vimos a alguien en aquel lugar y no nos acercábamos. Fue desmantelado, pues debía ser un lugar en el que se ocultaba droga, o algo. Quedaban somieres, vallas de metal, tendejones. Quedan restos de aquello. Reponíamos fuerzas hasta la siguiente parada: Junto a un manantial que está entre rocas. De él sale un arroyo cuyo vestigio se ve porque hay una hilera de chopos y vegetación más verde. Hay agua generalmente. En años secos no, pero sí humedad.

¡Viva!, el melón... Lo eleva Rayo emocionado. Omar empieza a dudas que haya nacido allá.
Con Alvarito, también eufórico. Recordando su infancia.

Nos sentamos sobre una gran roca y desde una vez que llevamos un melón, ya siempre. Decíamos que sembrábamos un melonar al dispersar las semillas. A Alvarito, Toño y Miky se lo hacía creer. Lo escondíamos para hacer que lo buscábamos… Luego ellos se lo hacían a mis hijos, que a medida que se hacían mayores se lo dejaban de creer, pero mantuvieron la tradición para con los pequeños.

El manantial queda a la izquierda, sin que se vea en la foto. Sobre la roca que está donde el «melonar» se reparte el melón. Alvarito de pie, el hijo mayor de la hermana pequeña de mi padre.
Gaby al lado de su hija Lucía. Entre ambos se ve a Elena Carchenilla, madre de los Pablitos.

Fue Omar el que antes se dio cuenta porque vio la etiqueta pegada. «Entonces no ha nacido en el campo, ¡lo habéis comprado!, ¡mentirosos!» Y luego seguíamos el camino, piti piti piri piti hasta situarnos en línea con el pico , un pequeño descanso y a subir hasta la cumbre. Allá comemos y luego la siesta o rondar por la zona.

Ramirín devorando su rajita de melón. Óscar y sus hijos por ahí.

Volvimos a juntarnos para ir al Águila el año 2022, mayo. También vino Óscar, pero luego se perdió antes de comenzar la subida y se volvió. Se apuntaron amigos de Elsa y de Ramirín. Fran geólogo y con sus dos perras Ana Pinto Llona, antropóloga, que tuvieron conversaciones muy interesantes sobre sus especializdades. Miry dejó en la cueva del Águila un ejemplar de su novela «Chirimiri el nido de los sueños», que trata en gran parte de ella de este paisaje y de esta excursión que se repitió un años tras otros de aquellos veraneos en el chalé de Moralzarzal. Vinieron Omar, Elsa, Ramirín con su pareja Belén, el Cosaco, Alvarito, Gaby (copn la bandera de León), Elena la mujer de César y su hijo Pablo, Elsa y Horacio.

Más allá está el Pico del Martillo. Donde tiempo atrás hubo una explotación minera. Fue zona de canteras. En general la zona aquella. Todavía conocimos a gente jubilada que trabajó de picapedrero: Lucio, Cándido. Y el Rubio, que fue el maestro de obras en la urbanización de los Enebros y luego en los apartamentos cerca del pueblo. Sus hijos fueron, mas adelante, policías locales. Antaño lo fue el «Plinio», nombre que se le puso en honor al guardia de la serie «Crónicas de un pueblo». De picapedreros, a medida quie cerraban las canteras, pasaron a ser obreros de la construcción de chalés, como muchos jóvenes del pueblo y de zonas cercanas. Al acabarse esta «cantera» de construir, pusieron no pocos un pub, como «Don Moral», el hijo de Lucio, que también trabajó de albañil. La construcción de las casas, incluidos los chalés antiguos es de adoquines de piedra de granito y tejas. Luego se usó para los tejados la pizarra, como nuestro chalé cuyas paredes fue una combinación de piedras y ladrillo.

Monumentos a los antiguos canteros. Delante de la iglesia de Moralzarzal.
Detrás de ella está el Raso, donde íbamos a tomar el aperitivo después de misa.
Siguiendo el camino hay un paseo muy bonito, entre sebes

y prados que lleva a Becerril. Recorre la ladera del a montaña, el monte del Arroyo.
Al comienzo del camino había un abrevadero.

Une relación curiosa, o un hecho casual coincidente. El torero Frascuelo pasó temporadas en el pueblo de Moralzarzal por ser amigo del ganadero Vicente Martínez, que vivía en la Casa Grande, hoy biblioteca pública. Nació en un pueblo de Granada. El año 1886 regaló el reloj de la toerre del ayuntamiento al pueblo, con la veleta que representa el momento de matar al toro en una corrida. Una reproducción del mismo en sigue otorgando como trofeo a la mejor faena de las fiestas del pueblo. Al año siguiente el Ayuntamiento regaló al torero una espada con empuñadura de plata. El año 2022 al ir a Granada me encontré con la estatua de este toreo en la Avd. de la Constitución.

Antes el trabajo de aquella zona fue en las canteras de piedra y su trasporte a las ciudades. Queda el recuerdo y un monumento a los antepasados, maestros canteros.

Preparados para la «escalada», que algo hay que hacer para llegar a la roca cumbre.
Un paraje donde las pajas son tan altas como nosotros.
En lo más alto. Se nota el cansancio. A la derecha Pablito, a su lado Lucía, tras ella su hermana Elisa, detrás yo con Elsa a mi lado. Apoyado en ella Omar y a su lado Rayo.
A la izquierda Daira. Ramirín estaría correteando por ahí.
Al fondo se ve la zona de las urbanizaciones de Moralzarzal.

Hay alguna cantera, camino de Cerceda, todavía para hacer lápidas. Los adoquines de Madrid para las calles fueron llevados de la sierra madrileña. De esta zona también las piedras para los trillos. Lo supe pues en el pueblo de Yolanda, Santibáñez de la Isla, donde un señor me dijo que venían aquellas piedrecitas de la sierra madrileña. Utensilio agrario que luego acabaron sirviendo de puentes para acequias y de venta para hacer mesas y adornos con ellos.

A los pies del Águila, al comienzo del descenso. Javier, el cuñado de Jesus, marido de Amelita. A su lado Jorge, su hijo, junto a Elsa. Detrás el Cosaco, Toño (con barba), Mireia y Ramirón. Detrás Rayo y mi hermano José con la camiseta roja, el padre de Mireia.

El Pico del Águila son rocas enormes. Hay una placa colocada en su base en homenaje a un montañero que murió en el Everest, y al que le gustaba ir a aquel lugar. Bajo las rocas hay una cueva. A veces pensé que aquel paraje fuera un lugar de asentamiento de tribus primitivas, y aquel paraje un altar totémico. Fantaseé con ello. Con diecisiete años pasé una semana en el monte, perdido en él. Mis padre muy preocupados, aunque se lo dije. Había leído las Confesiones de san Agustín y las obras completas de Santa Teresa, y a la primavera siguiente me fui a meditar. Mario subió para llevarme comida, pues fui solamente con frutos secos. A beber me acercaba al manantial. Dormía tapado con ramas de vegetación de allá seca. Hay muchos árboles quedamos por los truenos de las tormentas. Llevé la cuenta de los días y bajé el que convine con mis padres. Bajé tras siete días, según el plan con el que quedé con mi padre y me fue a buscar mi tío Quique que me estaba esperando.

A la entrada del chalé en Moralzarzal, con los padres de Yolanda preparados para subir al Pico del Águila,
con Rayo, palo en mano, Omar y Ramirín en grazos de su abuelo Félix.

Antes de irnos a madrid, de vuelta al cole, cuando iban a empezar las clases, a mediados de septiembre, lo propio eran tormentas con truenos estrepitosos.

Otra excursión fue al Monte del Arroyo, al otro lado del pueblo, donde esta la torreta de telégrafo. Es una excursión entre dos montañas. Atravesamos el valle. De lejos parece una sola montaña, si no se fija uno bien. Es una montaña y otra más alta detrás. Tan parecidas en el color que se confunden. Hay que subir atravesando el pinar y es también un paisaje precioso. Tiempo atrás no vi conejos, por la enfermedad que hubo de ellos, pero los últimos años años sí, de manera abundante.

Un descanso a la sombra eb el Valle del Arroyo. Con Elena y pablito, Yolanda y Daira y Elsa.

Al llegar a la colonia, íbamos escopetados a la piscina sin parar de hablar unos con otros. Muchas veces vino Óscar, compañero de la facultad de Filosofía del primer curso, con sus hijos. Una semana después nos juntábamos para hacer una queimada, en un cacharro que compraron mis padres, pero no se usaba. Luego se hizo la noche del mismo día que hacíamos la subida al pico del Águila. Otra ceremonia de la sierra y el veraneo Pinto en el que se involucraba mucha gente.

El cacharro de barro donde se hacía la queimada.
Cuando nos fuimos el Cosaco se quedó con el balde
y a cada uno de los de siempre le dimos una jarrita, para alguna vez volvernos a juntar
y recordar aquellos tiempos. La realizábamos sobre la mesa de piedra, en frente del porche.

Al comienzo fue otro día diferente a subir al Águila, lo de hacer una queimada, pero con el tiempo fue la noche del mismo, porque algunos que no se lo querían perder iban únicamente para mantener aquel rito veraniego. La queimada fue como una ceremonia de amistad, donde todos avivábamos las llamas de fuego moviendo el líquido con el cazo, que teníamos que coger con un trapo para no quemarnos. Comprábamos el orujo en el bar Sol. Se vendía a granel. Luego ya fue de marca, con etiqueta comprado en un supermercado. También cada cual echaba los demás condimentos: Azúcar para pedir un deseo. Limón en rodajas para plantear el esfuerzo necesario para lograrlo. Y granos de café para desear que se cumpliera el deseo de los demás. Mientras se removía el «fuego» quien lo hacía contaba una historia, o cuento, o recitaba un poema. Pero sobre todo chistes y chismes de unos sobre otros. Luego seguíamos el ceremonial en corrillos. Cuando iba Óscar amenizaba con música la velada. Amigos nuestros invitaban a otros suyos que no conocíamos. Siempre bien recibidos. Y un año tras otro continuó, aunque no siempre en el chalé, por una cuestión que contaré seguidamente.

Óscar sentado al lado de Jesús. Frente a ellos el Cosaco y yo.
Detrás Tomy, el hijo mayor de Óscar. Yayo. Tato (Eduardo) el hermano de Óscar,
que nos acompañó años a trás a las excursiones a Picos de Europa.
Miki, otro hijo de Óscar y la pareja de Eduardo.
A la espera de que lleguen todos para empezar la queimada.

Tras la queimada, a altas horas de la noche, desde la primera que hicimos el año 1977, bajábamos a la piscina y nos lanzábamos a ella en pelotas. Una gamberrada, sin más. Pero la cosa tuvo miga durante años. Sucedió desde la primera vez. Nos lanzábamos al agua a lo bruto. Aquella primera vez estuvieron Mario, lo que nadie creería, con lo formal que era, Jesus, Carlos y varios más de la vieja guardia. Cuando oíamos que se asomaban los vecinos y salían de los chalés dando gritos cogíamos la ropa, saltábamos la verja del fondo y corríamos por un lado hasta llegar a nuestro chalé. En la parte de atrás nos vestíamos, en silencio, entre risitas, para que mis padres no nos oyesen. Al día siguiente comentarios de todo tipo. Sabían que habíamos sido algunos de nosotros, pero ninguna madre ni padres se atrevía a señalar a nadie, pues no había pruebas. Y exageraban: Que si eran gitanos, drogadictos, casi el fin del mundo, ¡adónde íbamos a llegar! Año tras año, con algunas deserciones. Más adelante tomaron el relevo Toño, Alvarito y Michel, conmigo. Años anteriores también un hermano de Alvarito. Se convirtió en una tradición. Y saltar al agua desde el tejado del tendejón. También la exageración como forma de reaccionar. Querían llamar a la policía, se habló de poner cámaras… Era ¡una noche al año! Cuando construyeron más chalés en el prado de atrás de la piscina saltábamos a la piscina y salíamos escopetados para coger la ropa y correr arriba hasta nuestro chalé, pero entrábamos por Redondillo para que no vieran en cuál lo hacíamos, y entrábamos por la otra puerta. Una vez estuvo rondando la Guardia Civil y tuvimos que esperar a que se fueran, agazapados en el porche. Una de las veces, cuando yo ya era casi un cuarentón, me dejé los calzoncillos en la piscina. Pedro hizo como que no lo vio, pero Blanquita, la hermana de Alvarito y sus amigas fueron por la colonia anunciando lo encontrado colgado de un palo, como si fuera una bandera. Lo tiraron a la basura, pero lo vio todo el mundo que salió a la algarabía y risas. «¿De quién será, es una talla grande?» Mi padre, con cierta sorna decía que en lugar de tirarlo había que dárselo a la policía. Mi madre nos pidió en sucesivos años que no fuéramos a la piscina, que ya éramos mayorcitos. Lo puso como condición para seguir con una celebración que ya era tradicional y nos tuvimos que exiliar al chalé del Cosaco. Allá hicimos cuatro. Acompañados de un gato emblemático para Javier: Puchi, minino muy delicado que le cuidó desde pequeño tras haber estado delicado por un accidente que debió tener. Siempre quería que lo acariciáramos. Mi madre al ver la procesión saliendo de nuestro jardín, le dio pena. Yo dejé de ir al baño nocturno, pero los tres mosqueteros, continuaron.

Año 2025, ¡volvimos! Daira (que tanto miedo pasaba la única vez que subió) quiso que su pareja, Arthir, fuera a dar un «paseito» por la montaña. El trayecto fue duro, como siempre, con calor, pero muy ilusionados. En esta excursión Ramiro puso al cielo por testigo que nunca más volvería a subir. Se cansó muchísimo y hizo que le excursión fuera más lenta de lo habitual. Dio el bastón a Pablo que se encargará de próximas convocatorias y guiará la ruta para llehar a la cumbre. Pedro, a la derecha, nos fue a despedir y llevó unas viandas para el camino. Arriba: Ramiro al lado de Pedro, Arthur, Lucía con su padre Gaby, Omar y su amigo Max que lleva la perra Sim. Abajo desde la derecha: Daira, Yolanda, Rayo y Pablo.
Al volver nos recibió el Cosaco y fuimos a Puskas a tomar un refigerio.
Él nos llevó Acuarius.

El año 2006 nos fuimos. El chalé su puso en venta. Una anécdota es que cuando se inahuguró el chalé las hermanas de mi madre le regalaron un juego de café que estuvo expuesto en el armario del comedor, un mueble castellano. Nunca se usó en todos aquellos años. El mismo día de irnos, lo puse para desayunar antes de partir.

Quedaba allá un trozo de la historia de los Pinto Cañón. Volvimos hasta que se vendió unos años después, porque entre tanto veranearon los Pablito, César y su familia. Aquel año fue para mí una referencia, pues es cuando comenzó la crisis realmente, no dos años después cuando se agrandó e hizo patente. El chalé estuvo valorado a la alza, por ser un chalé con terreno suficiente para hacer otra edificación, al estar ubicado en una esquina y bien conservado. Fue comprado por ochocientas mil pesetas el año 1975. ¡Lo que progresaron aquellos terrenos! o se especuló.

Con el cartel «Se vende». En bici Pablito, Elsa y Mateo. Año 2004. En la entrada por la avenida de Redondillo.

El caso es que cuando se puso el cartel no se lanzaron a la compra, por más que le dijeran a mi padre que era una bicoca, que se lo quitarían de las manos. La primera oferta se acercaba, pero como no llegaba al precio estipulado se dijo que no. Y así sucesivamente a medida que bajaba el precio de compra. Se acabó vendiendo por la mitad de la mitad. Lo que sucedió es una anécdota, pero que forma parte de una mentalidad en aquel ambiente y del din y el don que decía la tía Lola.

Años después escribí una novela que comencé de unas notas que había escrito el año 2004. El año 2021 se editó el primer tomo, tras diecisiete años de escritura. Son cuatro en total. Lo presenté en Moralzazarzal, acompañado con algunos «personajes».

El abuelo Ramiro con sus cuñadas: Carmen, Any y Marisa (de izquierda a derecha) y as la derecha de ésta Lola la esposa de Ramiro.
Y asomándose su nieto Pablito.

Por una cuestión de «honor» no se aceptó la oferta inicial, bajo el concepto de: ¿cómo si no se vendió por tanto se va a aceptar por menos dinero? Otro dicho de la tía que se hace patente en situaciones como estas, es: «Los Pinto pecan de ser demasiado románticos y en esta vida hay que espabilar».

Protesta de médicos y enfermeras, a la puerta del ambulatorio, contra los recortes en la sanidad pública. Año 2014.
– ¡Vámonos, Miro, vámonos ¡coño! No te metas en líos.
– Son médicos y enfermeras, papá.
– Pues entonces nos quedamos.

Mi padre estaba muy enfermo, con artrosis reumatoide, que siempre pensó que fue a consecuencia del efecto secundario de la vacuna contra la gripe, que no suele suceder, pero le tocó. Ocho años muy duros para él. Dos en una residencia con mi madre. Luego en casa, con la atención de Antonio que le aseaba y acostaba. En silla de ruedas. Finalmente le amputaron una pierna. Dejó de poder tragar el alimento. Aguantó al máximo. «Cada uno tenemos nuestra cruz y nadie se salva de ella», solía decir.

Informe médico.
El tiempo se guarda en el rostro. Somos un segundo de nosotros mismos.
Lo demás es la vida.

La tierra le sea leve.

M.ª Dolores Cañón Ruiz, Mamá, Lolita, la señora de Pinto, Lola: (Madrid – 3 – III – 1930 / 23 – VI – 2022) Para decir la fecha de su nacimiento hace hincapié en lo curiosa que es: «Tres, del tres del treinta». Hija de Luis Cañón y de M.ª Dolores Ruiz.

Lolita Cañón
Lola Cañón

Sus padrinos fueron sus tíos Juan José y Anita, hermanos de su madre.

Mi madre con dos años.

Nació y vivió hasta casarse en la calle Carolina nº 8, del barrio de Cuatro Caminos de Madrid.

Cuadro que ha estado en el comedor de la casa de los Pinto Cañón. Es la imagen del balcón donde vivió la familia Cañón Ruiz, calle de Carolina. Al fondo la iglesia de san Antonio. En esa misma calle vivió Raphael, esquina de Bravo Murillo, luego cantante famoso. En el número 1. Su madre vendía pan a la entrada del metro, dicen que con el estraperlo. El padre era albañil. Rafael usó las letras «ph» en su nombre como homenaje a la empresa Philis que le financió su primer disco. El cuadro lo pintó un vecino que se dedicaba a la pintura, Agustín, el mudo, porque lo era, que tenía en el bajo una carpintería. En el año 1965. La iglesia de san Antonio, que se ve en este cuadro al fondo, mi madre recuerda ver a las monjas corriendo cuando ardía en llamas. Tenía cuatro años y se le quedó grabada esa imagen. Considera que la memoria histórica debe ser de todo lo que opasó, no únicamente de parte, por unos o por otros.
En ella se casó Dolores Cañón con Ramiro Pinto,
y Raphael siendo un joven cantante participó en el coro.
Lolita Cañón en brazos de su madre, Lola Ruiz.
Lolita, a la derecha, con Mari Carmen.
Lola Cañón en su Primera Comunión.

En esa misma calle vivió el cantante Raphael cuando llegó de niño a Madrid desde Jaén, su tierra natal. Se da con él otra coincidencia y es que quien luego sería un famoso de la canción participaba en el coro de la iglesia donde se casó mi madre.

La segunda de las que están de pie actuando es Lolita Cañón. Una actuación en el colegio, año 1944.

Recibió un diploma por ser aplicada.

Lolita tenía una letra muy bonita, y sus apuntes eran muy ordenados.

Entre las amigas se enviaban felicitaciones y caras despedidas.

Fue al colegio «Jaime Vera», luego a las «Divinas Pastoras» y el Bachiller lo hizo en el instituto «Lope de Vega». Estudio magisterio, pero no ejerció. En aquella época bastaba haber aprobado el bachiller y la Reválida, para tras hacer un curso para enseñar se adquiría el título de maestra. Cuando hizo las prácticas ella quiso hacerlas bien y no para salir del paso. Observó que es mucha responsabilidad y le pareció que no estaba suficientemente preparada. Estudio taquigrafía y mecanografía.

Retrato de juventud.

Trabajó como secretaria en el Consorcio de almacenes de productos químicos. Hasta que se casó, para atender a sus hijos y fue ama de casa, lo que llevó con dedicación y orgullo.

Lola Cañón trabajando en la oficina.

Nunca nos imaginamos a nuestros padres, abuelos que fueran jóvenes. Las cartas sorprenden. Por un lado la intimidad, por otro saber de ellos, hacer que su huella perdure lo más completa posible. Toda persona es una historia. y ¡cómo no!, también de amor, de sentimientos. Cuando una carta se guarda y no se rompe o quema es que se deja al albur de que sean leídas. Lo primero que se descubre es algo obvio: que nuestros padres, abuelos y demás han sido jóvenes. El niviazgo de ambos, Lolita y Ramiro, comenzó el año 1956. Una carta muestra los sentimientos, la letra, la firma de nuestros familiaresy es el reflejo de una época que llena de contenido las fotografías. Una del año siguiente la escribe Lolita a máquina de escribir, en la oficina antes de que llegue el jefe, así lo cuenta. «robo un ratito para ti.» La que envió Ramiro la leyó en el tranvía «Los dos igual de locos, ¿verdad que es una magnífica locura?»Siempre, dice, está en ella la sombra de Ramiro y le dice que no la idealice, que la quiera como es. porque si se quita esas gafas de exageración sería peor. Ramiro escribe a lápiz desde el campamento de la Granja. Usa el pepel de hacver recetas. habla de lo mal que comen, que la echa de menos. La escriobe antes de cenar y comenta que un sargento le ha dado un «chusco», por lo que le llama «cabrón». Dice que ahí ha comenzado a hablar mal. Pero él se entretiene jugando con los guiños de ella que recuerda y no deja de pensar en su Lolita. El año 1958 escribe Lolita desde la Poveda, donde veranea. Le cuesta pensar que ha de volver a la oficina. Aprende a cocinar, ha hecho un bizcocho, «todo es ponerse.» Le dice que cuendo sea ama de casa preparará el desayuno. E insiste en que hay que ahorrar y no despilfarrar. Y le cuenta que espera sus cartas, que qué diferencia respecto a la de sus amigas, por ejemplo Paqwuita. Se baña en la piscina y hace gimnasia. Tam,bién hace de mediadora para que él atienda al padre de una amiga, Feli, el señor Baeza. Le pregunta si ha puesto morritos por el encargo que le ha hecho, pero a renglón seguido asegura que no, porque es un chico simpático. Siente morriña de no verle.

Al principio ayudó a mi padre con las fichas de la consulta y los informes médicos. Dominaba la mecanografía, escribiendo a máquina a gran velocidad y sin mirar las teclas, como hiciera a lo largo de su vida profesional su hermana Mari Carmen.

Lola Cañón, a la izquierda subida en un caballito de la fereia. Al otro lado, a la derecha su hermana Any.
En medio dos amigas de ésta. La que está a su derecha es mari Carrillo, que se fue a América.

(En Gijón, Lolita y Ramiro. Ante la catedral de León, Lolita con Andresín, el hijo de Pachi, prima de Ramiro.)

En Gijón.
Todavía presume de lo presumida que era.

Fue muy aficionada al fútbol, del Real Madrid, a cuyos partidos fue con sus tíos Juan José y Vicente. Una vez que se casó no le interesó, pero decía «mi corazoncito siempre será madridista, quiero siempre que gane el Real Madrid».

Lolita con el traje de novia.
Lolita acompañada de sus padres y hermanos. A su derecha Ana, Lola y Luis. A su izquierda sus hermanos Jose, Marisa y Carmen.
Menú de la celebración de la boda.
El dormitorio de mis padres.
Cuando nací yo. Su segundo hijo, el primero de los varones. Iba a ser el tocayo de mi padre.

Loly con su papi y su mamá.

Con Loly.
Cumplo mi primer año. Con Loly y mi madre.

De joven ganó un concurso de belleza en la radio, algo que nos contó alguna vez. Nos reíamos mis hermanos y yo porque de belleza ¡en la radio!

Ramiro y Lola, con Loly y Miry.

Ella decía que quienes elegían a la ganadora sí que la veían y que a quienes participaban les hacían muchas preguntas, que la belleza se medía también por la inteligencia y la simpatía. El premio fueron unas medias llamadas de «cristal». Las parientes de León, aun dicen que llamaba la atención por lo guapa que es, y además porque siempre fue muy elegante.

Nace Gaby, el tercero. En brazos de mi padre el príncipe destronado.

Para que viéramos cómo ha cambiado la vida nos contaba que la primera vez que vio el mar fue a los diecisiete años. Cuando acompañó a su tía Anita a Palma de Mallorca, para que no fuera sola, como «damita de compañía». Luego fue a Gijón con sus padres.

En la playa.

La vida va pasando y deja su rastro.

Ramiro y Lola con sus hijos. Loly al lado de su madre. César de la mano de su papi. Gaby delante de éste. Al lado Miry abrazando a Jose.
De viaje en Egipto.
Y en Jesusalén.
A la izquiertda el abuelo Luis, a su lado la abuela Lola. Mamá Lola. Tras ella su hija Loly.
Al lado Ramiro Pinto Diez con sus hijos a su izquierda: Miry, Gaby, César (sentado) y Jose.
Con su primer nieto, Rayo. En el chalé de Moralzarzal. Año 1988.

En la sierra, año 1987. A la derecha de Lola Cañón su madre Lola Ruiz, Elena Pulido
y su pareja Gabriel Pinto. A su izquierda, su hermana Mari Carmen y su hijo César.

Ante la Alhambra de Granada.

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Con su nieto Omar Pinto en León ante la catedral.

Lola Cañón. La señora del doctor Pinto. De esta manera la conocía mucha gente en el barrio de Pueblo Nuevo y de Ciudad Lineal – Madrid.
Y la familia creció. Hijos. nietos. En el porche del chalé de la sierra – Moralzarzal (Madrid)
De derecha a izquierda y de abajo arriba: Elsa, Dunia, Elisa, Mireia, Lucía, Daira.
En la siguiente: Ramirín, su abuelo Ramiro, la abuela Lola con Mateo en brazos.
Elena con Pablito y Margarita con Laya. Elena junto a la coumna, Yolanda, Loly, César.
Y atrás Gaby y Jose. A mí no se me ve.

También sus huellas, en el rostro una de ellas.

Muy marcada por una infancia de guerra y posguerra siendo joven, no consentía que se tirara el pan. Es pan bendito, si se cae se le besa y queda en la mesa. Cuando queríamos algún capricho y nos traían demasiados juguetes los Reyes Magos, recordaba igual que a veces su madre, que teníamos que haber pasado una guerra, «hay que pasar hambre para saber el valor de las cosas».

Cuando nos portábamos mal, o sea cuando éramos traviesos decía «¡que llamo a tu padre!», para que fuera él quien nos regañara. Pasados los años le pregunté que por qué no lo hacía ella y decía que porque no le hacíamos caso. De muy pequeños nos rezaba sentada al borde de la cama la oración: «Jesusito de mi vida /eres niño como yo / por eso te quiero tanto / y ¡te doy mi corazón.» Yo me asustaba un poco, porque pensaba ¿cómo voy a dar mi corazón? Pero todavía me acuerdo. Y también de lo que nos decía: «Soñad con los angelitos».

Al fondo parte de la catedral de León.
Una ciudad que siempre ha estado presente en casa.
Y las fotos de sus nietos. Año 2019.

Fue una gran cocinera. Y por supuesto mi mejor madre del mundo. Le hacía gracia que dijera esto, porque, ¡claro!, no he tenido otra. Le gustaba ojear libros de cocina. Muchos platos típicos de la familia los aprendió de su suegra, que por ser de León echaba mucho pimentón: Bacalao al ajo arriero. Otros como la lengua cocida en salsa verde. Las torrijas de semana Santa, que a mi abuela Marucha se las enseñaron a hacer en Fresno de la Vega – León, un pueblo con mucha sapiencia gastronómicas de postres. De su madre, o sea, de mi abuela Lola aprendió a hacer la merluza langostada, como comida de Navidad. Este plato lo continúan haciendo sus hijos Gaby y César. Aprendí de mi abuela que su se pone una cáscara de huevo en el aceite de la sartén no saltan gotas ardiendo y que para pelar los ajos hay que aplastarlos un poco. Decía que la comida habla «con los olores». Y que el sabor de los alimentos se saca cuando se guisa a fuego lento. «Para cocinar no hay que tener prisa». Cuando hice la huelga de hambre, respondiendo a un periódico que comida recordaba dije que las albóndigas de mi madre. Yolanda, mi pareja, dijo (en bromas, pero lo dejó caer), pues que te las haga tu madre. Y cuando fui a verla tenía en la mesa una pota inmensa, en salsa verde. Su truco es que a la carne picada, con ajo, sal y perejil echa un poco de foigrás. Y como las que hace en salsa verde nunca las he probado igual.

Las últimas albóndigas que hizo con 92 años.

Con sus nietas Lucía y Daira, con el puzle. Año 1998. En el paso del chalé en Moralzarzal.

Cocinar es algo tan personal, que aunque las hagan de la misma manera no saben igual. El color que más gusta a mi madre es el azul, especialmente el azul marino. Por eso nos vestía a todos igual de marineritos. Por contra el color que no le gusta es el amarillo. Nunca viste con prendas de este color y no quiere que nadie le regale flores amarillas. Dice que traen mala suerte.

A mi madre no le gustaba que los varones nos metiéramos en la cocina, decía que eso es de «cocinilas», lo que viene a ser una manera fina de decir «mariquitas». Se enfadaba de que yo cambiara los pañales a mis hijos cuando fueron pequeños. A ella le enseñaron «hay un orden de las cosas», y cada persona tiene que hacer lo que tiene que hacer, es decir lo que está establecido. A mí me dejaba por imposible, porque decía que soy un «titiritero». Y cuando me metía en algún lío recordaba que me tuvo con el que más dolor de parto, «siempre causando problemas». O «no ves lo que haces sufrir a tu padre». Yo le respondía que qué iba a hacer yo, que tratase de entender otros puntos de vista. Descubrí muchas cosas sobre el comportamiento humano cuando leí la teoría de los guiones de Eric Berne. Pero pienso que la cuestión no es sólo quien lo recibe como mandato inconsciente sino quién lo «escribe», que suele ser una sociedad entera. Otra frase que repetía mi madre con frecuencia fue «lo importante no es ganar, sino participar».

Cuando mi padre enfermó se desvivió por él. Nunca mejor utilizada esta palabra, porque es exacta para el caso. Con noventa años se pregunta que qué hace acá, pero concluye con que sea lo que Dios quiera. Durante la pandemia del coronavirus, año 2020, decía que no se quiere morir e tales circunstancias porque se quedaría sin un entierro con boato. Yo le decía (en bromas) que esperase, y ya de paso unos añitos más, que de morir ya hay tiempo. «Nadie se queda aquí», repite. Y su madre solía comentar que para que entren unos al mundo, otros tienen que salir.

Los cuatro hermanos con el peinado Pinto… En La Casa de León de Madrid. Año 2021.
De derecha a izquioerda: Gaby, César, Miry y Jose. Detrás Elena, la mujer de Gaby y con el peinado similar:
Alfonso, amigo de Jose que estudiaron juntos en el colegio.

Todos los días lee metódicamente el periódico «ABC» que le llevan a casa. Siempre ha gozado de buena salud, pero «a la vejez ¡viruelas!», ha tenido varios achaques: «Cosas de la edad», dice y que «los años no se operan».

A la puerta de casa, de la calle Alcalá, tres celebrar su 90 cumpleaños. En el centro con el bastón. A su derecha y de delante a detrás: María y Lolita, sus padres César y Elena; Margarita; Mireia, Pablito; Dunia, la tía Any,
Daira y su pareja.
A la izquierda Lucía, Elena, Mateo; la tía Marisa, su ahijado Jose, Loly, Gabý y Elisa.

(Navidad 2020, ante el belén y con la mascarilla en tiempos de pandemia.)

Mayo de 2021.

El año 2022 se rompió la cadera tras una caída en casa. Al poco tiempo falleció después de estar internada en el hospital Ramón y Cajal.

Descansa en paz.

Una curiosidad del testamento que hicieron el 19 de mayo de 1987 es que fue ante el notario Blas Piñar López, líder del movimiento de extrema derecha Fuerza Nueva.

¡Que sorpresa se llevó su hijo mayor!, cuando al fallecer ella unos meses después fue a desalojar la casa para que se pusiera a la venta. Encontró en su secreter una lata de albóndigas encima de una foto de ella de juventud. El intríngulis es que cuando estuvo aquel en huelga de hambre en una entrevista le preguntaron que qué comida es la que más le gusta, a lo que respondió que las albóndigas de su madre. Desde entonces siempre que la fue a visitar se las ponía para comer el día que llegaba.

Poema dedicado a mi madre, que salió editado en la revista «Camparedonda» nº 24.
Abril 2023.

Los hermanos Pinto Cañón, cuando la conferencia y ruta de los Pinto de León, en esta ciudad. Ante un barco de vela, un símbolo familiar. Julio de 2024. De izqueirda a derecha:
Gaby, César, Loly, Miry y Jose.

¡Viva la madre que los parió!!!

Hija de Luis Cañón González y de María Dolores Ruiz Braña. Lola fue la mayor. Las demás hemanas y el hermano son: Mari Carmen, José Luis, Ana y María Luisa.

Apuntes genealógicos del apellido Cañón.

La abuela Lola y el abuelo Luis. Entre ambos Any. Al lado de Dolores Ruiz sus hijos Jose y Marisa.
Al lado de Luis cañón Lolita, su novio Ramiro Pinto y Carmen. Año 1958.

Luis Cañón González. (Redipuertas – León, 9 – V – 1900 / Madrid, 13 – III – 1986) Siempre decía que había nacido con el siglo. Un pueblo a la ribera del Curueño, cerca de lo alto del Puerto de Vegarada, en los Argüellos, lindando con Asturias. Nos contaba que en inviernos la nieva cubría las casas y se tenían que hacer túneles o franjas con una pala, para comunicar las casas. Cerca del puerto de Vegarada quedan restos de los búnker de la guerra civil. Fue una zona de paso, en donde se quiso cortar el paso a los republicanos asturianos. Hoy esos parajes están repletos de rutas para excursionistas y en el pueblo hay dos casas rurales.

Con nueve años fue a Madrid. Estudió poco tiempo enn el colegio Maravillas, en un solar de Noviciado, fundado el año 1892, en la calle Bravo Murillo. Al comienzo de la II República sufrió un incendio. Se convirtió (año 1942) en el Mercado Maravillas.

Le gustaba bailar. Contaba alguna vez, con cierta guasa, que se había encontrado con una chica muy seria de Valladolid a la que no le gusta bailar. Y fue con quien se casó. En las bodas de sus hijas y en otras fiestas mostraba su afición y destreza en el arte de bailar.

Luis Cañón de niño con su hermana Ramona.

A los nueve años se fue a Madrid. Según contó, sin que le gustase a sus hijas que contara esas cosas, porque en clase un profesor jesuita le dio un coscorrón por no estar atento, entonces él le tiró un tintero. Fue desterrado. Tal fue la palabra que usó. Según su mujer, la abuela Lola, había que buscarse la vida fuera del pueblo. De esta manera quiso quitarlo importancia. El abuelo Luis se callaba, pero me miraba y decía «un niño de nueve años» y subía las cejas. La versión de otro nieto es que esto sucedió en Madrid, cuando vino gracias a un tío suyo que quiso que estudiara medicina, pero no era su destino y se dedico al comercio. Parece ser que en la capital fue a un colegio protestante.

Luis con dieciocho años.

Tenía por costumbre celebrar el día de su santo, el 21 de junio, San Luis Gonzaga, con una caja de fresas, las primeras del año por aquel entonces.

Luis en un de las tiendas en las que trabajó.

Al comenzar a trabajar vivió en la trastienda.

Luis Cañón con su hija mayor, Lolita.
Volviendo de Rumanía, adonde fue con su mujer e hija Mari Carmen,
a un tratamiento de rejuvenecimiento que le regalron sus hijas.

Trabajó en Madrid como «chico» de una tienda de comestibles, de alguien del pueblo que ya estaba instalado en la capital de España. Cuando fue un chaval joven trabajó de dependiente en una tienda de telas y poco antes de la guerra hasta un años después de que finalizase puso en marcha una fabrica de lejía. No sabemos porque la dejó, pero su nuevo empleo fue de representante comercial de una marca de galletas. Cuando su hijo José Luis puso varias zapaterías se colocó de dependiente en una de ellas, atendiendo a los clientes con una elegancia que llamó la atención.

Luis con sus hijas Carmen a su derecha y Lolita al otro lado.

Quería mucho a sus nietos. Su hija Marisa, la pequeña, cuenta que la llevaba muchos domingos al Rastro. Otros a la Plaza de Oriente y montaba en el carro empujado por el burro Perico. Si se pagaba un poco más se podía montar en él.

Con sus nietos mayores, Loly y Miry. La tía Mari Carmen decía que le salió algo de joroba en la espalda por ir de nuestra mano cuando éramos unos críos.

El abuelo Luis no iba a misa, pero cuando su nieta mayor estuvo enferma de muy niña prometió a san Anto asistir a la celebración de la misa y cuandso sanó la cumplió y desde entonces nunca faltó.

El abuelo Luis era una persona apacible, pero muy recta. Con una sonrisa entre afable y de ironía. Cuando alguien metía la pata, o nos portásemos mal, o en la tele escuchara alguna noticia de corrupción, decías siempre lo mismo: «¿Y para esto madrugan tanto los panaderos?» En la sierra cuando gritábamos a la hora de la siesta, para que no molestásemos nos decía que nos iba dar una azotes moviendo la mano. Si le hacía burla, se levantaba y me hacía alejarme del porche con un gesto amenazante frotando los dedos de una mano en la palma de la otra, como si afilara u cuchillo, y decía «a ver si te doy garlopa». En bromas, claro. Y A mí me hacía gracia. Pero se solía adelantar y nos daba un duro para que fuéramos a Puskas a comprar pipas. Cuando alguien en la familia Cañón da la lata le decimos «ve a comprar pipas». Nunca se metía en líos ni le gustaba ir de excursiones, con su dicho, casi un lema: «¿Qué se me ha perdido allá?» Y así zanjaba que le quisieran convencer. No obstante fue a la primera excursión de subir al Pico del Águila. Mi madre lo recuerda emocionada. Su padre era mayorcito, y al volver lo hacía de la mano de César, con siete años, con los pantalones largos rajados y con una cara de cansancio y sudando bajo el sol. Gesta a la que siempre quitó importancia, diciendo que es ponerse a andar, llegar a arriba y luego bajar. Muy al contrario que nuestro serpa, el señor Martín, que cada metro que recorrimos lo narraba como si fuera una aventura en la que descubríamos la montaña aquella.

Luis, con su cigarrillo pegado en la boca. Sujetando a Miry para que no se mueva y Loly.

Su afición fue, por encima de todo, los toros. Un aficionado de pro, que sabía como se han de dar los capotazos y cuando una faena es meritoria o no. Iba a la plaza, pero cuando fue mayor veía las corridas por el televisor. Tal espectáculo era sagrado para él. Ni ruido, ni radios encendidas, ni comentarios a no ser entre toro y toro. Siempre con un puro siendo espectador y en casa con su vaso de anís. Por eso le llamamos «Luis, copita de anís». Le regalamos un cartel con este sobrenombre. Contaba que había toreado en alguna capea. A medida que se adentraba en años esa corrida campestre se hacía más heroica, más inmensa. En la pradera del chalé, alguna vez dio unos capotazos con la mano, haciendo que cogía el capote.

Luis, copita de anís.

Su torero favorito fue, por antonomasia, Curro Romero. «El torero de los toreros», decía. Hubo una época de declive de este torero, en el que incluso dejó algún toro sin matar. Mi abuelo le defendía aludiendo que ese es el arte taurino, no se trata de torear por torear. Y que podrá haber mil corridas que lo haga mal, pero cuando da un capotazo como tiene que ser, es único, se convierte en un ángel. Y que merece la pena ir a ver cuando torea para esperar ese punto en el que lo hace sublime y sólo él tiene ese don. Los otros toreros de su gusto fueron Paco Camino y El Niño de la Capea. El Cordobés no le gustaba. Decía de éste que no era torero, sino que seguía siendo un espontáneo, y que dando esos saltos (el de la rana) disimula que no sabe torear. Palomo Linares, entre los que les gusta y los que no, a medias.

Hubo un portero en su edificio, Serafín, que fue banderillero en sus años de juventud. Uno y otro, mano a mano recordaban y describían corridas memorables. Y enseñaban a los toreros cómo tiene que ser la faena, y al contarlo gesticulaban la manera de hacerlo, poniendo los dos una cara tan seria que a mí me entraba la risa. Cuando hablaba con alguien de toros vivía sus recuerdos. Siempre he pensado que si hubiera una afición en el teatro y la cultura en general que hiciera tertulias y se fijara en los detalles, como lo hacen en su terreno los aficionados taurinos, el arte y los ambientes culturales se multiplicarían.

Le gustaba, además de los puros, la fabada. Era su comida favorita. Hasta el unto de que muy enfermo le preguntaron que qué quería comer, y dijo que una fabada. ¡Cómo se la iban a dar! Mi padre dijo que se la dieran, ya como última voluntad. Se recuperó al comerla y vivió un año más. Mi padre lo contó en más de una ocasión. La gente se acostumbra a unas comidas, por eso no las hay buenas o malas. Es a lo que te acostumbres, concluyó mi padre. Algo que comprobé con mi tía Lola, bebiendo orujo a sus 98 años, y tomando sintrón.

El abuelo Luis con la abuela Lola y una amiga a la derecha de ellos.

Otra debilidad fue ser un apasionado de Rocío Jurado. La mujer más guapa del mundo, para él. Cuando le decíamos que, ejem, ¡y la abuela qué!, afirmaba que es un mérito ser la segunda detrás de ese monumento. Y también aclaraba que qué culpa tiene esa artista de haber nacido guapa. Mi abuela se lo tomaba a risa. Decía qe todos los hombres tienen algo de «picarones». Cuando fueron mayores mayores recordamos sus nietos que la abuela nos decía discretamente que disculpásemos al abuelo, porque está un poco sordo. Él nos decía confidencialmente, que comprendiéramos a la abuela que estaba perdiendo la voz.

En la playa. El abuelo Luis a la derecha en la fiñla de arriba. A su lado su hija Lolita, delante de ella la segunda: Carmen. En bañador de pie Juanjo, primo de ellas. Sentados, por la derecha José Cañón, al lado su madre Lola, a cuya derecha está Feli, una amiga de la familia. Junto a ésta Any.
Delante la tercera por la izquierda Marisa, la pequeña de las Cañón.

Nunca le gustó hablar de su pueblo, ni mostró entusiasmo por León, siendo mi padre de esta provincia. Movía la mano, como diciendo, «bueno, bueno», cada vez que mi padre glosaba su tierra natal. Hubo un hecho extraño, curioso que deja un vacío en su historia que nunca contó. Cuando quise indagar algo, por la curiosidad juvenil, mi padre decía «no preguntes, a ti qué te importa». Mi madre también lo deja en una nebulosa. «Nunca se ha sabido y a estas alturas ¡qué más da!» Pero como dicen en León, «en todas las casas cuecen habas y en la mía calderadas», porque en el pasado familiar de su esposa, mi abuela Lola también hubo un hecho del que supimos muy poco. O sea nada. Una vez un comentario. Y el estribillo «¡calla, calla!»

Sabemos de oídas que el abuelo Luis tuvo un primo que vivió en Canillejas – Madrid, que tenía un bar en el que tuvieron fama sus sardinas rebozadas. El hijo de éste instaló otro bar enfrente del colegio Santo Ángel, donde estudiamos de pequeños los nietos de Luis, los Pinto Cañón.

De anciano se le hinchaban mucho las piernas, «de elefante», cuidando siempre de él, y con mucho mimo, su hija Mari Carmen. Otra anécdota que recordamos fue que durante una reunión familiar, cuando hablaban las hermanas Cañón sobre qué bien se vivía con Franco, que quien no se metiera el líos progresaba y que no había delincuencia, como la hubo después de morir él. El abuelo Luis elevó el tono de voz y dijo «Franco nos tenía así, ¡cogidos en un puño!» y enseñó la mano cerrada, por cierto unas manos enormes que tenía. Sus hijas gritaron al unísono !»¡papá!». La abuela: «¡Luis!» Supuso un escándalo oírle decir aquello. «¿Cómo dices eso?», «a ti qué te ha faltado»; «¡anda no digas tonterías»! El abuelo Luis se volvió a sentar en su butaca, dio una calada al cigarrillo y se calló mirando a todos los presentes con una sonrisa plácida. Fui testigo de aquello.

Una vez comprometieron a mi abuelo para ir a su pueblo , después de otros muchos años de no haber ido. Su sobrino Pedro seguía yendo y habían muerto las hermanas de mi abuelo.

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Un escritor, que aunque nació en Madrid, mi abuelo decía que era pariente suyo. No sabemos el parentesco, pero su padre era de Cerulleda, pueblo leonés del municipio de Valdelugueros, cercano a Redipuertas y Redipollos: Jesús Fernández Santos. Tiene dos novelas en las que narra la historia de sendos pueblos de la montaña, en las que relata sus historias de dentro. «Los bravos«, la decadencia de un pueblo durante la posguerra, donde contrasta la vida del pasado con un nuevo presente que simbolizan el médico y un viajante. Y de fondo la pujanza del caciquismo. Pero sobre todo «La que no tiene nombre«, en la que afirma que los mayores mueren por tercos. Trata de un pueblo que va a desparecer para construir una pista de esquí. Los ecologistas se niegan a que se construya, pero los lugareños no es que sean indiferentes, sino que lo desean. La muerte (la que no tiene nombre) de un pueblo, no sólo de sus gentes. También la muerte de una época, que los protagonistas quieren que no quede rastro. En esta novela podemos encontrar sucesos familiares que apuntan a historias que se tapan. Su estilo se dice fue precursos del «realismo social.» En este pueblo por las noches se reunían en la casa de un vecino donde las mujeres hilabnan y los hombres hacían «calceta», coser los calcetrines, mientras que hablaban y contaban historias.

Luis es hijo de Pedro Cañón de Piornedo – León y Carmen González de Redipuertas – León. Ésta muere cuando mi abuelo era pequeño, tres o cuatro años. Por entonces a él le llaman del ejército para incorporarse en Mansilla de las Mulas siendo del reemplazo de 1903, según consta en el Boletín Extraordinario de la provincia de León, del 21 de febrero de 1905. Los padres de Pedro Cañón son José y María Alonso. Y los de Carmen José y Ramona Fernández.

Pedro Cañón se casó después con la hermana de su mujer, con su cuñada. Es de suponer que se quedó al cuidado de su sobrino Luis, mi abuelo.

Pedro Cañón, el padre de mi abuelo Luis. A su izquierda Dorotea.

Nadie ha sabido su nombre, ¿Dorotea?, podría ser por la foto en la que salen juntos. Sí , madre de dos hijas y de un varón, hermanos de padre de mi abuelo: Ramona, que tuvo un hijo: Goyo. De padre desconocido. Se dijo que de un maestro que estuvo allá dos años impartiendo clases. Goyo fue a Madrid y puso el bar «Goipe». Antes trabajó con su madre en la Casa de León en Madrid, llevando el restaurante, cuando su sede estuvo en la calle Calvo Sotelo, 5 (en la actualidad calle Recoletos) Esta casa regional fue inaugurada el 2 de diciembre de 1951.

Luis Cañón, con su hija Lolita en brazos. En Redipuertas. Su hermana Ramona al lado y detrás su hijo Goyo.

La otra fue Joaquina, Quina, que tuvo dos descendientes siendo soltera: Pedro y José Luis. El primero se comenta que fue con un pastor y el segundo con Manolú, hermano de uno al que apodaron El Americano, por haber estado unos años en Cuba. Parece ser que fueron por aquella zona para trabajar en las obras de la carretera.

Lolita Cañón, en brazos de su tía Ramona, con su hijo Goyo a su derecha y a su izquierda Joaquina.

La familia contaba que Joaquina era la que trabajaba el campo, siendo Ramona la que mandaba.

Luis con su mano derecha apoyada en su hermana Ramona y la izquierda en su esposa Lola. Delante su hermana Joaquina.

El nombre «Dorotea» lo confirmó un vecino de Redipuertas, que vivió en México, y lo recordaba con 93 años (2020)

En esta referencia hay una historia más bien apócrifa que contaba José Luis Cañón, el hijo de Luis, pero forma parte del imaginario familiar. Nada encaja con la realidad, pero… Es una mezcla de datos que no se corresponden. Más bien se trata de una fantasía que mezcla nombres coincidentes, pero sin veracidad. Contaba que un tío de su padre fue a México y que tuvo un hijo: Pablo González, uno de los ocho generales de la revolución méxicana. Hijo de Pablo González González y de Priudencia Garza. El general Pablo nació en una población de Nuevo León – México, año 1879, muriendo el año 1950. Esta historia la mezcla con otra porque su personaje imaginario se hace muy rico. Según contaba por no decir los soldados que morían, pues les pagaban por cada uno y él se llevaba el dinero correspondiente a los muertos. De esto no hay constancia ninguna. Y menos de otra historia que decía que varias de sus hijas se casaron con futbolistas de la selección española cuando fueron a jugar a México. ¿¿?? Ya la historia desbarra cuando contó que compró muchos edificios. En lo que luego fue «Avenida de los Insurgentes», la cual sí que existe en Ciudad de México. El apoyo de este «cuento» es que es una avenida formada por tres. Y una calle que desemboca en ella es «Manuel González», nombre de quien fur miliotar y presidente de México entre 1880 y 1884. La historia del tío Pepito termina con que a ese antepasado le mata un hombre por una afrenta y le dice al clablarle un puñal: «Aguánteme este fierro don Pablo.» Una historia familiar, que sin ser cierta historieta es. Esta leyenda familiar tiene una base real que es que un primo de Luis Cañón vivió en México e hizo una fortuna teniendo un cochazo, según cuenta Ana Cañón: Honorio.

Honorio y su hermana Lola.

Conocí a Pedro, el hijo de Joaquina, que trabajó en un bar en Madrid y antes en otro con Sares. Iba mucho a Redipuertas, primero a ver a su madre y después a arreglar su casa. Mantuvo un pleito por los lindes de la huerta colindante a la casa, sobre que si alguien construyó un garaje en su casa y obligaba hacer un paso al mismo, pero que era un terreno que no es de paso. En Madrid Luis Cañón y sus primos se juntaban a orillas del río Manzanares para jugar a los bolos. Cuando Pepe, Jose Luis, se casó no se sabe la causa se enfadó con su hermano Goyo.

Lolita Cañón, con un año en Redipuertas, con su madre detrás, Lola Ruiz
y delante Joaquina, hermanastra de Luis Cañón.

El año 2013 el pueblo Redipuertas saltó a los medios de comunicación por el asesinato. Un señor mató a su prima, tras discutir por la construcción de una valla, que si se pasaba un metro o no. El hecho de Pedro, el hijo que Joaquina, aparece en el BOE el 15 de marzo de 1979. Cuando íbamos al pueblo siempre nos señalaban los terrenos del contencioso recordando aquello.

Las dos mujeres del fondo son Quina, la de la izquierda, y Ramona, con los brazos cruzados. El niño es Pedro.

Un hermano de Joaquina y Ramona es Pepe, que se fue a Argentina de joven. Se casó y tuvo varios hijos. Uno de ellos regentaba una gasolinera, pero la vendió y trabajaba en un al,macén en el que se vende de todo. La tía Any, hija de Luis Cañón, cuando fue a este país le buscó con la guía de teléfonos y dio con él. El abuelo Luis dijo alguna vez que él tuvo tres veces la oportunidad de irse a Méjico, porque alguien de su pueblo, Redipuertas – León, había triunfado allá. No lo hizo porque «¿qué se le perdió allá?» La hija pequeña de Luis y Lola, recuerda que de pequeña iba a visitar en verano a unos parientes de México que iban a Madrid en verano.

Un hermano de Pedro Cañón, el padre de mi abuelo Luis, es Maximino Cañón López Murió el año 1920 por una pulmonía doble, que quisieron curar con baños. Vivió en Canseco y Piornedo (del municipio de Cármenes), donde hay varias familias de otras ramas con el apellido Cañón. Encargado de obras para hacer carreteras. Se casó con Justa González (1885 – 1965), hija de Baltasar y Gregoria. Tuvieron cuatro hijos: Enrique, que murió joven, a los 11 años, como consecuencia de un cólico de castañas, que comió muchas y bebió agua. José (Pepe.) Baltasar y Carmen.

Baltasar Cañón. (Sares, este apodo suele significar «festivo», persona alegre.) (1913 – 1981) Se fue a Madrid acogido por unos vecinos de Lugeros, Trabuco y Pedro, que tenía un bar, donde trabajó. El año 1936 volvió a Redipuertas, para estar el 16 de julio a celebrar la fiesta de la patrona, la Virgen del Carmen. Dos días después se produjo el golpe de Estado contra la República. Por sus ideas es llevado preso a San Marcos de León. Finalizada la guerra se va a Madrid. Al volver a León, el año 1948, puso un bar: «La perla vasca», en la calle Renueva. Jugaba a orillas del Manzanares a los bolos leoneses con otros paisanos de su tierra natal.

Baltasar, a la derecha, con Pedro, el hijo de Joaquina.

Baltasar Cañón se casó con Onorina Gutiérrez, de Cerulleda. Tuvo dos hijos: Maximino y Luis.

Fiesta del Carmen, en Redipuertas. Año 1963. Maximino Cañón entre quienes llevan la trompeta y el saxo.

Maximino. (Madrid 1945) A los tres años su familia se trasladó a León. Trabajó como jefe de personal en la Vidriera de León, a lo largo de 25 años. Una empresa emblemática de León.

Maximino Cañón

Presidente de la Venatoria, Sociedad Deportivo y Cultural, fundada en León el año 1906. Dimitió el año 2009.

Maximino en la base de la Virgen del camino, haciendo la mili, en compañía de los hermanos Quiñones. Año 1965.

Participó en el partido de Adolfo Suárez, Centro Democrático y Social (CDS), siendo elegido concejal del Ayuntamiento, donde formó parte del equipo de gobierno entre los años 1987 y 1991. Ejerció su labor en el área de Personal y Cultura. Escribe sobre actualidad en la revista «Gente».

Maximio a la izquierda, cion Adofo Suárez y Luis Aznar, que sería consejero de la Junta de Castilla y León.

Se casó el año 1974 con Milagros Cueto Franco, que falleció en enero del año 2021 a los 73 años. Tienen un hijo: David, casado éste con Leticia García y padres de dos hijos: Carlota y Héctor.

Máximo y yo, coincidiendo en un acto cultural celebrado en Sierra Pambley.
Fue compañero de clase de mi amigo Santiago Rodríguez Magallón.

Luis (Madrid – 1947) Con un año fue a León con su familia. Su nombre es en honor a su tío Luis, mi abuelo. Que luego pasará a su hijo. De pequeño fue un gran aficionado a tocar la armónica, junto con su hermano. Le regalaron una a cada uno, unos Reyes Magos y fueron autodidactas siendo muy buenos interpretes, asiduos a conciertos de radio y festivales de León por los años 60. Participaron en los comienzos del Club Formativo y Cultural (FORECU)

Los hermanos Cañón en una de sus actuaciones. Luis a la izquierda. Maximino a su lado.

Ha trabajado en la empresa constructora DECOLESA. Aficionado a la pesca. Fue director de la Banda de cornetas y tambores de la Cofradía Dulce Nombre de Jesús Nazareno, que procesiona en la Semana Santa leonesa. Me sucedió algo curioso, de casualidad, al poco de llegar a León. Cuando a finales de los años 80 estaba haciendo una obra de teatro con los niños de la Palomera necesité un tambor para la obra de teatro. Un actor hacía de tamborilero. Acudí a un lugar donde ensayaba la banda y se lo pedí. Me preguntó por mi apellido, pues había salido alguna vez en la prensa con el tema de Riaño. Descubrimos que éramos primos segundos, él lo es de mi madre.

Casado con María Isa Rodríguez, tiene dos hijos: Ruh y Luis (León 1977) (portador del nombre de mi abuelo) Éste se formó como periodista en la universidad de Granada, en cuya ciudad trabajó en la emisora de radio Onda Cero, año 2002. Díez años después fue director de esta radio en León. Casado con Sofía Morán. Padres de un hijo: Dimas.

Luis Cañón Rodríguez.

Carmen Cañón González. Casada el año 1950 con Manuel Pombo (Manolo) un pastor de Extremadura, que nació el año 1923. La boda se celebro en la iglesia de Renueva de León y el convite en el restaurante Fornos. Hijo de María, de Salamanca, y de Leandro Pombo, que provenía de Coimbra – Portugal. Pombo es un apellido gallego asociado al nombre de un territorio. Esta onomástica llegó a León en el s. XVII. Tuvieron varios hijos (Los Pombos): Avelina (Lina) que trabajó maestra, Maximino, que ha sido taxista y tiene casa en Redipuertas. Actualmente jubilado (2020). Manuel (Manolo) que 1970 fue a Madrid a trabajar de camarero, cuando el billete de metro, se acuerda, costaba dos pesetas, dos años después fue a León donde trabajó en hostelería siendo camarero del hotel París hasta el año 2019 en que se jubiló. Enrique, Carmen (Carmina), y María (Maruja.)

Ramón Gómez de la Serna habla varias veces en «Retratos de España» del bar de Pombo, donde se celebraban tertulias literarias, «la alquimia de Pombo», decía Pío Baroja. Otros asistentes fueron Galdós, Unamuno y el propio que lo cuenta. Algunos lo consideraron un lugar de formación literaria. Puede que no tenga que ver con el bar de esta familia, pero al ser un apellido peculiar, es una referencia.

El año 1927, el 30 de enero, mi abuelo Luis contrajo matrimonio con Mª. Dolores Ruiz Braña, mi abuela Lola. Tuvieron cinco hijos: Lola, Mari Carmen, Jose Luis, Ana, Marisa.

Abuela Lola.
El día de la boda de Luis y Lola.

Luis Cañón y Dolores Ruiz recién casados.

El apellido «Cañón», a parte de los orígenes heráldicos y de nobleza, tiene un significado cotidiano, que forma parte del habla, y no de la escritura, por eso no hay documentación fehaciente, pero sí un contexto social e histórico del momento. En Redipuertas había que trasladarse de un valle a otro para vender y comprar. Algo común en las zonas montañosas. El cañón geográfico es un accidente provocado por un río, que se sitúa entre dos montañas como una garganta o estrecho profundo, que hacen de pasos de un valle a otro y tenían que recorrer para el comercio y la comunicación entre los pueblos. Los cañón fueron los encargados de trasportar las cosas a través de estos pasos naturales. Cada familia dedicada a ello tenía sus rutas particulares.

Mª. Dolores Ruiz con sus hijas Carmen a su derecha y Lolita de la otra mano.

En Redipuertas se sabe del llamado «Clan de los González», a raíz de Gregorio González, «Gorín». Tuvo una hija, Delfina, que se casó con Segundo González. En 1875 se fueron a Ribadesella, adonde se ganaba la vida vendiendo pellejos de vino. Un objeto que se hace con la piel de las vacas. Se instaló allá y puso una casa de comidas: «Casa Delfa». Delfina tuvo cuatro hijos, (González González) en Redipuertas: Laura, Elena, Goyo y Segundo. Y otros cinco en Ribadesella: Delfina, Luisa, Pablo, Pepe y La Chota.

Lola Ruiz con su hija mayor Lola Cañón. Año 1932, en Redipuertas – León.

Los arrieros eran aquellos que arreaban a las mulas, caballos, burros («¡arre, arre!») para trasportar la mercancía. Los maragatos llevaban el pescado de la costa norte a Madrid. En la montaña había que atravesar los cañones geográficos, estrecho o gargantas entre dos montañas, por donde suelen trascurrir los ríos. Cada uno tenía una ruta, un cañón, que recorrían para trasladarse a otros lugares con los que comercializar los productos. Fue tan importante para la supervivencia vender pellejos de vinos que en cada casa hay colgado uno, como recuerdo a los ancestros familiares. Parece un adorno, pero es mucho más, es un emblema. La ordenanza de 1756 establece que los concejos de la montaña pagaban las penas que se pusieran en pellejos de vino. Por lo que fue un objeto de referencia por su valor, en una economía de supervivencia.

M.ª Dolores Ruiz Braña. La abuela Lola. (Valladolid, 1904 – Madrid, 15 – VII -1990) Trabajó de costurera en un taller. Después, en casa de su hermana Ana, ambas hicieron de costureras y modistas. Llegaron a contratar a tres chicas.

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La abuela Lola Ruiz Braña con dieciocho años.
Lola y Luis con sus hijas Lolita y Carmen, en brazos.
La abuela Lola con sus hijas Lolita a su derecha, de la otra mano Carmen
y en el cochecito Any.

Luis y Dolores vivieron en la calle Santa Juliana de Madrid, hasta que quedó libre el tercer piso de la calle Carolina, donde vivián los padres de Dolores.

Lola Ruiz con sus hijos: Any a su derecha. José a su izquierda y debajo Carmen a la derecha y Lolita a la izquierda.
Lola y Luis con Ani en sus rodillas, a su izquierda Carmen, Lilita a la derecha y delante Jose Luis.

Cuandose tras la muerte de la tía Mary Carmen se vació la casa de los abuelos Luis y Lola, su nieto Ramiro se llevó el cabecero de su cama. Era igual que una que tenían los padres de Lola Ruiz. En ella murió Luis Cañón y nacieron los hijos de ambos. Las generaciones anteriores nacían en casa. Los nietos de ellos y en adelante en un hospital. Por eso se puede considerar una frontera antropológica.
Los cabeceros tenían barrotes para que las mujeres se agarraran durante los partos.
Por eso será una pieza en el museo de Los Pinto.

Lola Ruiz,la abuela LOla con sus hijas y una más. A su derecha Carmen y Lolita. A su izquierda Any. Delante Marisa.
De izquierda a derecha arriba: Carmen, Pepito, Lolita. Abajo: Lola, Any, Marisa y Luis.

Casada mi abuela Lola ejerció de ama de casa y de matriarca de la familia. La recuerdo en el cuarto de la plancha planchando a la vez que escuchaba, junto a su hermana Anita, la serie de la radio «Simplemente María», que luego comentaban sobre los personajes y los disgustos de la pobre María. La vi cocinar algunas veces.

La abuela Lola fue mi madrina. Me tiene en brazos. A su lado mi abuelo Ramiro, padre de mi padre, que está a la derecha.

Mujer de mucho consejo decía que hay que tener temor de Dios, para ser una apersona decente. Insistía mucho en ello. Una vez que le planteé que quien no crea. Incluso así, dijo, hay que temerle. Otro referente de sus planteamientos fue que el diablo sabe más por viejo que por diablo.

Ejerciendo de abuela, con su segundo nieto.

A pesar de ser una mujer conservadora comentaba dichos que tienen enjundia, que luego sus nietos hemos repetido, aludiendo a «como decía la abuela»: «Quien roba un millón es un señor, pero quien roba un melón es un ladrón». Sobre dejar que las hijas y nietas llegasen tarde a casa, mantuvo que el pastor es quien ha de cuidar del ganado, y que si no lo hace que luego no se queje. Y también observaba que cuando un obrero piropea a una chica dicen que es un bruto y un grosero, pero si lo hace una persona rica, o importante, incluso si da un pellizquito a alguna damisela, dirán ¡qué pillín es el señor! Cuando nos teníamos que ir para hacer cualquier cosa su dicho estrella fue: «Contra la pereza ¡palos a la cabeza! Es al día de hoy que cuando me levanto me digo yo mismo esta frase. También me acompaña su frase, cuando iba a verla al volver de León, antes o después de comer, o cuando me veía cansado, al recomendarme que me acostara un rato para «el sueño reponedor», que se lo digo a mis hijos, «como decía mi abuela…». Y cuando teníamos dificultades nos recordaba «Dios aprieta, pero no ahoga». También insistía que fuéramos educados siempre, con el dicho: «En la mesa y en el juego se conoce al caballero». Otra cosa que decía es «en esta vida cuca, el que no trabaja no manduca», para que nos aplicáramos. Y de cara a lo que pueda pasar, dejaba caer «el que tenga vacas que las cuide», o sea que a los hijos, y especialmente a las hijas, hay que cuidarlos y si no que luego no haya quejas.

En el Pardo – Madrid con la nietada. Mi abuelo nos llamaba «cachorros«.
Desde la izquierda: José Pinto, detrás Ana Ayala (que no se le ve), César P, Luis A., Cristina A., Miry.
Fila de arriba: Abuela LOla, Loly P., Gaby P. y el abuelo Luis con Martita en brazos.
La abuela Lola y el abuelo Luis con Miry en su primera comunión.

Me encantaban los huevos fritos que hacía en su sartén negra. Con los bordes churruscaditos, que más tarde supe que se llaman «huevos con falda». Su tortilla de patatas, hecha pero jugosa por dentro, si estar crudo el huevo. Nunca la he vuelto a tomar igual. Su plato estrella fue la merluza langostada. En Navidad hacía siempre lombarda con salchicha y pavo en pepitoria.

(Con la abuela Lola celebrando Miry su cumple en Moralzarzal, con la cuelga. Los abuelos celebrando un cumpleaños delante del chalé de Moralzarzal – Madrid, años después.)

Foto de familia, año 1975. De izquierda a derecha. Fila de abajo: Jose, Gaby,
Quique, César, Belén, Marta, tía Mari Carmen, Luisito.
Fila de atrás: Loly, Lola, Luis Cañón, Miry con Alvarito a hombros, abuela Lola con Borja en brazos, Ana, la tía Marisa, Cristina, el tío Jose Luis, el tío Quique y la tía Any.

Heredó de su madre jugar cada Navidad al número 98, que sus hijas mantienen como tradición familiar, encargándolo de un año para otro. Mi madre lo ha querido dejar, porque nunca toca, pero ¿y si un día es el gordo?, así es que siguen apostando al mismo.

Vídeo casero de Moralzarzal, con varios familiares: Enlace vídeo. (Con Alvarito, la tía Marisa, la madre del tío Quique, que es éste quien hace la grabación. La abuela Lola Ruiz, Lolita Cañón, el abuelo Ramiro, la tía Mª Carmen.)

La abuela Lola con su yerno Ramiro y su hija Mari Carmen. En el comedor de la casa de la calle Alcalá, Madrid.
La abuela Lola en el centro con sus cuatro hijas: Carmen, Loolita, Marisa, Any. De izquierda a derecha.

Cuando cumplió 85 años. De izquyierda a derecha sus niertos Luisito, Quique, Jose, César, Santy y Gaby. En la otra un año después con Alvarito, Luisito, el tío Quique, Jose,
la tía Mari Carmen y César.

Sabemos que la abuela Lola tuvo un primo que vivió en Chamartín, cuando este lugar fue un pueblo a las afueras de Madrid. Hoy es un barrio.

Con Rayo fue bisabuela.

En su casa de la calle Alonso Cano, en Madrid.

Murió en un hospital.

Lola, hija de Narciso Ruiz y de Dolores Braña. Ésta fue ama de casa.

Una prima de Lola Ruiz fue Asunción, casada con Pepe Gutierrez, el tío Pepe, le llamaban sus sobrinas. Hija de Jesusa.

Fotos de Asunción. La 6 del año 1939. La 8 es con su marido Pepe.

Tuvieron tres hijos: Pepito, Roberto, que fue ahijado de Lola Cañón, y Miguel Ángel. Éste cuidó de su madre que estuvo muy enferma. Cuando murió ella su marido se casó con otra mujer, lo cual motivó a Miguel Ángel a hacerse religioso, jesuita, que fue destinado a Costa Rica. Luego dejó los hábitos y se casó, algo que disgustó a su tía Dolores Ruiz.

Roberto, primo de la abuela Lola, año 1943.

Cuando hizo el cantamisas lo hizo con otro compañero que llamaban el Toro. Fue uno de los religigiosos asesinado en El Salvador, el año 1989. Enseñó a bailar a una prima pequeña de Miguel Ángel, Marisa, un baile mexicano.

Un hermano de Asunción fue Arcadio. Foto de 1920.

Narciso Ruiz Pardo. De Sonseca – Toledo nace el 29 de octubre de 1869 – Fallece el 7 – XI – 1938 en Madrid. Hijo de Esteban Ruiz (Tapia o Tapioca o Tapiador) y su madre Juliana Pardo. Era el menor de once hermanos. Cada uno tuvo el nombre del santo del día en que nació. Por eso se sabe su día de nacimiento. Una hermana se llamaba Memerta, en honor a san Mamerto de Vienne, 11 de mayo. Otra Elena, por santa Elena de Constantinopla, el 18 de agosto.

Trabajó en el Ayuntamiento de Valladolid como inspector sanitario, donde tuvo a sus hijos con Dolores Braña: Dolores, Juan José, Ana, Vicente y Amparo (Amparito.) Ésta murió de niña en Valladolid.

Narciso Ruiz. Cuadro que estuvo colgado en el salón de casa
de la abuela Lola.

Se cuenta como historia familiar en Sonseca, que una prima llamada Lumberta, se casó sin tener hijos. Dejaron a su cargo varias monedas de oro para cuando volvieran sus familiares que se tuvieron que ir, pero el marido de ésta por la noche la llamaba escondido hasta que logró que se volviera loca y se quedó con el dinero.

En el centro Narciso. A su izquierda Dolores Braña. La otra pareja mayores no conozco su identidad. Las niñas y niños son de derechaa uzquierda: Anita, Juan José, Vicente y Lola.

Narciso fue trasladado a Madrid para trabajar en un fielato, las casetas de cobro de las mercancías de consumo como tasa municipal donde se hacía la cobranza de impuestos al consumo. Su segunda casa donde vivió fue en la calle carolina, 8. Según la nieta de Narciso, Marisa Cañón Ruiz trabajó como recaudador de Hacienda, siendo funcionario de abastos. Le iban a trasladar a Granada, pero su esposa le dijo que no, que iba a haber un terremoto que devastaría la ciudad, como alguien había predecido. Por miedo se fue a Valladolid, donde tuvo a sus hijos, y luego se trasladó a Madrid. Ha pasado más de un siglo y la tierra no se ha movido en aquella provincia andaluza. Pero nunca se sabe, porque parece que es una zona predispuesta a una catástrofe geológica.

De pie con chaqueta oscura Narciso Ruiz. De pie a su izquierda su yerno Luis Cañón. Sentadas, a la izquierda Dolores Braña,
al lado de su hija Lola Ruiz, la esposa de Luis Cañón. La niña pequeña es Lolita, hija de Lola y Luis.
Abelito, un primo de la abuela Lola de Sonseca, el año 1914.

Narciso a la izquierda, a su lado su hija Anita y al de ella la otra hermana Dolores
que lleva en brazos a su hija Any, nieta de Narciso.
Sentado Luis que tiene en brazos a su hija mayor Lolita.

Narciso con sus nietas Any en brazos y delante de él Lolita.

Fue interventor o «fiel» para el cobro a carruajes y caballerías con bultos o fardos. Su primer destino como tal fue en Pezuela de Torres, Madrid, según Boletín Oficial de 1876. Como curiosidad decir que casi en frente de donde vive Lola Cañón Ruiz, mi madre, en la calle de Alcalá – Madrid, a la altura de Pueblo Nuevo, en la acera de los pares, hay una casa todavía actualmente, de un a planta, entre edificios de seis y siete pisos. Fue años atrás un fielato. Esta palabra se refiere a «la fiel» o balanza para el pesaje, pesar los alimentos, que se controlaban al entrar en la ciudad. Se eliminaron el año 1959.

La casa que un siglo atrás fue fielato. En la calle Alcalá, de Madrid, a la altura de Pueblo Nuevo.

Narciso, hijo del señor Ruiz (Tapia o Tapioca o Tapiador) y la señora Pardo. No se sabe sus nombres. Hay una historia curiosa, que forma parte de la nebulosa del pasado. Es bueno dejar alguna pista, sobre la que en algún momento poder indagar. Algo importante porque los pequeños hechos reales son los átomos de de la Historia, la de las gentes.

Narciso Ruiz

En Sonseca el apellido «Ruiz» iba unido al de Tapiador / Tapia. En la trasmisión oral, un «creo que tapia o algo así» se apedillaba, y buscando se ve esta relación. Hay historias coincidentes. En la familia se contó, pero de esas cosas que se oyen decir a terceras personas, esas cuestiones que se dice «no sé, no me acuerdo, pero creo que…» Se cuenta en familia que el abuelo de la abuela Lola, es decir el señor Ruiz (-Tapia) dejó la segunda parte del primer apellido, para que no le asociaran con historias turbias que se conocieron por la prensa. Sucedió en Toledo, por un asunto de mujeres, una novia…. Que ocurrió en el atrio de una iglesia, y fue esto lo que supuso un delito, el hecho de hacerlo en el recinto de la iglesia. Una pelea, una refriega. A lo mejor pudo morir alguien, decían al contarlo nuestra abuela, como si narrara una película de hace mucho y de la que no recuerda ningún detalle. Se contó que al familiar Ruiz le chivaron que su novia se hablaba con otro hombre. Al comprobarlo sucedió la pelea. La hermana de él gritó en la iglesa cuando vio a la mujer «una puta vale la vida de dos hombres.» Uno murió y el otro se convirtió en un prófugo. Hibiera ido a la cárcel, pero como fue dentro del recindo de la iglesia, se aplicaba la ley eclesiástica que le condenó al destierro, por tratarse de una cuestión de honor.

Dolores Braña y Narciso Ruiz con su nieta mayor Lolita.

En Sonsaeca tuvieron una fábrica de paños. El destierro fue al pueblo «Las Ventas Con Peña Aguilera», de Toledo. Su nieta Marisa cuenta la historia de la siguioente manera: El hermano mayor de Narciso tenía una novia a la que iba «a la reja», a las rejas de su ventana. Tal era la costumbre. Alguien le chivó que si quería saber lo que esa mujer hacía cuando él no estaba. Al ir a ver, ella hablaba con otro. Se pelearon y murió el hermano de Narciso. Meses después a la salida de misa una hermana del asesinado y de Narciso vio a aquella jopven y gritó: «Por una mala mujer se han perdido dos familias.» Por provocar gresca fue desterrada al pueblo susodicho, también de Toledo, Las Ventas Con Peña Aguilera. Así lo oyó contar Marisa a Juliana, la hija de un hermano de Narciso, «la de Sonseca» y a Felisa, casada con un sobrino de Narciso. El padre del asesinado se arruinó con el pleito de su hijo. Se contaba que en su fábrica de paños, empeñado en la venganza de aquel asesinato, paseaba entre los obreros con una alforja llena de dinero para la compra de la honra de su hijo…

Es curioso la cantidad de asesinatos y de peleas graves que sucene lo largo del tiempo en aquella población. Lo recoge «Juan Luis Alonso» en «Leyendas de Toledo». » Muchos de ellos, también, producidos por ajustes de cuentas, por amancebamientos y por venganzas». Zona, la de los mesones, en las que quedan cruces de lugares en los que murieron personas en duelos, a pesar de que el Concilio de Trento lo penara con la excomunión. Hay un hecho que sucede en plena calle de la Tripería (muy cerca de la catedral), era zona de mancebías hasta bien entrado el siglo XX, en cuyo entorno había constantes peleas y delincuencia. Uno de estos hechos lo comenta el «Diario de Toledo», en 1894: Un vigilante , murió apuñalado ahí. Las mancebas de la zona insistían a estos guardias que abandonasen ese lugar y se fueran a vigilar otras partes de la ciudad. Tras la refriega fueron acusadas de su muerte debido a sus gritos y requerimientos. Mi madre contó que una hermana de su abuelo fue desterrada por gritar a unos policías después de un asesinato, mientras que llevaban al culpable a prisión. La familia se iría a Valladolid y allá conoció a Dolores. Es una hipótesis. Es una historia o historieta, que como diría la tía Lola «entre dimes y diretes algo se saca». También que durante el juicio un familiar se hizo «popo» y desde entonces les pusieron el mote a los de aquella familia de «los cagones». Quizá por eso algo en lo que insistía mucho la abuela Lola es que no nosa metiéramos en líos.

Narciso con sus nietas Carmen, en brazos, y Lolita, de pie.

Y otras dos historias añadidas, aderezadas de la casualidad y de adonde desembocan los nombres. 1) El abogado de aquel caso «familiar» fue Francisco Giner de los Ríos, quien tras acabar el proceso judicial se desencantó de la carrera de Derecho, en la que se matriculó el año 1865. Se le quitaron las ganas de ser abogado. Pensó que lo que necesita la sociedad antes que aplicar la justicia es educación. Dedicó el resto de su vida a este fin pedagógico para el conjunto de la sociedad, formando parte del equipo de personas que fundaron el Instituto Libre de Enseñanza, que por cierto se difundió mucho en León.

2) Dos años antes de que naciera mi abuela Lola, 1904, cuyo padre era de Sonseca, en esta población toledana nació Manuel Ruiz Roldán, que era hijo de Ángel Ruiz-Tapiador. Era hermano de un comerciante, Baldomero Ruiz-Tapiador y otra persona: Andrés Salgado Ruiz-Tapiador, que estudió medicina en Sonseca, hijo de Juan Ruiz-Tapiador. Aparecen nombrados en el martirologio de la iglesia católica, porque el año 1932 diez personas de esta familia fueron torturados y asesinados.

Los hermanos de Narciso fueron Julián, que fue sacerdote. Y Gregoria, que se casó con un alemán (o croata) que tenía una empresa de ascensores. Tuvieron dos hijos, Esperancita que fue matemática, una de las primeras de España que estudió esta carrera. Diseñó el suelo de una iglesia con un jeroglífico matemático baldosas con figuras geométricas que se repiten. Y Narciso que era muy menudo. Se dedicó a ser jinete de caballos, en el hipódromo en la zona donde actualmente están ubicados los Nuevos Ministerios, en la Castellana, Madrid. El sobrino Narciso, murió joven a consecuencia de recibir una coz. Fue aquél un lugar dedicado a la hípica hasta el año 1934. Frente a él estaba el llamado «el alto del hipódromo», donde se jugó el primer partido de fútbol entre el Real Madrid y el Club Barcelona. Hoy esa zona la ocupa el edificio de la Escuela de Industriales, donde Gabriel Pinto Cañón es catedrático de Química.

Ángel Ballesteros, de Sonseca. Primo de Dolores Braña Ruiz.
Foto de 1911.

Dolores Braña (de) Lara. (Valladolid, 24 – IX – 1879 / 1957-58) Madre de Lola Ruiz y abuela materna de la familia Cañón Ruiz. Su padre de apellido Braña, ¿Eugenio?, era un chico bien de Valladolid. Se cuenta que al bautizo de su hija fue en un coche de caballos propio. Su nieta Marisa, la pequeña de los Cañón Ruiz ha contado divbersas historias que escuchó de pequeña. Dolores quedó huérfana de madre muy joven, a los 15 años más o menos. Se fue a Asturias porque allá tuvo que ir su padre como administrador de una mina.

Cuadro que retrata a la bisabuela Dolores Braña.

Allá conoció al escritor y crítico literario Armando Palacio Valdés (Asturias 1853 – Madrid 1938), con quien paseo por los montes y mantuvieron largas conversaciones, según oyó contar su nieta Dolores Ruiz. Hablaban. Él era mucho mayor. Cuando el padre de Dolores se iba al chigri, la taberna, oía ruidos. Le daba miedo pensando que pudiera subir alguien. Hasta que un día al atardecer decidió bajar descubriendo que en el bajo de la casa estaban los bueyes que tiraban de los carros en la mina.

Su padre se fue a vivir a Gijón al casarse con una señora viuda que se llamaba Oliva, que tenía dos hijas. Dolores se llevaba muy mal con ellas, por lo que volvió a Valladolid con sus tías. Allá conoció a Narciso Ruiz, con quien se casó. Vivieron en el Paseo de San Isidro. Tuvo inquietudes intelectuales que no desarrolló, al menos que se sepa. Contaba muy bien las historias y le gustaba recordar, como rememora Marisa Cañón. Ésta la recuerda zurciendo medias y leyendo, «no paraba de leer.» Estaba suscrita al periódico ABC, tradición que continuaría su hijo Juan José. Lo primero que leía eran las esquelas. Tuvo una asistenta que era de Tetuán, Marina.

Le gustaba mucho leer, libros y el periódico ABC. A veces lo hacía en voz alta para sus hijas y nietas. Cuando su hija Ana, la tía Anita, creó un taller de modista al morir su padre (anteriormente trabajó en otro), en el que también estuvo su hermana Lola y varias costureas, su madre, Dolores Braña, leía en voz alta el periódico y novelas «a las chicas del taller.» Contaba a sus nietas que cuando ella era joven en el pueblo asturiano la gente solía salir por la noche a rezar por los difuntos y cantaban «De este mundo sacarás una mortaja y nada más.» Recuerdo que esta cantinela se la oí cantar al rememorar aquello a mi abuela Lola, hija de Dolores Braña.

Dolores Braña

Según el Boletín del Ayuntamiento de Madrid a fecha de 17 de julio de 1943, que recoge una decisión aprobada por el Consejo de Administración del 2 de junio de aquel mismo año, le abonan como pensionista 25’32 pesetas al aplicar la Ley del Desbloqueo, como derecho por haber tributado en el Montepío, tras no haber percibido la cantidad correspondiente por la falta de ingresos de esta entidad «durante la dominación marxista en Madrid«.

Dolores Braña posa orgullosa con sus nietos. Detrás de ella Lolita Cañón, con su hermana Any a su derecha.
A la izquierda de la abuela Dolores Jose Cañón
y tras él su hermana Carmen.

Dolores tuvo dos hermanos. 1.- Consuelo: Casada con Mariano. Uno de sus hijos fue Facundo de la Torre, al que íbamos a ver a su finca campestre de Valladolid, muy cerca de la ciudad, que al cabo de los años vendió para urbanizar a un precio desorbitado. Esta finca estaba en la carretera del cementerio, 13. Recuerdo los morales repletos de moras que comíamos a puñados y nos ensuciábamos las manos y el suéter. Después puso varias zapaterías. La primera la cogió de su hermano Paco, casado con Josefina, situada en la calle Tintes de Valladolid.

Facundo y Manolita acompañando a Lolita el día de su boda. Año 1959.
Facundo en traje de baño, junto a Miry, Loly y Ramiro. Bañándose en el río Pisuerga a su paso por Valladolid.

Era un hombre muy activo, siempre haciendo cosas y muy servicial. Con un tic en los ojos que hacía que los moviera muy deprisa. Recuerdo de su finca también un estanque para acumular agua, donde nos bañábamos mis hermanos y yo cuando éramos pequeños. Se caso con Manolita, sin dejar descendencia. Mi madre recuerda que los primeros percebes que comió fue cuando tuvo diez años. Le invitó el padre de Manolita, que le iba a buscar para sacar de paseo y le invitava al aperitivo. Le parecieron muy feos, pero le gustaron.

Otros hijos de Cosuelo y Mariano fueron Catalina, Paco y Teresa. Una historia curiosa, que define una época y con Tere entronca otra anécdota de la familia Pinto Cañón. Consuelo tenía una hermana y un hermano. Éste murió siendo niño y también su madre cuando nació ella. De Valladolid iban a ir a Madrid por cuestiones de trabajo del padre. Una cuñada que fue a despedirse le dijo que por qué no le dejaba una hija, a su cargo. Y en la estación mismo se le dejó para que la cuidara. Se quedó con esa tía que no tuvo hijos. Eran agricultores ricos.

Lola Cañón, la hija de Luis y Lola Ruiz, fue, siendo jovencita, da veranear con la familia de Catalina y Mariano Rodríguez, llevándose muy bien con Teresa. El padre de ésta era médico en la cárcel de Anclares de Oca, cerca de Vitoria. Natural de Villalba, Madrid. Iban a la capital, Vitoria, en bici para ir al cine. Por la calle veía a presos de permidso, muy elegantes, pero «raros». Tere contó a Lolita que eran homosexuales, sin saber mi madre qué era eso. Y Teresa se lo explicó. Lolita decía que eran muy guapos. Estaban presos por serlo. Y también otros por sus ideas políticas. Éstos paseaban por la tarde en el pueblo. Los homosexuales también, pero no eran golpeados ni nada, ḉunicamente vestían con un baby e iban oblogados a limpiar las casas de los funcionarios de prisiones, según cuenta Lola Cañón.

Lola a la derecha. En Anclares de Oca con una amiga de Tere, que es ésta quien hace la foto.

Teresa fue al cabo de los años la directora de una inclusa, a la que fue mi madre con mi padre para adoptar a una niña, para que su hija Loly tuviera una hermanita. Hasta que un día Loly dijo que ella no quería una hermana, que estaba muy agusto sin ella. Y se acabó.

Tere

2.- Francisco, Paco, que se casó. Tuvieron un hijo: Eugenio, que fue militar.

Paco, padre de Eugenio, 1898.

Hermanos de Dolores Ruiz Braña:

De arriba a la izquierda: Vicente Ruiz, su cuñado Luis Cañón, su hija Lolita, Juan José Ruiz, el primo Eugenio.
la segunda fila Lola Ruiz, al lado de su madre Dolores Braña. Al extremo izquierda Carmen Cañón y delante su hermano Jose.

Juan José. Tío Juan josé. (Valladolid, 5 – III – 1908 – Madrid, 4 – XI – 1982.) Un intelectual y un dandy, elegante y un gran lector. Comía mientras que leía el periódico, el ABC, lo que siempre hacía en el comedor con la vajilla de plata y una copa de cristal. Y leía en el salón, una habitación amplia y espaciosa, con el suelo de moqueta roja guinda (oscuro), que sus sobrinos nietos decíamos que era un suelo de terciopelo. Lo primero que leía era la cotización del mercado de valores porque tenía acciones en Electricas madrilñeñas. Decía que era un valor seguro porque todo el mundo consume luz.

Juan José en sus años mozos, en una carrera.
El que va en segunda posición, dándolo todo.

Nunca quiso tener televisor, porque decía que cambia el pensamiento de las personas. Viviendo en la calle Carolina, José Luis Cañón regaló a sus padres la primera televisión del barrio. Y otra a su hermana Lola cuando se casó. Y a sus padres otra cuando fueron a vivir a Alonso Cano. Su hermana pequeña, Marisa, recuerda que el primer programa que vio fue «Escala en Hi Fi» en el que trabajaba Karina.

En las milicias.
Biarriz, año 1946. El tío Juan José arriba en el medio. A su derecha su sobrina Any y al otro lado su sobrina Lola.
Delante de esta su abuela Dolores y delante del tío Juan José, su hermana la tía Anita.

De joven trabajó en Almacenes Quirós, en Madrid. Este comercio comenzó siendo una mercería, en la calle Luchana (1880), regentada por Felipe García Quirós. Luego pasó a ser un almacén en la calle Conde de Romanones, para ser luego una fábrica textil. Durante la Guerra Civil fue incautada y gestionada por los trabajadores, pues el dueño y varios directores se fueron a otra provincia. Se creó la Asociación Colectiva de Trabajo de Almacenes Quirós, formada por cuatrocientos trabajadores, que llevaron a cabo un modelo de autogestión y cooperativa de trabajo. Se dedicaron a confeccionar uniformes para los soldados del ejército de la República. Uno de los líderes de esta organización fue el tío Juan José.

El tío Juan José es el tercero desde la derecha, entre dos compañeras.

Después de la guerra volvieron los dueños y dedicaron los mismos talleres a confeccionar uniformes para el ejército del ejercito vencedor. Mantuvieron la plantilla que había hecho que sobreviviera la empresa. Y mi tío fue contratado como directivo de la misma. El año 1945 se fusionó con otra empresa y formaron la red de textiles Cortefiel, una marca de trajes y vestidos muy renombrada, que hoy perdura.

Carta enviada a Cortefiel, donde trabajaría hasta jubilarse.
En el centro arriba Juan José. A su derecha Eulalia. Delante su hermana Ana (tía Anita) que abraza a …. Al otro lado Lola (la abuela Lola) junto a su marido Luis Cañón.
Delante en el centro la abuela Dolores Braña. A su derecha Lolita Cañón, (con catorce años)
y al otro lado Carmen (tía Mari Carmen) y su amiga Feli. Delante de ella Ana Cañón. Y a cada lado, delante, los primos de las Cañón: Antonio y Juanjo.

El tío Juan José se desencantó de la política, al menos lo de militar en un partido. De mayor decía que no merece la pena, que pagan justos por pecadores, que unos luchan y cardan la lana y otros se la llevan, como quienes vivieron en el exilio con todo lujo a costa de los que sacaban las castañas del fuego en los lugares de trabajo.

El tío Juan José ayudando a Loly con el carrito en el que va Miry.

Además de la lectura, era un devorador de libros, escribía. No es que hiciera pinitos literarios, es que escribió novelas, poesía y teatro. Recitó alguna vez con Rafael Alberti, pues la familia de éste se había trasladado a Madrid antes de la Guerra Civil. Juan José animado a escribir se lanzó al ruedo y el año 1974 quedó entre los diez finalistas de la XXIII Edición del Premio Planeta, con la novela «El 29 de septiembre.» Cuando el premio recayó en la novela «Icaria, Icaria» del escritor catalán Xavier Berenguel. El finalista fue Pedro de Lorenzo, con «Gran Café». Una fecha que cojncide cuando nació Cervantes el año 1547. Ese mismo día, pero del año 1928 se publicó el «Romancero Gitano» de García Lorca. ¿La razón del título?, qui lo se qui lo sa.

Un viaje con el tío Juan José a Sevilla.
Fuimos a ver a su sobrina pequeña, mi tía Marisa.
Entre ambos la Torre del Oro.
El tío Juan José, en el medio, con sus sobrinos Pinto Cañón, en el chalé de Moralzarzal.
De derecha a izquierda: Gaby, César, José y Miry. Año 1978.

Una obra de teatro, inédita, como todos sus escritos es un libreto de teatro: «Pequeño mundo«, comedia en dos partes. Ahora se dice en dos actos. Lo mismo que llama «mutaciones» a lo que son escenas, que luego corrige y llama «cuadros». Empieza con una escena situada el año 1923. Irá pasando el tiempo, auténtico protagonista de la obra. Don Manuel habla con su esposa, Carmen, de cuando eran novios. Se prometieron no separase nunca. Las hermanas de él no querían que se casaran, sería robarles el tesoro que tienen: él. Estudia medicina y se hace doctor. Tiene que hacer una operación en un parto difícil. En septiembre de 1928, ambos protagonistas son padrinos de Paulina, que quieren que sea maestra. Un año después aparece otro personaje, Elvira, inválida que va en «coche de ruedas», (silla) varios personajes hablan de la situación social: «Tú eres parte de una plaga social a extinguir: el capitalista; hasta que llegue el momento de vuestra desaparición habrá que reglamentaros«. «El hombre es asolado, no ha merecido la dignidad humana: no ha parado de trabajar«. Estos personajes aluden al fin de la dictadura de Primo de Rivera. Año 1935, cuatro años de República y los salarios siguen siendo bajos. Por un lado lo social, por otro lo íntimo, como dos partes del mundo: «En tu soledad sólo buscabas amor«. Año 1936, febrero: «España es un volcán«; «Se ha perdido el respeto a la vida humana«. Septiembre del mismo año, Mauricio y Paulina son novios, pero no se ven. Él es de pueblo y ha tenido que ir a la guerra. Paulina es intelectual, vive en Madrid y escribe. Se plantea el contraste y la dicotomía de ambos ambientes. «La gente tiene miedo y se ha encerrado en sus casas«. Entre tanta desventura sigue el amor.

Escrito del texto de Juan José, a máquina, con correcciones a mano.

La segunda parte, acto II, pasa al año 1939 hasta 1945, en el que salen a relucir los estraperlistas, a los que llaman «ladrones». Paulina se casó con otro. No esperó a Mauricio. Año 1956, la vida cotidiana lo absorbe todo. Año 1964, las gentes de los pueblos se van a la ciudad para trabajar en la construcción. La tierra no da para todos. Para ganar más los constructores tienen un truco: Echar menos cemento a la arena. El año 1965 Manuel y Carmen reciben una vista incómoda, la de Juan Fernández, al que persigue la Guardia Civil por repartir propaganda. Con ella quiere elevar la moral revolucionaria de las masas trabajadoras. Escapó de una redada. Pide que le escondan. Manuel le dice: «La mayoría no queremos vuestra revolución». Juan clama por la igualdad y que es necesaria la acción. Le dicen que eso sólo traerá más muertes y destrucción. Para Juan supone lograr la justicia social.

Le quieren hacer ver que el pueblo está cansado. Que es necesario el patriarcado. Para Juan es una bonita forma de llamar al fascismo. Iba desarmado dejó su pistola guardada cerca de la tumba de su madre, a la que mataron. Quiere saber quién la asesinó. La respuesta fue «¿Qué importa quién?» Año 1966, Carmen y Manuel ven la vida a través de sus almas. A él le hace un homenaje el Colegio de Médicos por su jubilación. Se ha vuelto conformista, es la vida: «Si hay guerra, ¡a la guerra!; si hay que vivir, ¡a pagar la contribución!» reflexiona que un hombre puede enamorarse más de una vez y todas ser sincero. Cada persona vive en su pequeño mundo, que es afectado por otros mundos pequeños y uno grande los arrastra. Al final, en el acto del homenaje suelta un discurso, que el autor, Juan José, lo tacha. Acaba con que se ha jubilado. Pero en el texto se lee lo que cuenta el doctor. Pide que se agrupen los pequeños pueblos en pequeñas ciudades para tener hospitales, cetros deportivos, espectáculos permanentes y que se declare el campo de interés nacional. Su esposa, Carmen, dice que ese discurso no ha gustado, él responde que ha dicho lo que su conciencia le ha dictado. Pero esta parte final aparece tachada.

Otra obra de teatro la escribió junto con A. Mirabent Acosta se titula «Krysia», un texto romántico, amor y desamor, que destila cierta crítica social. Este nombre es «Cristina» en polaco. Escaneo alguna página de un cuadernillo en papel oscuro. No pone fecha.

El tío Juan José tenía una finca en La Poveda, del municipio de Arganda del Rey – Madrid, que vendió antes de que la espectación sobre el suelo comenzase. Años después ese terreno se vendió a precio de oro. Su sobrina Marisa cuenta que algunos domingos iba en autobús hasta allá, donde le recibía el perro que tenían, llamado Lucas Gómez. El nombre de «poveda», viene de que era una zona con muchos chopos o álamos, que forman una poveda o alameda. Ubicada en las vegas entre los ríos Jarama y Tajuña.

La zona de la Poveda a comienzos del s. XX, con la azucarera a la vista.

Se convirtió en un barrio que pertenece al ayuntamiento madrileño de Arganda del Rey, con estación de metro.

Fue forofo del Real Madrid. Su afición le vino de haber sido jugador del equipo la Primitiva Amistad, una filial del Real Madrid que hubo en los años 30.

Juan José es el cuarto por la izquierda de la fila de arriba. El que está sentado a la derecha es Mariano Martín, a quien después de más de cuarenta años sin vberle, se encontraron casualmente en Moralzarzal, donde Martín compró un chalé en la colonia en la que la sobrina de Juan José, Lola Cañón, también.

Siempre decía que le gusta ver jugar los partidos, que lo importante no es ganar, sino ver buenos goles y jugadas memorables. Un domingo de 1979 estaba en mi casa, cuando televisaban el partido de liga Real Madrid contra el Zaragoza Club de fútbol. Su equipo perdió, en su campo, 3 a 2. Se me ocurrió aplaudir un gol del equipo contrario. Hice algunas preguntas que no contestaba, como que por qué siendo tan bueno el Real, perdía. O respectó el consejo de mi madre, que lo importante no es ganar, sino participar. La cara se le congestionaba. Mi madre me decía por señas que me callara. Mi padre que me fuera, pero no hice caso y cuando terminó el partido fue ¡la hecatombe!, ¡vaya enfado! gritó enfurecido contra mí. A mí me entraba la risa de verle así, hasta que mi padre me dio una colleja y me mandó al dormitorio, «pareces tonto», me dijo. Mientras, el tío, siguió despotricando, contra el arbitro, contra el tiempo, y con el son soniquete de «¡no hay derecho!» ¡Y ese energúmeno que no entiende de fútbol, sin parar de molestar» (Por mí.)

Una comida de Navidad. Lombarda con salchichas.
El tío Juan José fue muy sibarita.

Desde entonces cada vez que discutí con él, achacaba que lo que yo quería era llamar la atención. Decía muchas veces, y para mí ha sido un consejo de vida, que «pase lo que pase, no pasa nada.» La operaron de próstata. Le gustaba pasear y cuidaba la alimentación por su diabetes. Un gran conversador y muy culto.

El tío Juan José, con el abuelo Luis al lado, y su eterno piro en la boca, y la abuela Lola.
Tres mentalidades diferentes que convivieron en armonía.

Ana. Tía Anita. (Valladolid 2 – IX – 1902 – Madrid 1978) Costurera y modista, con taller propio en su casa. Soltera vivió con su hermano Juan José, en el mismo piso que su hermana Lola con su familia, de la calle Alonso Cano.

Tía Anita.

Una mujer muy delicada, de salud y elegancia. Cuando iba a la sierra se dedicaba a quitar los pétalos secos de las flores y las hojas de las plantas, para que lucieran.

La tía Anita es la tercera por la derecha de la fila de atrás. Detrás su hermano Juan José. A su lado su hermana Lola junto a su marido Luis Cañón. Al otro lado Eulalia, junto a su marido Vicente En el centro la madre de la tía Anita, Lola y Juan José y Vicente: Dolores Braña. A la derecha de ésta Lolita Cañón. A la izquierda de Dolores, Carmen Cañón y delante de ella su hermano Jose.

Por la noche dejaba en la mesita de su hermano un vaso de zumo de naranja. Y cuando llegaba del trabajo él la comida estaba preparada y servida.

La tía Anita con su madre Dolores Braña. Acompañadas de dos sobrinos.

La tía Anita en el centro. Parece que es un entierro al ir de luto, menos la pequeña
que es Marisa Cañón Ruiz, entre sus hermanas Ana y Lola. Al otro extremo la otra: Carmen.

La tía Anita con mi madre de novia, y el tío Juan José. Año 1959.

Los últimos años sufrió mucha fatiga por problemas del corazón. Era característico de ella su moño en forma de pequeña esfera detrás de la cabeza. Y que, al igual que su hermana Lola, siempre vestía con un vestido negro.

La tía Nita en el centro, celebrando la boda de su sobrina Any y Quique. Año 1962. A su derecha la tía Mari Carmen,
Lolita, Ramiro y Marisa. A su derecha su hermana Lola y su cuñado Luis.
La tía Anita con Gaby en brazos. Tras ella su sobrina Lolita, delante de ella Miry y su abuela Lola.
De seguido su hermana Loly, Goyín y la abuela Marucha.
La tía Anita a la derecha, con la abuela Lola al otro lado
el día de la primera comunión de Miry.

Vicente. Según consta en el periódico ABC, formó parte de la directiva de la «Sociedad Primitiva Amistad». Trabajó en una empresa (agencia) de seguros. Casado con Eulalia. Padres de tres hijos: Juanjo, Vicente y Antonio (muerto en mayo de 2023.)

Dos amigos de la familia, que han formado parte de la historia Pinto, en la rama Cañón.

Rafa y Antoñita. Rafael Uña Mata y Antonia Lodeiro Sánchez. Tanto monta, monta tanto…, porque siempre iban juntos a todas partes, a la compra, de visita, de viaje.

Rafael Uña

Era el año 1960 cuando mi padre se asomaba al balcón de su casa, que era también la consulta de él y del doctor Gómez-Lobo, cuando paseaba por la Plaza de los Caídos, calle García Noblejas, una pareja que aquel mismo año abrían un colegio no estatal, «Mater Dei», en la calle Caunedo, muy cerca de allá. Mi padre llamó por su nombre a quien era Rafa. Habían pasado años de no verse, pero se reconocieron. Fue compañero de estudios de mi padre, en Madrid. Coincidieron en hacer el Bachiller. Desde entonces se vieron casi a diario. Ellos no tuvieron hijos. Durante más de treinta años vinieron a cenar a casa todos los jueves. Rafa fue a buscar a mi padre a la consulta a charlar y dar una vuelta, también con el párroco del barrio, don Isidoro.

Antoñita con Gaby en brazos. Loly, nuestro primo Goyín, Miry y Rafa.

Rafa nació en un pueblo de Segovia. Murió en Madrid (25 – XI – 2010) Fue director del colegio, autorizado aquel año 1960. Era un piso añadido a su casa. Había dos aulas de enseñanza primaria, de clases unitarias. Todos los cursos se daban al mismo tiempo, lo cual requiere una gran organización. Rafa era muy metódico. Los alumnos le llamaban, sin que él se enterara «Fael». Pero a la cara «don Rafael». Un profesor muy estricto y muy recto. Estudio para sacerdote, pero antes de cantar misa lo dejó y se casó con Antoñita, que fue maestra en el colegio. ésta a su vez estudió y se preparó para ser monja. También sus dos hermanas, solteras, Isabel y Carmen, trabajaron de maestras. Fueron muy beatas las tres.

Merienda campestre. Rafa conmigo en brazos. Mi madre con Loly, Antoñita con Gaby y mi padre.

Contó alguna vez que en el seminario le enseñaron a tener fe y no preguntar. Le hacían barrer una escalera de abajo arriba. Fue muy creyente. Quise aprender latín, para saber el significado etimológico de las palabras y su sentido originario, a lo que se ofreció Rafa para darme clases en su casa una día a la semana. Fue cuando empecé a aficionarme a escribir. Me ponía ejercicios y era muy pedagógico. Fueron casi dos años. Más que aprender cogí nociones y afición a buscar la historia de las palabras, lo que acompaña a su significado. En el libro de Testut de anatomía, y en otros libros de ciencia, vienen muchos términos en esta lengua clásica que ayuda a comprender mejor lo que se estudia. Luego me quedaba a cenar con ellos. Una vez fui a Toledo con una excursión del colegio y me tocó explicar la pintura del Greco, que previamente estudié.

En la playa, de veraneo, año 1962. Rafa con Mury desde la izquierda, el tío Juan José, Ramiro Pinto Díez, la tía Anita, Lolita, a su lado su hermana Carmen Cañón,
delante Antoñita y en el extremo izquyierdo la tía Marisa con su sobrina Loly Pinto.

Antoñita y Rafa, miran a Miry.

Al colegio de Rafa y Antoñita fue Jose Luis Fernández, el actor que hizo del personaje «Pancho» de la serie «Verano Azul» (1981) Según Rafa se sabe el destino de las personas desde muy temprana edad. Lo comentó cuando salió en la prensa los problemas de este chaval con las drogas. De mayor, este antiguo alumno, hace colección de burritos de porcelana. A mis hermanos y a mí Rafa nos enseñaba métodos de estudio a modo de consejos: hacer esquemas, decir la lección en voz alta. Sin embargo he leído «Relatos de Naselem», en el que su autor cuenta su experiencia de la infancia, como alumno de este colegio, en el que les pegaban. A un alumno protestante le acabaron de presionar para que se fuera, además de castigos corporales, como el tortazo y la humillación de hacerlo delante de los demás compañeros. Dice que el profesor era falangista. Diré que siendo de mentalidad muy franquista y conservadora, y católica, no militó nunca en nada. Tenían un chalé en Toledo. Muchos domingos fuimos a comer a un restaurante, «Cachón», con ellos, que estaba enfrente de su colegio.

En mi primera comunión.

Antoñita Lodeiro, (Viana del Bollo, do Bolo, de Orense/ – 1995) Una mujer muy bondadosa. También pulcra, hasta el extremo de que cuando íbamos a su casa tenía preparadas unas gamuzas para deslizarnos con ellas y no ensuciar ni rallar el suelo. Mi hermano Gaby era como si fuera su ahijado.

Antoñita.

Antonio Lodeiro, Antoñita, la primera niña desde la izquierda.
Con sus padres y hermanos.

Un verano fuimos a verles a Redondela – Galicia, donde pasaban el verano, que Rafa aprovechaba para practicar su afición a la pesca. Viajando se hizo de noche cuando estuvimos en la Toja, donde no había plazas hoteleras. Dormimos en los coches. Yo y Gaby con ellos. Mi hermano contó un chiste y Antoñita se rió mucho, pero a continuación le explicó, pedagógicamente, que no le hizo ninguna gracia, pero que se reía para animarle a seguir haciéndolo. Es algo que recordamos muchas veces. Vinieron un par de veces a verme a León, camino de Galicia, adonde iban a veranear. La última vez Antoñita estaba muy delicada. No había ascensor en casa y la subí en brazos, lo que le dio mucho apuro. Se fatigaba.

Antoñita, a la izquierda, con mi madre. En la piscina de Tabarca.
En el comedor de la casa de la calle de Alcalá 383, 2º E y F donde vivieron los Pinto Cañón. Rafael a la derecha,
a su lado César, Ramiro y Antoñita.

Con Elena Pulido.

Murió en el chalé que tenían en Mazarambroz – Toledo, el año 1995. Su marido, Rafa, llamó a mi padre para que fuera a buscarles y llevarla a Madrid. Mi padre se negó, porque eso es un delito. Desde entonces la relación se enfrió y a los pocos meses no se volvieron a hablar. Sucedió en verano. Mis hermanos estaban fuera. Yo llegaba a la sierra, Moralzarzal, al día siguiente del entierro, sin saber que no podía ir nadie de la familia. Era al comienzo del veraneo. Mi padre ya estaba enfermo y andaba con mucha dificultad. No acudió nadie al sepelio, algo imperdonable y triste, que hizo que Rafa se enfadara con la familia. Me fastidió mucho. Hablé con él alguna vez y repetía lo mismo, echándonoslo en cara. Eran tan de la familia que la tía Lola les regaló una de las colchas que hizo en su vida. Al morir Antoñita, Rafa le ofreció a la tía Lola devolvérsela, pero la tía dijo que no, que era para ellos y se la dieron a su ahijada y sobrina, Esther. Ésta, arquitecto, casada y con un hijo, murió el año 2017 por un cáncer.

Algo que no supimos, pero sí una referencia y tirando del hilo llegamos al ovillo. Antoñita decía que ser idealista acaba mal, lo que hay que hacer es cumplir con el orden establecido, «ser bueno dentro de un orden». «Si lo sabré yo», decía, sin aclarar nada. Según mi madre alguien de su familia murió en la guerra.

Arturo Lodeiro.

Resulta que hay una historia curiosa y trágica. Una más que de no ser por su nieta se hubiera tragado el silencio y sepultado en el olvido. Antoñita, hija de un militar, Manuel Lodeiro Frey, que tuvo nueve hijos, entre ellos Antoñita, Isabel, Carmen, Arturo y cinco más. Familia de derechas y conservadora, con varios parientes en el ejército. Arturo trabajó de cerrajero. Fue un hombre bondadoso. Antoñita contó que una vez vio a un pobre que pasaba frío y le dio su abrigo. Añadía que «idealizó sus ideas». ¿Esto que significaba?

Arturo y Julia.

Gracias a una nieta de él, que recopiló la documentación y cartas que su madre escondía, supo al morir ésta, que militó en el sindicato anarquista CNT, a quien se conoció como «el anarquista de ojos verdes». Nació en Valladolid, 1905. El 27 de abril de 1940 fue fusilad con 35 años, tras ser condenado a muerte por sus ideas políticas. Acabada la guerra resultó había sido detenido en Valencia por haber sido el gehe de una «checa», lugar de represión contra el bando sublevado, los nacionales, con juicios sumarísimos. Está documentado que en agosto de 1936 participó en un “tribunal” como mecánico afiliado a la CNT. Quedó como prisionero en el campo de concentración de Albatera (Alicante) El año 1940, acabada la guerra civil, y consolidado el golpe de Estado fue fusilado junto a la tapia del cementerio Este de Madrid Se había relacionado con Julia Muñoz Ruiz, con quien se casó en artículo mortis y por poderes, horas antes de ser ejecutado. Ella estaba embarazada de Julita, que es quien recopiló su historia y la dio a conocer.

Arturo Lodeiro.

Ayudó a gente a salvarse, aun siendo de los enemigos, cuando no eran militares. Llegó a sospecharse que gue un espía, pero ¿cómo entonces le fusilan los nacionales? El año 2025 se ha publicado un libro sobre su historia.

Gabriel, Gabriel Gómez-Lobo Fernández-Almoguera, doctor Gómez-Lobo. Alto, «de buen plante», decían en la familia. Amigo de mi padre. Tenemos un gran recuerdo de él mis hermanos y yo. Fue padrino de mi hermano Gaby, cuyo nombre es precisamente por él. La madrina fue la tía Mari Carmen. Los dos solteros, en buena posición, atractivos, pero cada uno tenía su propia historia, que como todas no las sabemos, sino destellos.

A la izquierda Gabriel, junto a la tía Mari Carmen, con Gaby en brazos cuando es bautizado.
Mi padre con Loly. A su lado su madre Marucha. Entre ambos Luisa con su hijo Goyín

y su marido, Goyo, al fondo. Yo cogido por mi abuelo Luis.

Llegaba el día de los Reyes Magos a comer a casa saliendo del ascensor rodeado de juguetes, cajas, siendo era la sorpresa final, por no decir la traca final de regalos. También iba los jueves a cenar a casa, coincidiendo con Rafa y Antoñita. Aquellas noches discutían sobre política, a veces acaloradamente.

Gabriel Gómez-Lobo

Un año mis padres se llevaron un disgusto en las fiestas de Navidad. Para que no viéramos los regalos de Reyes que llevaba Gabriel los guardaron en el maletero del coche, entre otras cosas un organillo de juguete. Se los robaron. Por la mañana en la droguería de Paco prepararon varios paquetes con los restos que quedaban para que Gabriel siguiera ejerciendo de Rey Mago. Lo supimos años depués cuando dejamos de creer que fueran reales, pues lo contaba como recuerdo mi madre.

El día de mi comunión, año 1969. Chupándome el dedo, delante de mi padre que está al lado de mi madre.
Al suyo Gabriel. A mi lado Loly, Gaby con su padrino detrás. Y Jose grabando al fotógrafo.

Natural de Herencia – Ciudad Real, hijo de Enrique y de Concepción. Fueron siete hermanos, además de él: Laureano, Sagrario, Antonio, Carlos, Mª. José y Diego. Este último fue alcalde del pueblo los años 1943 – 44.

Como médico fue considerado una eminencia. Aunque ejercía de médico general, fue especialista en el aparato digestivo. El año 1955 ingresa en la plantilla de médico titular por oposición libre. El año 1956 impartió una conferencia en el Hospital de la Cruz Roja, sobre «Higiene de la vejez». Un año después dos lecciones magistrales. Una en el mismo hospital: «Tratamiento del reumatismo cardio vascular agudo». La otra en el hospital Ntra. Sra. del Buen Consejo: «Sobre la exploración endoscópica del aparato digestivo».

En alguna fiesta, brindan Gabrial de pie, con mis padres y Corchero y su mujer.

Las historias de amor nunca se cuentan, hay que deducirlas – inventarlas con la literatura, a veces más reales que la vida misma, al menos más que la que se cuenta. Pero en este caso, bromeábamos infantilmente con que se casara con la tía Mari Carmen, la soltera de la familia Cañón. Mi padre ya una vez dijo que dejásemos de decir tonterías. Preguntado por ello observó que cada cuál tiene su historia. Que tampoco se cuenta claramente. Pienso que la sociedad marca lo sentimental en moldes cada vez más rígidos, aunque parezca lo contrario, que sentir desborda al ser humano y los intentos de abordarlos ha abierto la Caja de Pandora, por eso se mantiene la tapa cerrada, con la válvula de escape de la poesía, novelas y los dramas. Lo que una vez me contaron fue que era de una familia rica del pueblo, basta ver los dos apellidos compuestos. Se enamoró de una chica, de familia humilde. No le dejaron casarse con ella. Pero decidió estudiar fuera la carrera de medicina, independizarse y volver para casarse con ella. En una época en la que no había teléfonos móviles, ni Internet. Estuvo varios años fuera. La chica pensó que se fue para siempre. «O ¡vaya usted a saber», oí decir cuando se contaba esto a medias tintas. es ddecir, la pudieron presionar para que en ese «olvido» se casara. Cuando volvió ella se había casado con otro y tuvo un hijo. Gabriel prometió que él sería fiel a su promesa y permanecería soltero hasta su muerte, como así fue treinta años después de aquel compromiso.

Tenía varios dedos de la mano amarillos, que decían era de fumar, pero tuvieron que amputárselos afectado por los Rayos X que en aquellos tiempos se usó mucho para los diagnosticar las enfermedades. Sin haber llegado a los sesenta años sufrió una hemiplejía, por la que se le paralizó una parte del cuerpo. Mi padre quiso que me despidiera de él, como hijo (varón) mayor. Me impresionó verle tan galán y su imagen enferma. Murió el 2 de mayo de 1985.

Las hermanas y el hermano de mi madre son: María del Carmen, Ana, José Luis y María Luisa (Marisa).

A la derecha, sentada, Lola Ruiz. Entre ella y su marido Luis Cañón Any y Marisa. Detrás Mari Carmen, Jose y Lolita detrás de su padre.
José Luis, con sus hermanas: Carmen, Lolita, Any y Marisa. De izquierda de derecha.
Por la izquierda: Mi adre, Lola, la tía mari Carmen, el tío Pepito, la tía Any y la tía Marisa.
En Jai Alai, restaurante de Madrid. En una de las celebraciones del tío Juan José. De izquierda a derecha.
Fila de abajo: Anitas, Santy, Borja, Alvarito, Marta, Belén. De rodillas: Gaby, Luisito, César, Miry. Segunda fila: Ana, Guaira, abuela Lola, Eva, mi padre, mi madre, la tía Marisa, el tío Quique, Loly, María, Cristina. Tercera fila: Tía Mari Carmen, abuelo Luis, tío Pepito, abuela Lola, Conchita, tía Any, tío Juan José, Quique, tío Quique, Jose Luis, José.
Lola, Mari Carmen, tío Pepito, Any y Marisa.

CARMEN, la tía Mari Carmen. (Madrid, 4 – VI – 1932 / Madrid, 10 – V – 2021) Una institución familiar. Soltera, lleva a gala la cantidad de sobrinos y de sobrinos nietos que tiene. Siempre pendiente de todos. Su nombre se lo pusieron en recuerdo a la madre de su padre, la abuela Carmen.

Carmen Cañón, delante de su hermana mayor, Lolita.

Nunca ha faltado a ninguno su felicitación en los cumpleaños y ¡la cuelga! Una costumbre de León, que ella exportó a su sobrinada. Se entregó a cuidar de sus padres y tíos. Para ella la familia fue su patria.

La tía Mari Carmen.

Tuvo un novio, que le propuso ir a Argentina, pero ella no quiso. Creo que de pequeño le vi una vez en la piscina «Tabarca», pero es una nebulosa incierta. Vivía en Alonso Cano. Antes tuvo otro que estudiaba derecho, Ángel Serra. Fueron pretendientes más que novios, pues nunca fijaron una fecha para casarse.

Carmen Cañón en el medio, de pie, entre amigas. Debajo su hermana Loly a la derecha y Any la tercera de abajo por la derecha.
A la derecha la tia Mary Carmen, junto a sus hermanas Lolita y Any.

Comprando con su hermana Loly en el mercadilo de Moralzarzal – Madrid.

De estas cosas no se habla, y parecen las referencias biográficas las de los libros de texto: Fechas, títulos académicos y referencias pomposas, de manera que se acaban disecando los recuerdos. A la posteridad es necesario enviar el latido de la memoria.

La tía Mary Carmen con Rayo en brazos. A su lado la abuela Lola, bisabuela de Rayo. Cuando mi madre y sus hermanas se conjuraban para llamarle Ramirín, ella, la abuela Lola, les preguntó que cómo se llaman, y ¿por qué?, porque vuestros padres os pusimos el nombre. «Él se llama Rayo». Y se acabó la discusión.

Año 1988.

La tía Mari Carmen con Daira a su derecha. En el porche del chalé de Los Pinto de Moralzarzal.

No fue feminista, pero trabajó cuando pocas mujeres lo hicieron. Estuve alguna vez en su oficina, lujosa, en la sede del banco de Fomento, en la avenida de La Castellana – Madrid. Nos recibía un botones muy elegante y educado. Le llamaba «señorita Mari Carmen», lo que me extrañaba oírlo. Era la secretaria del «jefe», el vicepresidente del banco, don Pedro, Pedro Guerrero Jurado. Cuando murió (1987), la tía Mari Carmen siguió llevando los papeles de su viuda Fernanda Guerrero hasta que falleció (2001) Don Pedro estudió la carrera de Derecho y fue reconocido con la medalla al Trabajo. La tía contaba que empezó trabajando de botones, fue un gran banquero porque conocía todo el escalafón de la empresa al dedillo, ya que había pasado por todos los niveles. Cuando el año 1994 se fusionó «su banco» con Caja España, se llevó un disgusto. Iba a dejar de ser su trabajo el de un ambiente familiar en el que tenía todo previsto, impecable y ordenado. Pasado el tiempo, con los casos de corrupción en las Cajas, y en la de España también, se corroboró y se avergonzaba. Además comenzaba la época de los ordenadores y ella no estaba preparada, sí para la taquigrafía y escribir a máquina.

La tía Mari Carmen en el típico ricnón del chalé de Moralzarzal. A su derecha nacho, el marido de Ana, frente a él.
Al lado de ella Loly y la siguiente Marta, con una de sus sobrinas en brazos.
La tía Mari Carmen con su hermana mayor, Lolita.

Otra secretaria compañera suya fue Lolita, muy amiga de la tía. Ambas expertas mecanógrafas y taquígrafas. La tía escribía a máquina a una velocidad increíble, sin mirar las teclas. A mí, una vez, me pasó un trabajo a máquina. Me dio libros de economía, que al cabo de los años leí algunos, muy interesantes, de algunos Premio Nobel, para hacer mi estudio sobre la Renta Básica. Eran libros buenísimos, que ella decía que nadie los lee. Vivió el cambio del trabajo de oficina con típex, papel de calco y anotaciones en un cuaderno, al de la máquina eléctrica y luego a los ordenadores, que ella no entró. Para ella fue otro mundo, que coincidió con su jubilación. De las cartas a los correos electrónicos.

Fue guía turística en viajes colectivos de verano. En esta labor conoció a una compañera que se apellidaba «Cañón», sin ser familia, Juanita. Una amiga de ella es Feli, compañera del colegio.

Feli es la segunda por la derecha. A su lado izquierdo Carmen Cañón. Al otro lado Lola Cañón y Tere,
una amiga de Anclares de la Oca.

Con su amiga Feli, en un viaje. La Mari Carmen hacia de guí en algunas ocasiones.

La tía veraneó en Moralzarzal en la misma colonia que el nuestro. Primero con su familia, luego sola, pero era el centro de encuentro de los primos. Hasta que lo vendió, cuando ya los años empezaron a pasarle factura y varias enfermedades, y el comienzo de Alzheimer, hicieron que ingresara en una residencia. Muy deteriorada ha de estar en silla de ruedas.

La tía Mari Carmen en casa de los Pinto con su madre, la abulela Lola
y con su cuñado Ramiro Pinto Díez.

Los sobrinos Pinto Cañón, Ayala Cañón, los Jímenez Cañón y los Cañon Mendaro. Sentados de izquierda a derecha: Luisito, Ana, Eva, Santy, Borja, Cesar. De pie: Gaby, Ana, martita, Quique, Guaira, Mury, Loly, Marta, Cristina, maría, Alvarito y Jose. Seguro que esta forto la hizo la tía Mari Carmen, otras de sus aficiones, sacar fotos a la familia.
Año 2016

En Navidad ponía un belén, que era de su abuela, que tenía desde pequeña. Estaba la figura del tío Gilo, calentándose las manos, con capa. Los Reyes Magos iban montados en caballos. Un castillo de corcho, y las figuras típicas de barro. Se lo regaló a César para que continúe la tradición belenística de los Cañón.

Ante el Belén de la tía Mari Carmen en casa de los abuelos Cañón Ruiz, Rayo, Omar y Ramirín Pinto Prieto. Año 2001.

Tras una enfermedad que la fue desgastando murió el 10 de mayo de 2021. Su recuerdo siempre, tía Mari Carmen.

Siempre pendiente de la familia, dejó en su testamento el deseo de que se reunieran sus hermanas y sobrinos/as. Lo que hicimos un año después debnido a la pandemia, el día que hubiera cumplido 90 años, el 4 de junio de 2022. Lo celebramos en el Pardo, en una comida organizada por el tío Quique que fue su albacea.

Ante la iglesia San Juan de la Cruz, Madrid. En la que se casó la tía Marisa y se bautizaron los Ayala Cañón. Y a la que iba los dominmgos la tía Mari Carmen. De izquierda a derechay de abajo hacia arriba: Belén, Quique, Ana, Borja, Asu, Guaira, Marisa, Marta, Alvarito, Cristina, tía Any, la tía Conchita, Yolanda, Loly, Marta, Elena, Ramiro, Luis, César, Gaby Elena.

De izquierda a derecha: Ana, Javier, María, Loly, Jorge, Marisa, Any y Nacho.
De izquierda a derecha: Álvaro, Cristobal, Belén, Miry, Yolanda, Marta, Fernando y Mercedes.
Jose, Anita, Asu, César, Elena, Luis, Santy y Margarita.
Eva, Elena, Javier, Quique, Cristina, Marta, Gaby y Borja.

JOSE, el tío Pepito, José Luis. (Madrid, 1934 – 2019) No le gustaba que le llamásemos de esta manera cuando fue mayor. Es como le llamábamos de pequeños. Es curioso que la mayor parte de las cosas que conocemos de las personas son de oídas y, en la modernidad por Google. Los recuerdos quedan difuminados y ¿de qué nos acordamos? Las anécdotas suelen ser los puntos de apoyo de la memoria.

Jose Luis Cañón de «capitán» de barco.

José Luis el de la izquierda de la fila de arriba.
Jose Luis Cañón, en Redipuertas.
José Luis con sus hermanas. Carmen a su derecha y al otro lado Any y Lolita.

Estudió la carrera de Derecho. En el colegio se hizo amigo de un compañero que era hijo del rey de Marruecos, oí contar alguna vez. Cuando era sultán, antes de ser rey. Y creo que fue a este país a visitarle una vez. Parece ser que en el vieje de fin de estudios.

José Cañón, pujando a la Virgen del Carmen, a la derecha, en Redipuertas.

Casado con Concha Mendaro Corsini, la tía Conchita , el año1964. Siempre nos llamó la atención por lo delgada que es y lo fina y elegante. Aficionada a realizar esculturas en barro y en bronce. Fue vocal de una empresa de promoción de inmuebles en Barcelona entre los años 1990 y 1994 y figura en Burotec de Costa Rica. Hija de Miguel Santos Mendaro Romero, Caballero de Honor de la Orden de Malta. Falleció el año 1998. Venía de una familia de quien fuera la marquesa de santa Teresa. Parece ser que se hizo monja y cuando murió donó su casa al convento. La madre de Conchita es Carmen Corsini Marquina, fallecida el año 1997. Los hermanos de la tía Conchita fueron: Carmen, Miguel, José María, Lourdes, Juan Carlos, Manuel, Cristina, Ignacio (encargado del artivo de Guajaca, México), Gloria y Fabiola. Juan Carlos Mendaro Corsini se casó el año 1979 con Carmenchu Posada Moreno, hermana de quien fuera presidente de la Junta de Castilla y León (1989 – 1991) y ministro de Agricultura (1999 – 2000) Jesús Posada Moreno, que por mi vinculación con León, el tío Pepito me comentaba que eran familia. También parece ser que un primo de Conchita es marqués de la Casa Mendaro, de quien se cuenta que pintó su casa de color rosa porque una vez que fue a visitarle Jacqueline Kennedy dijo que este es su color preferido. Lo hizo en homenaje a ella.

El tío Jose, fue el padrino de mi hermano Jose, onomástica (como arte de nombrar) que le pusieron en su honor. Se dedicó al mundo de los negocios. Mi madre siempre que queríamos saber algo decía «no preguntes, ¿qué te importa?», pero se dicen cosas y querer saber más es propio de la curiosidad humana. Luego vino no acordarse de nada, pero queda el eco de lo oído. La memoria forma parte del reconocimiento de las personas.

Estuvo metido en líos. Mi padre decía que a la gente que quiere ser rica le pasa eso, tienen que «arriesgarse», en el sentido de aventurarse y atreverse a lo que otros quedan cohibidos. Recuerdo una casa a la que le fuimos a ver al tío Pepito de pequeños, con un perro pastor alemán. Y un coche «Tiburón», que debía ser exótico y de lujo. Yo tenía siete años y me acuerdo, como si fuera un símbolo de lo despampanante de aquel automóvil. No supe hasta recientemente que se lo embargaron, un Citroën modelo «Tiburón» (Boletín Oficial de Madrid, 24 de febrero de 1968.)

En el altar, José Luis y Conchita. Año 1964.

Para quienes convivieron con él en su familia para él el dinero era una consecuencia de su interés por la aventura empresarial, era parte del premio.

Dentro de su historia empresarial, el representaba el papel novelesco que consideraba mas justo… Jamás inculcó a sus hijas e hijo un interés por el dinero, sino todo lo contrario, el dinero iba y venía.

Se arruinó y volvió a reconstruir sus empresas y nuevos negocios, lo que nunca vivió como una desgracia, sino que eran épocas diferentes. Su talante y su alegría nunca cambio por eso.

Fue un hombre generoso, con un sentido de la justicia muy fuerte, tanto como el de la familia. Transmitió a su familia muchos valores, fue un hombre valiente, disfrutón, culto, y hacedor de buenos actos.

“El dinero no solo corrompe a quien lo tiene, sino también a los que lo ven con ojos ajenos.”

Tía Conchita, año 2022.

En Madrid puso un negocio de calzado, en el que estuvo su padre, mi abuelo Luis: Manufacturas del Calzado CyL Sociedad Limitada, una fábrica, que luego puso varias tiendas en Madrid. Una en la calle Puerta del Sol, 10. Al abuelo Luis trabajó como representante. Se suceden una tela de araña de denuncias, deudas, embargos que se recogen en varios boletines oficiales de la provincia de Madrid, de lo que escuchamos hablar a nuestros mayores, pero como un eco lejano, sin saber nada a ciencia cierta. Es curioso que en una de las lecciones de la licenciada Ana Lucía Espinosa, en sus clases de Derecho Comercial, pone un ejemplo de la venta de un inmueble en sucesivas ocasiones, con una que estuvo de por medio Jose Luis Cañón Ruiz. Esto formó parte de la historia de la familia, de su paisaje vital, con el tío Pepito que decían que tenía muchos pájaros en la cabeza. Y siempre nos cayó bien porque hablaba de una manera muy especial, como que cualquier cosa que dijera fuera importante. Y su sentido de la familia era lo más importante. Es a la única persona que exclamaba de manera elegante: ¡Corcholis! (como sinónimo de caramba) y ¡me cáspita! (a modo de «me admiro» o asombro.)

Jose Luis Cañón Ruíz.

Fue esta serie de circunstancias las que le hicieron irse a vivir a Costa Rica, donde también puso una fábrica de calzados. Le oí contar una vez que allá pagaba el jornal cada día, porque si lo daba al mes al verse con dinero no volvían a su puesto de trabajo hasta que no les quedara nada. Era otra forma de entender la vida.

Se fue a este país de centro América con su mujer, la tía Conchita, y tres de sus hijas, allá nació la cuarta, y luego al volver tuvieron la quinta: María, Eva, Santy, Guaria y Ana (Anita.) Allá estuvieron varios años. Recuerdo que el día de Noche Buena, que celebrábamos en casa de la abuela Lola, estábamos pendientes de que llamaran para felicitar la Navidad, lo que la abuela y las hermanas de él vivían con especial emoción.

La familia Cañón Mendaro. De izquierda a derecha: Guaria, detrás maría. Sanry. La tía Conchita. Anita. El tío José Luis. Eva.

Al volver a España se dedicó al negocio de la construcción. Secretario de Promisa, cuyo presidente era su cuñado Carlos Mendaro. José Luis fue también vocal de la Sociedad Rivas 92, cuyo presidente fue Jacobo Corsini. Recuerdo que a primero de los años 80 yo iba los sábados y domingos a informar de naves que vendía en Leganés, creo. Era una zona industrial en la que varias fábricas cerraron, y se ofrecían para que sirvieran de talleres para trabajadores autónomos, que podían seguir fabricando algunas piezas por su cuenta, que luego vendían a otra industria. Creo que años después se recalificaron los terrenos, se clasificaron como urbanos para construir pisos. Yo aproveché las horas que pasé allá para leer. Una vez, recuerdo que llegó uno de los jefes de la empresa y recriminó a los obreros que iban muy despacio. Yo les veía que no paraban de trabajar y sudar. Aquel señor cogió un martillo y un dintel o lo que fuera y se puso a golperlo contra el suelo con energía, poniéndose de ejemplo. Yo que había salido para saludarle, le dije que siguiera. Que no es lo mismo un ratito que llevar toda la mañana dándole a a la pala y sin parar de picar. Me miró, sin decirme nada.

Jose Luis con sus cuatro hermanas. De izquierda a derecha: Mari Carmen, Lolita, Any y Marisa.

Mi hermano César, trabajó de abogado en su empresa. El caso que tuvo más repercusión mediática aparece el el Boletín Oficial de Badajoz, 16 – II – 2001, en el que la empresa es absuelta de una acusación de atentar contra el Medio Ambiente. Aparece César en el expediente con el segundo apellido «Cañete». Enfermó de Parkinson. Siempre habló con mucha parsimonia y cultura. Fue un gran lector, al que le gustaba mucho la Historia. Decía que quien lee un libro no tiene que marcar la página en la que lo deja, sino buscar donde ha dejado la lectura, porque se tiene que acordar de la página por la que va. Tras una larga enfermedad murió el año pasado (2019), quede el recuerdo y nuestro cariño.

  • María Teresa Cañón Mendaro. María. Nace en Madrid. Casada en la finca de sus padres en la Zarzuela – Badajoz, el año 1992 con Ramón de Meer Madrid, militar profesional, de familia de militares en varias generaciones, de la academia de Zaragoza. La tía Mari Carmen se sentía muy orgullosa de este parentesco tan patriótico. Fue testigo del enlace nupcial el Duque de Abrantes, entre otros miembros de la familia. Este título corresponde a Jose Manuel Zuleta y Alejandro (Melilla – 1961), que cuando comenzó el reinado de Felipe VI, se convirtió en el asesor y hombre de confianza de la reina Letizia, Secretario Personal de su majestad la Reina. Casado con Ana Pérez de Guzmán y Lizasoain.

    María ha salido en algún programa de televisión impartiendo clases de cocina, con aparatos muy sofisticados. En el canal 13 TV. Trabajó en una empresa de alquiler de aviones. Sus clientes más frecuentes, de entonces fueron los Albertos. Tienen cuatro hijos: Ramón, abogado. Estudió en la universidad «Francisco de Vitoria», Humanidades, de Pozuelo de Alarcón – Madrid. José, oficial del ejército. Formado en la academia de Zaragoza. María y Miguel.
María y Ramón. Año 2022.

El año 2022 se hacen abuelos con una hija de Ramón hijo que se llama Catalina.

  • Eva. Madrid. Se dedicó a hacer quesos en la finca de su padre, la Zarzuela. Creó una industria alimentaria con criterios ecológicos. Al cabo de unos años dejó esta actividad y trabaja como coordinadora del museo de bonsáis en Alcobendas – Madrid.

Eva con los brazos cruzados, celebrando el 85 cumpleaños de la abuela Lola.
A su derecha las hermanas Ayala Cristina y Marta. Abajo su hermana Anita.

  • Santiago José, Santy. Nació en Costa Rica. Cuando fue pequeño paseé con él alguna vez por el parque del Retiro. Su especto físico siempre me ha recordado al poeta Rimbaud. Y de más pequeño al Principito. Cuando se lo he dicho pasa de ello y de la poesía. Ha trabajado de cobrador de la Hora. La tía Mari Carmen decía que a su padre le hubiera gustado que fuera militar, pero no le dio por ello.
Santy a la izqueirda. A su lado sus primos Borja, Jímenez, César Pinto, Luisito, Elena Carchenilla, Marta Ayala junto a su cónyuge Fernando Pérez-Batallón, delante de éste Gaby junto a su esposa Elena Pulido y la mujer de Luisito: Asu.
Año 2022
  • María Carmen. Guaria. Nació en Costa Rica. Su nombre, Guaria, es el de una flor, la orquídea, típica de aquel país. Es arquitecto. Trabaja como tal en el estudio paisajístico de Luis Vallejo, para diseño de jardines., con cuyo director se casó. La piedra es la base de los proyectos de esta empresa, siguiendo la tradición japonesa, según la cual se la considera un objeto sagrado. Se considera que «un jardín debe hacer trabajar la imaginación». Han llevado a cabo múltiples proyectos, y llevan el museo del bonsái en Alcobendas – Madrid. El año 2008 el emperador de Japón, a través del embajador de este país en España concedió a Luis Vallejo, como director del mismo, el mérito de la Orden del Sol Naciente. El año 1995 escribí una novela que puse en práctica, «Conspiración Bonsái». Se llegó a desplegar mucha información contra los bonsáis, desde la Asociación para la Liberación del Bonsái» (ALBO), algo que inventé, pero que se difundió su existencia y labor por salvar a los arbolitos de serlo y que crecieran de su forma natural. Más que una mentira fue un experimento sobre cómo se construye la realidad. Le preguntaron en una entrevista por este asunto y respondió que no teníamos pruebas de que sufrieran. Casualidades del destino este cruce de coincidencias.
Guaira. Año 2022.

Tienen tres hijos: Daniel, Tomás y Simone.

  • Ana María. Anita. Nació en Costa Rica. Es escenógrafa. Casada con César Melgar Guimaraens, que estudió en la universidad Alfonso X El sabio. Es director técnico en Saint Gobain, empresa francesa que empezó como compañía vidriera y en la actualidad fabrica materiales para estructuras y de alto rendimiento.

    Tienen tres hijos: Gabriela, Carmen y Niko.

Ana. Tía Any. (Madrid, 20 – 07 – 1935) Dedicada a sus labores. Visitar sus casas era ir a lugares de lujo, con ambientes de postín. Recuerdo el piso de la calle Orense – Madrid.

Ana Cañón entre sus hermanas Carmen y Lolita.

Ana Cañón Ruiz

Ana trabajó en Las oficinas de La Corona, una tienda de zapatos, junto a su hermana Carmen, en las oficinas de la calle Fuencarral de Madrid.

La tía Any en un primero plano con dos amigas.

Luego se trasladaron a una casa inmensa en Villafranca del Castillo, una urbanización del municipio de Villanueva de la Cañada – Madrid. En ella conocieron a Matías Prats Luque, famoso presentador de televisión, ahora en los telediarios de Antena 3. Jugaba al tenis con la familia. En este lugar está la Estación de Seguimiento de Satélites de España. Luego fueron a la urbanización Puerta de Hierro, junto a La Moraleja. Donde tiene su casa Isabel Presley, que fue cuando vivió con el ministro Miguel Boyer. Con un amplio jardín, en él hacía la tía Ani un nacimiento por Navidad muy grande y con unas figuras preciosas. Hace colección de cucharillas. Otra cosa que nos llamaba la atención es que tuviera de un cochazo que cuando no lo conducía ella o el tío Quique lo hacía un chófer. Trajo a la tía Lola hasta León, tras una enfermedad que le hizo pasar unos días en el hospital, y no paraba de contar esta experiencia.

A la izquierda la tía Any, junto a sus hermanas Lolita y Carmen.

Un matrimonio portugués atendía la casa y el jardín, hasta que se jubilaron. La casa se les hacía muy grande, pues ya vivían ellos solos, y volvieron a otro piso, cerca de la calle Orense, junto a la Castellana y cerca del Corte Inglés. También al lado de la calle donde vivió la tía Mari Carmen, y en la que vivieron los abuelos Luis y Lola, el tío Juan José y la tía Anita: calle Alonso Cano.

La tía Any, a la derecha, flanqueando con su hermana Carmen, a la mayor, Lolita, el día de su boda.

Ha viajado por medio mundo. Un par de veces viajando por el extranjero nos encontraron, una de ellas en Roma. Nos vinieron a ver cuando viajábamos con mis padres, como decía mi madre «por esos mundos de Dios».

De izquierda a derecha: El tío Quique, la tía Any, la tía Marisa, Maria Luisa, conmigo en brazos. Ella fue la matrona del parto y ochos días después dio a luz a su hijo mayor, Gorín. Detrás de ella el tío Pepito. A continuación Goyo, el marido de Luisa, y la tía Mari Carmen con Loly en brazos.

Veranean desde hace años en Vivero – Lugo, donde se junta la familia y disfrutan del paisaje, la pesca, siendo su lugar de descanso, aunque ella con tanta familia siempre está ocupada en las labores domésticas.

En Sevilla. La tía Any, Belén au lado, Loly y Gaby enfrente
y en la delantera Marta y yo.

Año 2025, en Vivero – Lugo, celebrando el 90º cumpleañós.
Un año menos que al año que viene.

Casada el 16 – XI – 1962, con Enrique Ayala Hernández, el tío Quique (Badajoz, 10 – 11 – 1932), que estudió ingeniería Industrial en la Universidad Politécnica de Madrid.

Enrique Ayala: El primero de la izquierda arrodillado. Año 1948. Con 16 años jugaba en el Badajoz B. Forofo del Real Madrid, el año 2012 le entregaron la medalla de oro y brillantes por sus 60 años de aficionado de este equipo, de la mano de Florentino Pérez y Di Stefano. Y pescando en los Andes, Argentina. Año 1993.

El apellido Ayala parece ser que es de origen vasco. Un tío abuelo de Enrique Ayala es el padre Ángel Ayala y Alarcó, de Ciudad Real (1867 – 1960) Fuindador de la Asociación Catolica de Propagandistas y otros proyectos, siendo un miembro relevante de la iglesia católica. Dijo como enseñanza de vida que lo más importante en la vida es la familia.

Enrique fue compañero de Rodolfo Martín Villa, un leonés de Santa María del Páramo, que ha sido ministro en diversas ocasiones, con la UCD y el Partido Popular. Los alumnos de la promoción se suelen reunir, al menos una vez al año.

Boda Ana Cañón y Enrique Ayala. Año 1962.

El tío Quique trabajó para el grupo empresarial Rumasa cuando empezó la expansión de esta empresa. Oí decir a mi padre que era un orgullo hacerlo, pues este empresario elegía a los mejores en sus respectivos ramos. Al expropiar el gobierno esta sociedad comercial, el tío Quique adquirió una de las empresas constructora-inmobiliaria. Fui a verle una vez a su despacho de la Torres de Colón, porque me invitó a que fuera a su nueva oficina, lo que hice en bicicleta. A uno de los pisos de arriba. Me acuerdo de un sistema como de tobogán envuelto en tela, para salir en caso de incendio.

En el centro Ana Cañón. Detrás de ella su recién marido, Enrique. A su derecha Marisa cañón con Loly en brazos,
su sobrina mayor.
A su lado Luis Cañón, el patriarca. A la izquierda de la novia Lolita y la madre de ambas, Lola Ruiz.
Detrás Ramiro Pinto, Carmen con Miry en brazos y el tío Pepito. Año 1962.

Buen conversador, con planteamientos muy prácticos. Una vez que fueron él y la tía Any a cenar a casa, cando yo era pequeño, dormíamos en el cuarto contiguo al comedor. No me dormía y me dijo que cambiara de posición la almohada, que la diera la vuelta, para que estuviera más fresca. Argumenta con datos estadísticos. La gusta jugar al tenis, como afición casi obligada para mantenerse en forma. Con el paso de los años participa en campeonatos nacionales de veteranos, de a partir de 35 años. En la categoría de más de 85 años, en el XLVII Campeonato de España, disputado en el Club Deportivo Font de Sa Cala de Mallorca, llegó a la semifinal. Aficionado al fútbol es socio del Real Madrid. De joven jugó en el equipo de fútbol del Club Deportivo Badajoz, que se fundó el año 1905. También tiene un bono para las corridas de toros de la plaza de las Ventas. Le gusta la pesca. Una vez fue al coto de Marne y visitó a la tía Lola. Y juega al dominó. El año 2013 obtuvo el segundo premio de este juego de mesa, siendo pareja de juego su hijo Luis, en el campeonato de la Asociación de Ingenieros Industriales.

La tía Any conmigo en brazos y el tío Quique con Loly.
La tía Any junto al carro, donde van en la mparte de delante Miry con su primo Quique.

Ha trabajado en varias empresas de promoción inmobiliaria, en Madrid y en Canarias. Del Consejo de Administración de Coviviendas, SA, también en PROPAEM, SA. (empresa inmobiliaria.) En algunas como promotor de la construcción de viviendas.

El tío Quique. A su derecha su esposa Any Cañón, Gaby y Lucía. Enfrente Jose, la calva de Miry y la tía Mari Carmen.
Año 2006.
El tío Quique en primera línea. Tras él la tía Any. A su lado la homenajeada al cumplir 90 años, Lola. La tía María Luisa y la tía Marisa. Año 2020.

Enrique Ayala y Manuel Villanueva, finalistas en el Campeonato de España
de tenis de veteranos de 2022 en la Rafa Nadal Academy.

El tío Quique fue el primer cvampeón de España de tenis de más de 90 años. Jugó el campeonato en Palma de Mallorca, junio de 2022. Al volver enfermó de neumonía por el coronavirus, recuperándose y apareciendo su gesta deportiva en medios de comunicación: televisiones, radios y revistas.

Revista «Pronto», octubre de 2022.

Después de haber estado muy enfermo del covid durante la pandemis, se recuperó y con una gran endereza y fuerza de voluntad ha participado en el 51º Campeonato de España MAPFRE de Tenis Veteranos Individu que se celebró el 27 de mayo al 4 de junio de 2023 en el Club Atlético Montemar de Alicante.

LLegó al Campeonatos del Mundo de Veteranos, ITF Masters Tour World Championships, de las categorías más altas de edad, en la de mayores de 90 años.
Celebrado en Palma de Mallorca. Foto con Rafael Nadal
y en el fondo el jugador de baloncesto de la selección española Pau Casal.

Octubre de 2023.

La tía Any con sui hija Ana. Año 2022.

La tía Any y el tío Quique tienen 6 hijos: Ana, Kike, Luisito, Cristina, Marta y Belén.

Los nietos de la tía Any y el tío Quique.

Enrique Ayala, al marido de Any, tiene cuatro hermanos: Gerardo, María (Maruja), Juan (Juanito) y Miriam

Juan ha trabajado en el Cuerpo especial de Inspectores Financieros y Tributarios. Admitido en el servicio de inspectores del Ministerio de Hacienda el año 1973.

Gerardo: (Badajoz, 1940) Estudió arquitectura en Madrid (1968) Crea el «Estudio Ayala» haciendo múltiples proyectos, muchos de ellos premiados y valorados en el ámbito Internacional. Interesado en la rehabilitación de edificios. Ha rehabilitado entre otros el Palacio de Camarena, actualmente sede del Colegio de Arquitectos de Cáceres; el Ateneo de Cáceres. Autor del proyecto del edificio del Ministerio de Interior en Canillas – Madrid. La nueva sede del Banco Popular, en Madrid. Otros como el teatro municipal de Xativa – Valencia; La Ciudad deportiva de las Rozas – Madrid.

Gerardo Ayala

Ha sido profesor invitado en la Universidad la Sapienza de Roma. Comisario del pabellón español de la Bienal Internacional de Arquitectura de Venecia (2002) Académico de la Real Academia de Letras y Artes de Extremadura. Desde muy joven estudió pintura en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Ha participado y hecho exposiciones de sus cuadros.

Casado con la señora Calvo, tiene dos hijos, también arquitectos que trabajan juntos: Mateo (Ávila, 1970) y Marcos (Ávila 1972) El primero es profesor en la universidad Alfonso X El Sabio. El segundo en la universidad Camilo José Cela.

En el estudio de arquitectos Ayala, padre e hijos.
Edificio diseñado por Gerardo Ayala, en Madrid, Las Rozas. Sede del Banco Popular.

María, Maruja (Badajoz 1936 – septiembre 2020). Casada con Mario Alonso, notario. Es éste quien hizo la declaración a mi padre, quien se ponía nerviosísimo con este menester. Maruja enviudó. Ha falleció de la enfermedad de coronavirus este año 2020. Padres de cuatro hijos: Mario, Gerardo, Ana María y Enrique.

Garardo y Maruja al fondo, con sus hijos delante de ellos. Loly Pinto en el medio al lado de sus primos Ayala y la tía Any.

Mario. (Badajoz, 1960) Fue guitarrista del grupo Pop «Mario Tenia y los Solitarios», que fue parte de la movida madrileña de los años 80. Licenciado en Ciencias Económicas (1981) y en Derecho (2002). Presidente y socio fundador de «Auren» (1988), dedicada a hacer auditoría y como consultoría para finanzas corporativas. Presidente del Instituto de Censo-res Jurados de Cuentas de España. Árbitro de la Corte de Arbitraje de la Cámara de Comercio e Industria de Madrid. Miembro de la Junta Directiva de la CEOE. Vocal del Consejo Social de la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de contabilidad y auditoria de cuentas en la universidad de Alcalá de Henares.

Mario Alonso Ayala.

Aficionado a la naturaleza, estudia el mundo de los pájaros. Hace años estuvo preocupado por los parajes naturales, como Vidrieros de Palencia, siendo amigo de Fernando Jubete, de Ecologistas en Acción. Un espacio que actualmente está protegido cuando a finales de los años 80 se quiso anegar bajo las aguas de un embalse, que finalmente no se hizo. La gusta la pesca, solía ir a los ríos de países nórdicos.

Ha escrito varias obras literarias, publicadas, como «Relatos liberados» (2013); «Cuando el silencio miente» (2019); «Bandera blanca» (2017); (No esperes que un tigre se haga vegetariano» (2018) y relatos en obras colectivas.

Mario en su despacho de la consultoria AUREN. Año 2022.

Gerardo. Trabajó en los servicios jurídico en Auren. Casado con Ana Bernáldez de Aranzábal. Tuvieron dos hijos: Marta y Gerardo. Murió a consecuencia de un cáncer el año 2014. En su juventud también formó parte del grupo musical «Mario Tenia y los solitarios» donde fue guitarrista. Su hermano Mario fue el del instrumento de la guitarra rítmica y compuso algunos temas. Su primo Jesús Pachecho fue el bajo / guitarrista y el compositor encargado de hacer las letras y la música la mayor parte de las canciones del repertorio, así como el arreglo de otras adaptaciones que interpretaban. Un grupo de música Pop que formó parte de lo que se llamó «la movida madrileña» en los años 80. Así queda en el recuerdo.

A la izquiersda Mario. En el medio Gerardo y a la derecha con el sombrero Jesús.

Jesús Pacheco fue el único de los tres que quiso continuar en el mundo de la música, reenganchándose en otro grupo pop «Los Frenillos» fundado el año 1985 y disuelto cuatro años más tarde. Previamente se intentó formar el grupo «Los Solitarios». Jesús quedó en la bohemia de la vida. Era hijo de una hermana de la madre del tío Quique, de ahí el parentesco de primo con los Ayala. Hijo de Hermógenes. Una hermana de Jesús es Estrella, que junto a su marido Domingo (militar) tuvieron tres hijos: Estrella, Esperancita, Domingo y un cuarto al cabo de los años. Les veíamos en las fiestas de las primeras comuniones y algunos cumpleaños de los primos Ayala. Lo mismo que a los Alonso.

A la derecha Loly, yo, Quique y César. Más arriba Gaby.
Tras él Jose y Ana. La de arriba del todo es Estrellita y a su derecha Esperancita.
En uno de los cumpleaños, uno. Miry a la derecha. A si lado Marito, Gerardo. Al otro extremo Jesús y Loly.

Asistí a algunos ensayos del grupo «Mario Tenia…», me invitaron, pienso que para que lo viera como una curiosidad, pero a mí no me llamaba lo de los grupos musicales, sobre todo porque estaba empezando a brujulear con grupos de participación política en la universidad, hacer revistas y reivindicaciones. Incluso en la Facultad, en las que estuve de paso, aunque lo que hice lo tomé muy en serio porque los estudios me interesaron, los de la tuna eran como la parte opuesta a la Delegación de Actos Culturales (DAC) No me llamó eso de la movida, para mí era parte de la sociedad del espectáculo y de consumo que comenzaba a criticar, por más que estuviera entretenido y fueran los del grupo simpáticos y animando siempre a vivir la «movida». La mía fue otra.

Jesús al extremo izquierdo, al otrolado Miry, junto a Mario y Gerardo. En el medio de la fila de delante Loly y Ana, y Gaby dos puestos más para allá.

Ana María: Trabaja en el Centro Superior de Investigaciones Científicas, CSIC. Estudió veterinaria. Realizó su tesis sobre el estudio epidemiológico de enfermedades infecciosas en los perros vagabundos de Madrid. El año 2021 fue reconocida como científica que ha investigado la vacuna anticovid, siendo la primera que se logra en España. Trabajó con el equipo de investigación dirigido por el doctor Larraga.

Ana María Alonso es la segunda por la izquierda. Con el equipo de investigación.

Los hijos de la tía Any y el tío Quique:

Las cuatro hermanas Ayala Cañón, acompañando a Loly el día de su boda. Año 2008.
De izquierda a derecha: Cristina, Belén, Martita y Ana.

Ana Margarita. (Madrid, 20 – V – 1963) Estudió Pedagogía, dedicada al cuidado del hogar.

Ana, a la derecha, con su abuela Lola y su primo Miry

Ana junto a su prima Loly y su tía Lolita a su derecha. Al otro lado su madre, también Ana.
Ana, a la derecha, con su prima Loly.
Ana en brazos de su hermano Luis.

Casada el 16 de noviembre de 1989 con José Ignacio Forcada Lozano (13 – III – 1961) que trabajaba en  el Banco de Santander, gerente en la unidad de negocios, pero hace poco le prejubilaron (2019) Dirigió una oficina en Barcelona, adonde se trasladó con la familia unos años. Es aficionado al golf. Suelen ir al Club de Puerta de Hierro.

Ana con el traje de novia. A su derecha su madre, Ana Cañón, Belén y Quique.
A su izquierda Enrique Ayala, Marta, Cristina y Luis. Año 1989.

Padres de cinco hijos:

Ana Ayala con sus cinco hijos.
Ana Ayala con el bolso y e Ignacio Forcada, con jersey rojo, rodeado de sus hijos. De izquierda a derecha: Lola, Gonzalo, Cristina, Ana y Nacho.
  • Ana Margarita (03 – I – 1991) Estudió el el colegio «La Salle Maravillas», donde jugó como pivot en el equipo de baloncesto.
  • Juan Ignacio, Nacho. (24/06/1992) Estudió en la universidad Autónoma de Madrid. Trabaja como Consultor Senior de servicios de asesoría, transacción y arrendamiento de inversores en CBRE (Consultora inmobiliaria.) Ha jugado al tenis, en primera división en el equipo juniors (2010) Junto a su hermano Gonzalo forma parte de la hermandad del Prendimiento en Vivero – Lugo, una cofradía de Semana Santa
Comunión de Nacho. Foto familiar.
  • Gonzalo (16 – IV – 1993) Ha practicado el balonmano en el colegio «Maravillas» en el que estudió educación primaria y secundaria. Aficionado al tenis. Estudió en la universidad Carlos III asesoramiento sobre ciberseguridad y riesgos.
  • Lola (14 – I – 1998) nació en Barcelona. En el registro civil el nombre de «Lola» no era posible por ser una variante de otro nombre: M.ª Dolores, (según la ley de registro civil que se modificó el año 1988 tras el recursos para poder llamar a mi hijo Rayo»), pero sus padres recurrieron y lograron que su nombre sea «Lola». Estudia en el colegio «La Salle Maravillas», donde formó parte del equipo de baloncesto. Ha estudiado en la Universidad Autónoma. Estudio con el proyecto «Erasmus» en la Facultad de Psicología de la universidad de Coimbrac – Portugal. Trabaja en recursos humanos en el despacho de abogados Cuatrecasas.
  • Cristina (5 – II – 2001) Estudia en el colegio «La Salle Maravillas», juega en el equipo de baloncesto.

Enrique, Quique, (Madrid, 22 – XI – 1964) Estudió Derecho. Ha realizado cursos de dirección de empresa de la universidad de Houston – EE.UU. en la Escuela de Negocios. Es director General en el grupo Euroinmobiliaria. Administrador único de Inversiones Malleo (SL) en la que fue tesorero (2011) y en JET Servicios. Ha sido consejero de la Sociedad inmobiliaria Montebalito. Como abogado ejerce como asesor a empresas de promoción inmobiliaria en AEME, empresa de Derecho Administrativo.

Quique

Cuando hizo el servicio militar para ser oficial tuvo que pasar unas pruebas, por lo que se preparó en el gimnasio de don Alberto, al que iba su primo Miry. Logró saltar el potro y aprobó el examen físico y los test pertinentes.

Quique entre Césitar y Miry, detrás Gaby y Loly. Rodeado de cuatro de los Pinto Cañón.

Casado con Marta Peraza Parga que estudió Derecho en la universidad Complutense. Trabaja para la Comunidad de Madrid. Es Secretaria General en la empresa TECNIFUEGO (Asociación Española de Sociedades de Protección Contra Incendios), consorcio profesional que agrupa empresas dedicadas a la protección contra el fuego.

Quique con Rayo. Año 1988.
Quique y Marta. Año 2022.

Cuenta Marta que su familia viene de la que fuera reina de las Islas Canarias, hasta que cedió sus derechos a los Reyes católicos: Inés Peraza (Sevilla 1424 – 1503) HIja de Hernḉan Peraza en Viejo e Inés de las Casas. Casada con Diego de Herrera.

Tienen tres hijos: Lucas, María y Soledad.

  • Lucas. Estudia en el colegio Paraíso Sagrados Corazones de Madrid. Ha jugado al fútbol en el equipo A.D. Fundación, de segunda división infatil.
  • María.
  • Soledad.

Luis, Lusito. (Madrid, 03 – IV – 1966) Estudió Ciencias Económicas y Empresariales en Universidad Complutense de Madrid. Grado en economía (1989) Curso de doctorado (1997) Ha impartido clases como profesor en diversas universidades. En la de «Rey Juan Carlos», la de Albacete y otras. En la de «Rey Juan Carlos» fue nombrado catedrático (19 – IV – 2009) Ejerce como tal, en comisión de servicio, en la Universidad Nacional de Educación a Distancia -UNED- (2019), donde un año después ha adquirido plaza fija. Ha participado en diversos congresos de investigación. Ha publicado trabajos sobre la desigualdad en España, sobre las rentas mínimas, el mercado laboral, el impacto de la pobreza y temas de esta índole. Ha recibido diversos reconocimientos académicos. Ha sido subdirector general del Instituto de Estudios Fiscales. Ha publicado varios libros: «Informe sobre la desigualdad en España, 2015»; «Bienestar social y políticas públicas»; «Informe sobre la democracia en España, 2013». Sobre la Renta Básica le pregunté al comienzo de meterme en este tema y es ambiguo, o sea academicista, o sea que no se sale de los moldes académicos. Sí, si el tema sale. No si no está en boga. Me indicó cuando comencé el tema a finales de los años 90 que había algunos economistas, como José Iglesias, que planteaban esta cuestión. Y que había estudios de la universidad de Lovaina, en Bélgica, sobre los cuáles me ilustré. Ha escrito sobre el sistema de garantías de ingresos en España.

Luisito.

Aficionado a la flauta travesera y juega al dominó. Practica tenis y fútbol. Cuando era pequeño iba a la sierra de Moralzarzal, al chalé del tío Ramiro y la tía Lolita, donde jugábamos al fútbol en la pradera. Cuando metía un gol, o porque sí coreábamos «¡Luisito, Luisito!», lo que le hacía sentir muy orgulloso. Muchos años después todavía su hermano Kike nos recrimina que a él no.

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Luisito con sus primos.
Luisito a la derecha de Miry, Quique a su izquierda. Año 1982
Luisito con su primo César.

Casado con Mª. Asunción Mora Casado, que estudió medicina en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Especialista en hematología y hemoterapia. Trabaja en el hospital universitario Infanta Sofía de Madrid. Ha realizado estudios sobre la trombosis en pacientes de edad avanzada, sobre prevención con las vacunas y la nutrición publicados en sendas revistas especializadas. Ha participado en diversos congresos.

Luis y Asu. Año 2022.

La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social, Yalanda Díaz, ha presentado hoy en Madrid la Comisión de evaluación de la Reforma Laboral aprobada en 20201. El coordinador del grupo de expertos es Luis Ayala Cañón (Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid.) Año 2025. Luis es el quinto por la izquierda.

Tienen tres hijos: Alicia, Clara y Enrique.

Clara Ayala, orgullosa de estar en el pueblo de su bisabuelo Luis Cañón.

Cristina (Madrid, 18/ – VII – 1967) Colecciona objetos de ganchillo y crochet.

Cristina.

Cistina en casa de sus tíos Ramiro y Lola de Madrid.

Casada con Francisco Javier Pérez-Batallon Ordoñez, que trabaja en el Registro de la Propiedad de Lugo. Licenciado en Derecho por la Universidad de Santiago de Compostela (1990). Máster en Asesoría Jurídica de Empresa por el Instituto de Empresa de Madrid. Miembro de los Ilustres Colegios de Abogados de Lugo, A Coruña y Oviedo. Creó una oficina de abogados el año 1994. Ha escrito sobre temas de urbanismo en relación al contencioso administrativo en revistas de Derecho.

Loly en el medio con Luis a su derecha y su esposa Asun. A su izquie5rda Cristina con su marido Javier.
Cristina y Javier con sus tres hijos.

Javier hablando con su cuñado Quique. Año 2022.

Viven en Lugo. Tienen tres hijos: Javier, Enrique y Bosco.

Cristina y Marta.

Marta (Madrid, 18 – XII – 1968) Estudió en el colegio Damas Negras. Hizo la carrera de Farmacia en la Universidad Complutense de Madrid (1992). Ejerce en una farmacia de Lugo, donde vive con su familia. De la Federación Gallega de Padel, siendo capitana de su equipo.

Martita
Con su sobrino Rayo. Año 1988.

Casada con Fernando Emilio Perez-Batallón Ordoñez, que trabaja como administrador de empresas de promoción y construcción de edificios, de compra y venta de madera y productor derivados forestales, en empresas dedicadas al sector de la silvicultura.

Marta y sus cachorros. El abuelo Luis así llamaba a sus nietos.
Marta y Fernando con sus hijos.
Unos años después.

Padres de cuatro hijos: Marta, Fernando, Borja y Ana.

  • Marta. Ha estudiado en el centro educativo Galén. Estudia Farmacia en la Universidad de Santiago de Compostela. Practica gimnasia rítmica en el equipo El Violeta de Lugo. Aficionada a la música.
  • Fernando. Estudio en el centro educativo Galén. Ha estudiado derecho en la Universidad Autónoma de Madrid. Aficionado al fútbol.
  • Borja. Estudia en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Lugo (2019) Juega al fútbol en el equipo Residencia de Lugo. Como celebración del Día de la Ciencia en Galicia participó en un congreso con su instituto Ollos Gandes – Ojos Grandes (2018), sobre la ergonomía del deporte (la adaptación del medio a la fisiología y anatomía del cuerpo)
  • Ana. Estudia en el centro educativo Galén, donde participa en su equipo de baloncesto.

Belén (Madrid, 14 – IX – 1971) estudió Secretaría de Dirección de empresa y marketing.

Belén sobre el muro, apoyada en Gaby. Miry y Marta.

Casada con Cristóbal Jiménez García, que ha estudiado Dirección de Empresa y gestión en la universidad de Nebrija – Madrid. Trabaja de gerente en la empresa Jigar, SL. Ha realizado un Master de recursos humanos en la Escuela Superior de Gestión y Marketing.

Con su sobrino Rayo. Año 1988.
En en chalé de Los Pinto de Moralzarzal. Belén a la derecha de pie junto a su hermana Ana. Debajo de ella su hermana Cristina
y al otro lado su hermana Marta. En el medio su prima Loly.
Belén, a la izquierda, con sus hermanas Marta y Cristina. Año 2022.

Padres de tres hijos: Alejandro, Belén y Álvaro

  • Alejandro.
  • Belén. Estudió en el colegio Caude de Majadahonda. Secundaria en Middleton Regional High School en Middleton, Condado de Annapolis, Nueva Escocia, Canadá. Estudia Periodismo y Comunicación Audivisual en la universidad Rey Juan Carlos de Madrid.
  • Álvaro.

MARÍA LUISA, la TÍA MARISA, tía Marisita. (Madrid, 24 – IV – 1945) Estudió Historia y ejerció unos años como profesora de esta materia. Fue la madrina de José Pinto, con su hermano Jose de padrino.

Hizo la primera comunión dos veces. El 24 de mayo para toda la familia, porque en la colectiva únicamente dejaban asistir a cinco familiares. La otra el 30 de mayo en la iglesia de Zumalacarri de Madrid. Su padre Luis no estuvo en la primera fila. No era hombre de ir a misas, pero desde entonces lo hizo, pues fue una promesa que realizó si se salvaba su nieta Loly, que estuvo por aquel tiempo muy enferma.

Comunión de Marisa. Detrás de ella su hermana Any. A su derecha su padre Luis Cañón junto a su otra hija Maru Carmen. Al otro lado su hermano Jose, al lado de su madre Lola Ruiz.

Fue algunos veranos a la sierra, al chalé del tío Juan José. Le gustaba jugar a cosas de espiritismo como la guija, en plan de cachondeo y de entretenernos. Es muy parlanchina.

La tía Marisa junto a su padre, Luis Cañón, que tiene a Miry en brazos. Año 1962.

Le decía a su ahijado, Jose Luis, que su novio se iba a llamar igual. Y así fue. Se casó con José Luis Jímenez Rieder, (Córdoba 19 – XI – 1941- / Sevilla, 6 – III – 2006.) Por parte del apellido «Rieder» provienen de Alemania, de cuando Carlos III repobló Andalucía. De ahí el nombre del pueblo «La Carolina».

La tía Marisa al fondo. Su marido, José Luis, detrś. A su lado sus sobrinos
Jose y Miry, y su cuñado Ramiro.

La tía marisa a la derecha. A su lado Jose, que hace su Primera Comunión, al lado de Jose Luis.
Loly asomándose para no perderse nada, nuestro padre al lado y mamá, Lola Cañón. Detrás de Jose se ve asomarse a Estrellita.

Se fueron a vivir a Tomares, Sevilla, en esta provincia es donde José Luis trabajó de representante de la empresa Servimai, SL. Empresa de compresores de aire comprimido y gunitado. Sirve para proporcionar energía a las máquinas, sustituye a a la electricidad, sobre todo en las obras de edificios. Sirve para perforar agujeros, hinchar neumáticos y demás. Le relevó su hijo pequeño. Muy simpático. Llamaba la atención que José Luis tomaba mucha sal en las comidas. Al poco de jubilarse enfermó y murió a los pocos meses.

El momento solemne de la firma del enlace matrimonial.
Los novios marisa y José Luis. A la izquierda del novio su madre, el tío Juan José y Lolita. A la derecha de la novia su madre Lola, la tía mari Carmen, Luis (padre de la novia), Conchita, la tía Any, mi padre y el tío Quique.
Con los sobrinos. De derecha a izquierda: Ana, Marito, su hermana María, Miry, Gaby, Cristina,
de la mano de la novia, en cuyos brazos está Belén. Luis, Jose, Kike, Loly, César y no sé…
Durante la celebración del banquete nupcial. Se puede ver que a la novia le han puesto las orejas de burro. Parece que fue Maruja, a la derecha de la novia, pero no. Jose lo sabe, pues señala al autor de la broma… De pie el novio. Sentados de derecha a izquierda: María, la hija del tío Pepito y Conchita, Enrique Ayala, Conchita, la tía mari Carmen, la tía Any, Maria Luisa, amiga de la familia Cañón, Lola al lado de su esposo Ramiro, Mario el marido de Maruja, y la mujer de Hermógenes con su madido al lado.
La tía Marisa con su hermana mayor, Lolita.

Tuvieron dos hijos: Alvaro y Borja

Álvaro Luis, Alvarito. (Sevilla) Cuando era pequeño y venía a la sierra, en Moralzarzal, se hizo famosa la frase «A Madrid con foforito», porque le regalaron un muñeco de el payaso Fofito, de los payasos de la tele, y una señora le dijo «¡qué, te vas a Madrid con foforito», y se rió mucho. Lo contó su madre y al repetir la frase no paraba de reírse.

Su nombre iba a ser «Manuel», pues su abuelo se llama Manuel Álvaro. Pero estaba reservado para otro nieto. Si hubiera sido niña se habría llamado María del Valle, que era nombre preferido de este abuelo para una mujer.

Alvarito con su primo Miry en uno de los bancos de la P,laza de España – Sevilla.
Alvarito en el chalé de la sierra de la tía Mari Carmen en Moralzarzal.

Con el tío Quique.

Estudió en el colegio San José de Sevilla. Hizo la carrera de Ciencias Químicas en la Universidad de Sevilla, finalizando su preparación en la universidad de Edimburgo – Escocia, Heriot Watt. Trabaja de gerente de marketing en la sección de alimentación en la empresa japonesa Nippon Gases España, cuya sede central está en Tokio. Esta industria se dedica a fabricar y aplicar gases que se usan para la fabricación del acero, usos médicos, para la fabricación de fertilizantes. También en alimentación para envasar comidas, procesos de fermentación del vino y la cerveza, y de enfriamiento y congelación.

A la izquiertda Alvarito, con sus primos Gaby y Miry, en la cumbre del Pico del Águila. Año 2006.

Hizo un curso de la carrera en EE.UU, donde convivió con una familia cuyo padre de familia tenía un abuelo que procedía de Canseco, un pueblo muy cernano a Reduipuertas, de donde es natural el abuelo de Álvaro.

Alvarito bajando del Pico del Águila. Año 2006. Delante va César Pinto.

Se ha casado con María Mercedes Frutos de Mora. Viven en Madrid. Tienen, de momento, siete hijos: Mercedes, Álvaro, Bosco, Luis Sanzaga, Almudena, María del Valle, Almudena y Jaime.

Borja Santiago. Trabaja en la empresa Servimai, SL, la empresa en la que trabajó su padre. De pequeño era un llorón, no paraba. Es el único de los primos que ganó a Miry en el lloriqueo.

En Sevilla.

Borja (a la izquierda) con su hermano Alvarito. Año 2022.

La tía Marisa, 24 de abril – 2025, el día de su 80 cumpleaños. Fuimos a Tomares sus hijos y sobrinos para celebarlo con ella. De izquierda a derecha: José Luis Pinto, Quique Ayala, César Pinto, Álvaro Jímenez, Lola Pinto, Ramiro Pinto, Belén Ayala, la tía Marisa – Maria Luisa Cañón, detrás se asoma Santy Cañón (que supimos que tiene ¡5 nombres!
en la partida de nacimiento), Cristina Ayala, María Cañón, Borja Jímenez y Ana Ayala.

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