Mª. DOLORES PINTO MAESTRO

Dolores. – señora maestra, doña Lola, doña Dolores, pero sobre todo para nosotros la tía Lola (León, 11 – I – 1915 / 12 – X – 2013) Bautizada en la iglesia del Mercado, lo que para ella fue siempre un timbre de distinción. La menor de nueve hermanos. Solía decir que ser de León es un orgullo, ser del barrio del Mercado ¡un honor! Fue una mujer a la vieja usanza. Con ella se fue toda una generación del pasado. Queda su recuerdo y las historias que contaba.

Nos relataba que de pequeña su madre le decía que le pareció que nació con chuchurro, por lo morena que era. Cuando se casó su hermano Pepe, el mayor, cuenta que en el salón había un espejo muy grande donde ella veía a una niña con la que quería jugar, pero la imitaba. La niña le sacaba la lengua cuando ella lo hacía y le dio una patada. No supo que era ella. Cuando de mayor se lo contó a su sobrino Ricardo, psiquiatra, éste le dijo que eso es el síndrome de ser un gato. La tía Lola nunca lo entendió, porque ella no fue nunca ese animal.

La tía Lola con 8 años.

Maestra en varios pueblos de León. Muchas veces narró sus andanzas por «aquellos pueblos de Dios», a los que comenzó a ir con diecisiete años. Fue a los diecinueve, pero ella decía dos menos, porque ayudó a su padre desde los diecisiete años en la escuela de San Andrés del Rabanedo.

De Primera Comunión.

También se sorprendía de recordar una vivencia de cuando tuvo tres años: Su hermano Ramiro era el encarado se sacarla a pasear y muchas veces la dejaba en un espacio rodeada por un seto de tejo, porque él iba a la estación de tren para coger una bolsa de naranjas. La recogía luego a ella y volvían a casa, «yo pasaba mucho miedo al quedarme sola, pero ¡cómo puedo acordarme con lo pequeña que yo era!»

A loas primeras escuelas tuvo que ir en autobús y luego andar largos caminos hasta llegar a su destino, donde pasaba los trimestres en casa de alguna vecina, y luego en las casas que el Estado hizo para los maestros. Pasó mucho miedo y se preguntaba que cómo no le pasó nunca nada, de lo cual daba gracias a Dios. Cuenta que en uno de ellos, Tejero de Ancares, una vecina la quiso vender a un moro, llamado «Salge». Una vecina la escondió en su casa para que no se la llevara.

Doña Dolores, la tía Lola, dando clases a sus alumnas en un pueblo.

En el Boletín Oficial de España, que costaba 50 céntimos de peseta 18 – VII – 1934), le validan el título de maestra de la promoción 1932 – 1933. En el BOE de 7 de julio de 1954 le proclaman un ascenso a la sexta categoría y un sueldo de 14.000 pesetas a los Maestros nacionales de Enseñanza Primaria. En el BOE del 22 de octubre de 1959 anuncian un aumento de sueldo: 21.480 pts. En el del 23 de noviembre de 1963 le comunican su traslado a Marne. Dos días antes, 21 – XI – 1963, en el Boletín Oficial del Ministerio de Educación Nacional, aprueba la Revalida de magisterio para la preparación de la prueba final de la carrera de Magisterio. Saca un punto en la baremación para los traslados de los próximos cursos y nombramiento de destino, para la campaña de alfabetización.

Prensa de la época, en la que se muestra la mentalidad de la época: «El niños por una España grande…». Año 1941

Dio clases en el pueblo Las Muñecas, del municipio de Valderruedas, donde su sueldo fue de 1.500 pesetas al mes. Muchos años después, cuando estuvo jubilada, con ochenta y muchos años, fuimos a ver varios pueblos en los que de joven dio clases. Nos llevó Javier Marín, el Cosaco, con quien ella se llevaba muy bien. Una vez que éste le fue a buscar a Marne para venir a León, le dijo que yo tenía amigos muy raros, que están separados y cosas así. Él la miró como diciendo ¿y yo? Rápidamente la tía Lola reaccionó y dijo, que algunos, que otros son normales. Aunque Javier se había separado unos meses antes.

Estuvo de enfermera voluntaria de la Cruz Roja, pero solamente un mes,
porque le daba miedo la sangre.
Admiraba a su hermana Polo que era muy dura y fue enfermera varios años.

En las Muñecas la reconoció, pasado mucho tiempo, un antiguo alumno con 81 años, al que dio clases con 11 años. Ella también supo quién era. Le contó aquel antiguo alumno que en el pueblo le tenían miedo, porque eran tiempos de la posguerra y ella era muy falangista y pensaban que se podía chivar de algunos del pueblo que habían estado en el «otro bando». Ella le dijo que era muy joven y no se metía en política y que una chica sola qué iba a hacer. Para llegar al pueblo desde donde la dejaba el tren iba acompañada de un hombre que llevaba la maleta de ella en un caballo. Ellos iban andando porque el terreno era muy escarbado.

En una escuela rural unitaria. La maestra doña Dolores, con madreñas.

Otros pueblos en los que impartió clases fueron Tejedo de Ancares, Sena de Luna, Reliegos, San Román de los Cabaleros, Villasabariego, donde conoció a quien fue su esposo: Benigno.

Año 2005. La tía Lola recorriendo uno de esos pueblos en los que de joven impartió clases.

En todos estos pueblos trabajó de interina, hasta que le dieron una plaza fija en Marne donde vivió en la casa de la maestra, que hizo la Junta vecinal. Al jubilarse alquiló esta vivienda hasta ir a vivir a León, año 1996. Cuando esto sucedió no paraba de repetir que «jubilación» viene de «júbilo». Pero ella se resistió, pues siempre había sido la señora maestra. Dio clases en una escuela unitaria, todos los cursos juntos, primero a las chicas, pero los últimos años chicas y chicos. Hasta que lo cerraron.

Camino del Ferral, con una amiga. Fiestas de san Juan año 1950.

No se quiso jubilar hasta los setenta años, porque decía «¿qué hago yo sin dar clases?» Estuvo trabajando hasta los setenta años, los dos últimos, en el colegio de primaria «Javier» en León, en Puente Castro, carretera de Madrid. Iba cada día desde Marne con el trasporte escolar. Como maestra de niños y niñas de ciudad estuvo muy descolocada. Quiso implantar la disciplina a su estilo, dando algún coscorrón pedagógico si hiciera falta. De manera que la destinaron para que estuviera en la biblioteca.

Posando con sus alumnos y alumnas en la escuela de Marne.
En el aula de la escuela de Marne. Mari Glori, Gloria, de niña la que está más a la derecha.

Maestra de las antiguas, siempre decía que enseñaba para la vida: A leer y a escribir. Que esto le corría mucha prisa. Y a hacer las cuentas de sumar, restar, multiplicar y dividir. Que con esto podían defenderse en la vida. Y a leer en voz alta, para que leyeran bien en misa. Aconsejaba que había que hacerlo de una manera un poco repipi. También daba «buenas mandangas», tortas, para que obedecieran. Una vez ya mayor en unas Jornadas escolares de un colegio público de León, La Palomera, asistió a un acto sobre las antiguas escuelas y dijo y que «la letra con sangre entra». Docentes y alumnado quedaron un poco asombrados. En el periódico «La Nueva Crónica de León» (11 – VIII – 2019), en un reportaje sobre las escuelas rurales de antaño, algunos antiguos alumnos de ella decían que la valoraban más como vecina que como maestra. Fueron los signos de aquellos tiempos. Un alumno suyo de Marne, Lorenzo, se quejaba pasados treinta años de que le dio clase cuando fue pequeño, antes de que cerraran la escuela, porque le llamaba «Sangre de pez», porque era un niño muy tímido y apocado.

Paseando con su amiga Pilar del castillo por la plaza Circular, de la Inmaculada, de León.

Otra forma que tuvo de enseñar buenas costumbres y saber mundano fue mediante los refranes. Los tuvo para todo momento y ocasión. Recuerdo de ella varios, especiales, muy made in tía Lola: «El saber de las estrellas es muy fácil de mentir, porque nadie va a ir a preguntárselo a ellas». Se sintió muy orgullosa cuando escribí éste, citándola, en un libro sobre sectas. Otro: «Todos tenemos razón, pero nadie la tenemos completa». Y no pocos del mundo agrario y religiosos: «Cuando Cristo muere y nace / es cuando más frío hace». Lo recordaba siempre en Navidad y en Semana Santa. «Cuando el grajo vuela bajo / hace un frío del carajo». «Cuando marzo mayea, mayo marcea». «Tantas heladas habrá en mayo como nieblas en marzo». «Agua por san Juan quita vino y no da pan». «Por san Lucía igualan las noches con los días». O cuando había alguna noticia asombrosa comentaba a modo de coletilla «cosas veredes, Sancho».

Creo que esta es la foto más típica para los sobrinetes de la tía Lola. Año 1976. Cuando no se había cambiado los dientes. haciendo una tortilla de patatas en la cocina de carbón, la bilbaina, de su casa de Marne. Año 1976.
Que tuviera agua corriente fue todo un lujo.

Otra imagen icónica de la tía Lola en la casa de la maestra de Marne,
partiendo el pan, una hogaza gigantesca
que vendía la panadería de Puente Villarente – León.

La tía Lola, en una comida de campo con José a su derecha, Lolita, esposa de Ramiro Pinto Díez, con su hijo Ramiro al lado. Y Loly posando para la cámara.
Alguien con cierta «fondinguilla» pone detrás de la foto en papel: «¿Loly fregando???

Decía que hay que aprender «cucología» (ser un poco cuco, espabilado) y estudiar «tiología«, conocer a los tíos, a las personas. A lo largo de su vida observó que los niños únicos son especiales, advertía que cuidado con ellos, y ¡refrán al canto!: «Hijo único y gocho de pobre / no los compres aunque el dinero te sobre». O » a quien tiene hijos y ovejas / nunca le faltarán quejas». Y para los padres, blandengues, decía ella, que unas buenas tortas bien dadas a tiempo son una lección de vida, que no se olvida. Luego se quejaba de las que le dieron a ella. Decía que hay padres, padrecitos y papuchis. Igual que las categorías de la borrachera: Alegre, alegrete, zorrocloco y pasmo. De mi abuelo Ramiro, su hermano, siempre dijo que se ponía alegrete, pero que de ahí no pasa. Y siempre añadía un undécimo mandamiento, que hay que aprender: No molestar.

Recordando a las familias que vivían en cada casa, volviendo a aquellos tiempos
en los que dio clases «por los pueblos de Dios», que decía.

Su querido León estaba lleno de anécdotas familiares, de sociedad, incluso históricas a su manera. Una de ellas era hacernos ir a ver a los «sobrinetes», hijo de sus sobrinos, las lentejas de la catedral. Decía que era una obra perfecta, que parecían de verdad. A ella le llamaron la atención desde niña. Es una visita que no puede faltar a los Pinto en León.

Dichos religiosos, que repetía a modo de una letanía, son el saber de los pueblos: «La caridad es la oración que más pronto llega a Dios». Otros con un sentido práctico, como consejos para la vida cotidiana: «Quien tiene razón y se obsesiona con ella acaba perdiéndola». «Entre hermanos, parientes y braguetas, ¡nunca te metas!» «De los tiempos el presente». «Si te dan el anillo / por el dedillo», queriendo enseñar que no se pierdan las oportunidades cuando alguien nos ofrece algo. «Cada momento, una emoción». O si ibas a tirar algo, una advertencia: «Quien guarda halla». Decía saber todos los refranes del mundo, pero no uno que ella dijo que no lo es, sino una paparrucha, es: «Niña refranera / niña majadera».

Una muestra de lo que había aprendido a bordar.

El 1 de noviembre, Día de los Santos íbamos al cementerio, y en alguna ocasión más. Paseábamos y ella señalaba una tumba y otra y contaba algo de cada nombre que conocía. En el de los Caídos por España ponía siempre un clavel y rezaba una oración. Y en los dos de la familia también, con más flores. Cuando íbamos a salir decía, como si se tratara de un lamento, «no nos dicen nada».

También los trabalenguas que usó en la escuela didácticamente. Nos retaba a decirlos con ella, que lo hizo con una rapidez y claridad pasmosa. También no pocos romances y dichos populares, o canciones religiosas, que sacaba a lucir en Navidad y en Semana Santa. O dichos de advertencia, como «hacer la meadita del torero», para recordar antes de ir de viaje o salir que había que «desalojar». Contaba que es la que el torero hace antes de salir al ruedo y de vestirse, que es un pipí muy cortito, pero que genera ganas muy intensas. Según ella a los toreros les pasa por el miedo. Y advertía de que hay que tener miedo a hablar demasiado, lo que trasmitía diciendo «ante la Inquisición ¡chitón!», o sea a callar.

Lo que llamaba sentencias, para ella son enseñanzas. Muchas veces más que decirlos los dejaba caer. «De padres gatos hijos misines. De padres gochos hijos marranos. De padres cubetas hijos corrales», como diciendo, que la cuna marca a las personas. También «el que nace cochino muere marrano, y el que nace mollete muere zoquete». Daba mucha importancia a los ancestros familiares de las personas. Lo cual estaba entre los dichos y refranes que aprendió. «El que nació servilleta y llega a mantel, nadie puede con él«. Ella misma decía que para cada ocasión una sentencia. Ciertamente las tuvo para las ocasiones. También servían de aviso, cuando al conocer a alguien recitaba: «Hay tontos que tontos nacen y tontos que tontos son. Tontos que parecen tontos y tontos que no lo son». Y a modo de lección de vida que, según ella, refrenda la experiencia: «Padre bodeguero, hijo mesonero, nieto tonelero»

Y las adivinanzas, o como ella los llamaba acertijos. ¡Muchas! que solía sacar a colación. Algunas fueron: «A pesar de tener patas no me puedo mover. Llevo la comida a cuestas y no la puedo comer»: La mesa. «Entre dos paredes blancas hay una flor amarilla que se puede presentar al mismo rey de Castilla»: El huevo. Algunos un tanto picarones: «Triunfante salió del nido el que sin alas voló y se puso a la ventana a predicar que nació»: El pedo (con perdón.) Por cierto, con respecto a este tenía su particular maldición: «Por donde salió el pedo, meta el diablo el dedo, el cuervo el pico y el raposo el hocico». Así que cuidadín, cuidadín. «Se pone en la mesa, se parte, se reparte y no se come»: La baraja. «Cien mulas en un corral todas mean a la par»: Las goteras de las tejas. Las que llevan el pensamiento a lo que no es, como «por un gusto muy regusto, por gusto de una mujer en un agujero puesto metió carne sin cocer», ¡A ver ¿qué es?», decía. Nadie se atrevió nunca a contestar. La respuesta es (no seáis mal pensados) ¡el dedal!

La tía Lola con los suegros de su sobrino Ramiro Pinto Díez, Loa y Luis, y Lolita detrás, la esposa de Ramiro.

Otro acertijo que repitió mucho, y con el que puso a prueba el saber popular de sus sobrinos y amistades fue: «Todos me quieren tener y nadie me quiere dar. Unos estudian en mí para conmigo comer»: El Derecho. «Es una vieja blanca y seca que quema la camiseta»: La vela. «Cuando sale de su rincón es delicia o maldición»: La lengua. «En medio del cielo estoy, sin ser lucero ni estrella, sin ser sol ni luna bella, ¡a ver si aciertas quién soy!»: La «e». «El burro me lleva a cuestas, metida está en un baúl, yo no la tuve jamás y siempre la tienes tú»: La «u». «¿Qué tienen en común un encendedor, un borracho y un humorista?»: La chispa.

La tía Lola con Goyín, el hijo de Luisa, a la izquierda y Gaby y Ramiro,
a la derecha, hijos de Ramiro. Los tres son nietos de su hermano Ramiro.

«Soy de profundas raíces, tengo duro el pellejo, pero soy el mayor de todos por narices»: El elefante. «En un monte monterano vive un fraile franciscano, tiene barbas y no es hombre, tiene dientes y no come»: El ajo. Uno que le gustaba mucho y se ponía contenta de que nadie lo adivinase fue «antes que la madre nace ya anda el hijo por la calle»: El humo. Otros los usó como bromas: «¿En qué se parece un tren y un señor en cuclillas? En que el tren humea y el señor o caga u-mea». O «¿en qué se parece un barco, un tren y la familia? En que el barco atraca y el tren hace traca-traca». Todos le preguntábamos ¿Y la familia?, a lo que ella respondía «bien gracias» y se reía porque habíamos picado. De pequeños nos gastaba una broma que hizo a sus sobrino. Decía que era capaz de ver por las paredes. Para demostrarlo nos decía que nos encerrásemos en el cuarto de al lado y que nos pusiéramos a hacer lo que quisiéramos. Hacíamos el tonto para que no lo adivinase. Y nos hacía gritar «¡qué estoy haciendo!. A lo que ella respondía ¡el oso! La risa de los demás era enorme y a quién nos lo hiciera nos enfadábamos por el ridículo que nos hizo hacer. Por cierto en los Pinto hay una tradición de temer exageradamente hacer el ridículo, o creer que se va a hacer.

Y los ¿qué le dijo?: «¿Qué le dijo una aceituna a otra? Nos estamos quedando en los huesos». «¿Y una zapatilla a otra? Qué vida más arrastrada». «¿El papel al bocadillo? A la salida te espero» Cuando alguien comía algo muy picante, le decía eso de «a la salida te espero» ¿Y un mosquito a un ciclista? Tú vas el primero, pero yo en cabeza».

Sabía muchas historietas de León, de sus calles, de quien vivió en un lugar u otro. Lo que ella llamaba «dimes y diretes«. Expresión ésta que aparece en las novelas ejemplares de Cervantes. O dichos de la tía Lola, que repetía a modo de consejos, que ella llamaba «lecciones de vida». Como «Más vale un por si acaso que un yo creí». Dichos que decía que los aprendió en los pueblos, a los que ella defendió totalmente. Para ella la ciudad de León es lo que hay dentro de la muralla, lo de fuera son «los pantanos». Muchas veces recordaba que León es una ciudad para ser andada. Otro dicho, que aprendió en algún pueblo «dejado de la mano de Dios», decía, era el que usaba cuando la invitaban a alguna fiesta o encuentro en el que no la dejaban participar, (nosotros decíamos «meter baza»): «El que baila de divierte y el que no se amuela». En la novela de Benito Pérez Galdós, sale la palabra «amolador», el oficio del personaje Pacorro, que es afilador: «Con la vista fija en la máquina mientras que habla con Júpiter de aquellos rayos (chispas)» En algunos pueblos de León se dice en sentido de fastidio, «¡no te amuela!» La expresión de la tía Lola tiene los dos significados, éste y el de quedarse mirando sin hacer nada. Otra frase que he encontrado en esta novela, la pone en boca del almirante Nelson, la decía mucho la tía Lola: «Del lobo un pelo y del bosque un palo«. Al cabo del tiempo vio cambiar tanto el mundo rural, que decía: «Los pueblos se mueven». ¿No lo veis?, preguntaba. «Se ha ido, ya no está, éste es otro pueblo.»

Una característica de los Pinto es echarnos una lámpara (mancha) en la camisa cuando comemos, por eso nos ponemos una servilleta. Yo, a veces, cuando voy fuera me pongo una camiseta y en casa el mandil. Mi padre se apartaba la corbata y, de esta manera, al terminar tapaba la lámpara con ella. La tía Lola decía que es que somos de la «cofradía de los lamparoni«. Si a alguien le sucedía, le apuntaba a ésta. Antes de beber un vaso de vino solía decir «a pesadumbres ¡tragos!» Y, a veces, son tantos los pesares. O cuando tomaba un chupito de orujo, para ella era medicinal. Cuando le decíamos que el médico dijo que no la convenía, y menos si tomaba sintrón, pues afirmaba «y ¡qué sabrán los médicos!» A continuación, después de tomarlo, presumía de sobrinos, maridos de sobrinas y sobrinetes, que es como llamaba a los sobrinos nietos, de que eran médicos. Para la tía Lola la experiencia de la vida es maestra y fuente de enseñanza. Opinaba que los Pinto estamos copaos (copados), en general por nuestras parejas, especialmente los varones, que nos dejamos dominar. Y eso, decía pasa de una generación a otra. Y para justificar ciertos cambios de Los Pinto cuando se casan, que hace que discutan entre los hermanos decía «cuñada viene de cuña, una cuña que separa las ramas del tronco (familiar)»

También decía: «Los Pinto mucho don y poco din«, y aclaraba «mucho que decir, poco que contar». Al hacer el comentario frotaba el dedo pulgar de una mano con el índice. Y hacía una llamada a navegantes con otra sentencia: «El diablo las tapa y él mismo las destapa con tamboril y gaita.»

Los sábado y los domingos, íbamos a tomar un vinín, a ver qué tapa daban, según qué bar. O en Semana Santa a «matar un judío», que es tomar la bebida que se llama «limonada»: Vino macerado con limones, naranjas, azúcar, canela y otros frutos secos. Ella justificaba este dicho porque los judíos fueron los responsables de la muerte del Hijo de Dios y cantaba «Viernes Santo que dolor; expiró crucificado» Y otra de «siete paaalabras de amor», o alguna otra letanía. Pero añadía que ya no se hace, que es una costumbre de León y que hay que respetar la tradición. Lo que le parecía mal de verdad eran los católicos que se portan mal, de los que decía «esos sí que son judíos». Siempre decía que con una pata no se anda, al salir de la primera ronda. De esta manera había que ir a tomar otro corto o vaso de vino, como mínimo, a otro sitio. Mis hijos tomaban mosto. Al salir del bar en la primera ronda saltaban a la para coja. La tía Lola nos decía «ya sabéis lo que quieren decir».

Carné de la Falange de la tía Lola.

Fue una mujer muy religiosa, «como las de antes», oí decir sobre ella. Y muy de derechas. Recordaba que durante la República, cuando los otros, los del otro lado, cantaban «si los curas y frailes supieran la paliza que les vamos a dar, subirían al cielo cantando ¡libertad, libertad, libertad!» A lo que ellos, ¡los suyos!, respondían: «Si los curas y frailes supieran los burros que tienen al lado, subirían al cielo cantando ¡falta paja para esta gana(d)o!». O cuando los rojos levantaban el puño y lo hacían cogiendo el mango de un paraguas para disimular, ellos levantaban el brazo para decir «está lloviendo».

Una cuñada suya me contó que fue a una manifestación pidiendo la pena de muerte para los presos del franquismo y la mujer de su hermano, de la tía Lola que aún seguía condenado, mi abuelo Ramiro, la sacó tirándola de los pelos. Ella decía que no fue así, que era a favor de Franco y en contra de los «rojos», pero que su hermano Ramiro era muy buena persona, pero un idealista. Y su mujer muy trabajadora, pero muy exaltada, «del Egido», añadía despectivamente. «¡A qué se metió a estar con esos comunistas que sólo le trajeron perjuicios!» Al cabo de los años contaba que la de Franco fue dicta-dura al principio, pero que luego, al ser mayor, se convirtió en una dicta-blanda. Aunque se mostraba orgullosa de su Caudillo, cuando decía decía que Franco no se anduvo con chiquitas, y ponía de ejemplo que mató a su primo Ricardo de la Fuente Bahamonde, piloto de aviación por no obedecer y negarse a salvar a España. Para ella fue un ejemplo de honradez y coherencia, de alguien que no hace excepciones, como los políticos de la democracia que enriquecen a sus amigos y familiares. Para ella Franco fue un hombre de los pies a la cabeza, no cómo los «de ahora», que no medio hombre y unos panolis.

El año 1945 recibió el diploma de «Perfeccionamiento y celo falangista». También varios documentos en los que consta y se reconoce su participación perpetua en la Obra Seráfica de Misas, en gratitud a sus limosnas a los Hermanos Capuchinos por el alma del difunto…( a sus hermanos que murieron en la guerra, César y dos años después lo hizo para Julián), con 500 misas cada día y 5.000 al año realizadas por 14.000 religiosos capuchinos.

Otra anécdota es que ella no supo hasta entrada en años, después de casarse, qué es un marica, «eso que se llama ahora homosexual». Pensaba que eran amanerados, que siempre los ha habido. Se asombró de saber que conviven como pareja. Al hablar de esto se persignaba y decía la coletilla «¡qué horror!, ¡Dios mío!» Fue apoderada de Alianza Popular en las primeras elecciones. Un agente de la Guardia Civil, a la que quiso tanto, la tuvo que prohibir su estancia en el recinto de las votaciones, su escuela, porque ayudaba a votar meriendo los votos de su partido y diciendo que los demás eran rojos disfrazados.

En las últimas elecciones municipales votó a Tinín, por el Psoe, pues estaba enfadada con quien se presentaba por el Partido Popular. Además fue alumno de ella y le llenaba de orgullo que fuera el alcalde del municipio de Villaturiel, en el que también estaba Marne. Salió elegido. Junto a dos amigas fueron al cuartel de la Guardia Civil, para retirar su voto, el año dos mil y poco, porque se enteraron que era «un mariquita de esos» y que tenía pareja, si bien apostilló que en eso fue muy discreto porque no quiso que lo supiera su madre, pero al morir ésta trascendió. No pudo ser, el voto no se puede cambiar una vez se ha emitido. Los últimos años de su vida se hizo más liberal, un poco, decía que los pecados de alcoba son menos pecados si nadie se entera.

Siendo mayor no le gustaba ir al medico, porque decía siempre encuentran algún registro. Pero a renglón seguido presumía de los sobrinos que son médicos. Otra palabra que usó mucho fue «jeringar«, en el sentido de «fastidio». Palabra que viene de la jeringa, con la que pinchaban antes el culete para poner antibióticos o para poner la vacuna en el brazo. Tuvo una salud bastante fuerte. Los últimos años se le rompió la cadera, la operaron de la vesícula. Descubrieron dos anomalías a la que su cuerpo se adaptó. No tenía menisco, por lo que la articulación de las rodillas no le funcionaba. Algo que contaba ella, nunca se pudo arrodillar, ni doblarlas para coger algo del suelo, inclinando la espalda con gran habilidad. También que de pequeña nació sin que los orificios de la cadera para unirse con el hueso fémur estuvieran del todo hechos. Algo que actualmente se corrige abriendo las piernas a los bebés y poniendo doble pañalito, para que la cabeza del hueso presione sobre la cavidad y encajen. A ella se le formó una musculatura descomunal en la zona de la cadera que le hizo tenerlas muy anchas. Algo que le acomplejó. Hubo una época en que engordó mucho. Hizo muchas dietas para adelgazar. Una de ellas la selección de alimentos e incompatibilidades de los mismos con «El peso ideal». Cuando lo logró al cabo de los años, sus caderas seguían siendo muy anchas. Padeció el sobrepeso, e hizo varios regímenes alimenticios, que no le funcionaron, pero supo que los tomates la engordaban. Con los años adelgazó, sin saber por qué.

Contaba que de niña conoció la iglesia del Mercado con el suelo de tierra y sin bancos. Exclamaba «¡qué os habéis creído! ahora lo veis todo muy cómodo».

Se casó con un agricultor de Villasabariego, donde ejerció de maestra, Benigno Rodríguez Barreales que nunca llegó a usar el tractor, sino los bueyes, hasta que se jubiló. Su complexión física fue atlética, unos antebrazos y brazos que impresionaban por su musculatura. «Siempre tuvo muy buen porte», decía la tía Lola. Practicó la lucha leonesa, como aficionado, siendo muy bueno. Villasabariego está en un paraje elevado, en el que mucha gente se percibe una luz especial, así como el color del cielo con una nitidez extraordinaria.

Benigno cuando hizo la mili.

Cuenta que cuando hizo la mili un cocinero fanfarrón y enorme le retó, lucharon a cinto, como se hace en la lucha leonesa y le ganó, causando admiración entre sus compañeros. Decía que es una lucha noble y que cuenta más la habilidad que la fuerza. Contaba como son las «mañas» de aquel deporte: El garabito, el rodillín, el retortijón, y nos cogía por el pantalón ¡y al suelo!, con suavidad.

La boda se celebró el 5 de enero de 1953. No tuvieron descendencia. La tía Lola ejerció de tía de toda la familia y luego de tía abuela, pues fue la referencia familiar en común de los Pinto. Inculcó el valor de ser portadores de este apellido. No quiso quedarse soltera «para vestir santos». Contaba que Benigno era muy educado, que ella no pudo hacer vida yendo de un pueblo a otro y que los veranos y vacaciones iba a León con sus padres, de manera que no hacía sociedad, ni conocía a muy pocas personas en la ciudad.

Para que nos hiciéramos una idea de lo especiales que son los de los pueblos, comentaba que son «muy suyos y cerrados». Lo ilustraba haciéndonos saber que hasta el día antes de la primera amonestación las hermanas de Benigno no supieron que se iba a hacer. Aquel día la madre las despertó y dijo, «hoy vestiros elegantes que vamos de fiesta, ¡venga!» Al preguntar que quienes eran los novios supieron que iba a ser su hermano Benigno ¡y la señora maestra! A mí me constaba creerlo. Ella respondía, «¿qué sabrás tú?; no sabes de la vida, ¡las que yo he pasado!» En los pueblos de León para que las familias aceptaran un noviazgo se hacían tres amonestaciones, una cada semana y a la semana siguiente la boda. En algunos pueblos se llama «proclama» y en otros «salennovios». La primera es mediante una fiesta después de la misa. En la actualidad se pone un escrito en la puerta de la iglesia para anunciarlo y que sea público.

En el altar de la iglesia del Mercado, ante la Virgen del Camino (del camino de Santiago, que es donde está situada la iglesia). Al lado de ambos Polo.

A sus 38 años, doña Lola se casaba o se le pasaba el arroz, contó alguna vez. Fue una gran conversadora y narraba las cosas cotidianas como si fueran historias y entremezclaba alguna historieta con enseñanzas a modo de conclusión.

Benigno era diez años más joven que ella. A algunos de los hermanos de Lola no les gustó. A veces la llamaban «tiona«, porque se había hecho muy de pueblo. Ella lo contaba con cierta rabia y decía que si no fuera por los de los pueblos ¿qué comerían los de las ciudades? Con la edad siempre decía diez años menos y se enfadaba si alguien preguntaba la edad. Para ella es de muy mala educación hacerlo. Logró, por medio de un antiguo alumno de ella que fue policía, poner en el DNI esa reducción de edad. Pero años después no le valió. Sobre el año de nacimiento pegó un papelito.

Benigno en Santibáñez de la Isla, con la tía Lola y el abuelo de Yolanda Prieto: Alfredo.

Demetrio Benigno Rodríguez Barrealas. Nacido en Villasabariego – León, 1925. Muere el 17 – XI – 1996. Hijo de Donato Rodríguez de Vadillo (Villasabariego – León) y Alipia Barreales Santamarta (Villacelama – León), ambos de pueblos cercanos uno al otro. La tía Lola los definía como «muy de pueblo», callados. Se rabiaba mucho porque a su hijo Benigno, el único varón que se quedó trabajando las tierras, no tuvo con él ninguna consideración especial. También decía que Donato era muy inteligente, con un talento natural fuera de lo común, que hacía las cuentas de memoria.

Alipia
Donato

Benigno fue el tercero de los hermanos: Rosario, Licesio, Carmen, Santiago,Tomás, Margarita y Salustiano.

Rosario se casó con Elicio Conrado. No tuvieron descendencia.

Rosario

Carmen, vivió en Villasabariego hasta su muerte.

Carmen

Santiago, casado con Ramira, tuvieron dos hijos (Fernando y Santiago, de éste la tía Lola y el tío Benigno fueron sus padrinos) y dos hijas, Pilar y Camino. Todos dedicados a la enseñanza. Una de ellas, Pilar, murió a los 26 años, dejando una hija pequeña. Vivieron en Puente Villarente, colindante con Marne. Santiago murió al volcar el tractor que conducía. Ramira en marzo del año 2020.

Santiago

Tomás. (Villasabariego – León, 1927 – Villacelama – León 2017) Casado el año 1954 con con Mª. Milagros Marbán Pérez (1932 – 1969), que murió joven.

Tomás
Tomás y Milagros el día de su boda. Año 1954.

Tomás fue agricultor. Tuvo un hijo y una hija. El hijo, José David, murió joven (1955 – 1968). Tomás cuidó de su hija Carmina, M.ª del Carmen Lucía (Villacelama, 1958), casada, el 2 de febrero de 1989, con Heraclio Andrés Morala (1957), éste tras graduarse como ingeniero técnico industrial, trabaja en un taller para la reparación de maquinaria agrícola en Villanueva de las Manzanas, desde el año 1993. Padres de tres hijos: Victoria (1990) estudió ingeniería industrial. Ángel (1994) graduado en ingeniería electrónica industrial y María (1996) estudia turismo.

Tomás vivió en Villacelama, de donde era su esposa. Dedicado a la agricultura. Se presentó en las elecciones municipales de 1979 para la alcaldía de Villanueva de las Manzanas, municipio del que es el pueblo Villacelama, junto a Palanquinos y Riego del Monte (BOE, 8 – III – 1979) Durante veinticinco años fue Alcalde pedáneo de su pueblo, de la Junta Vecinal. La tía Lola decía de él que era un leguleyo, «¡se sabía todas las leyes!» Y solía afirmar, poniendo de ejemplo a su cuñado Tomás, que a los de los pueblos no hay quien los engañe, que se hacen los tontos, pero son más listos que el hambre. Y nos aleccionaba: «A vosotros los de las ciudades, os las dan con queso». Tomás fue una persona muy meticulosa, que daba mucha importancia al significado de las palabras y tenía en su hablar lo que en León se llama «retranca», una sabia ironía. Una vez me dio una lección, hablando de asuntos de ecologismo: «Es que hay que tener en cuenta muchas cosas, no solamente lo que tu pienses«.

Licesio, Lucio, que se casó con Carmen y tuvo una hija, Carmen Lucía. Vivió en Oviedo. Fue policía nacional. El juego le arruinó. Se suicidó poniéndose en las vías del tren. Contaba la tía Lola que de pequeño su padre le dio una paliza porque robo los botones de su chaqueta para jugárselos con los amigos. «¡Con lo buena persona que era, y lo educado!», exclamaba la tía Lola, que no lo podía entender.

Licesio

Margarita (Villasabariego – León, 11 – XII – 1930 / 15 – III – 2022) se casó con Jesús Cañón Sánchez (Villafalé – León, 9 – IX – 1927 / 18 – V – 1994), un agricultor de Villacelama. Murió tras una operación de la vesícula. En este pueblo leonés vivió Margarita, hasta que fue a una residencia por padecer demencia senil. La tía Lola la quiso mucho. Le mandaba por Navidad una tarjeta de felicitación muy grande. Era muy cariñosa.

Margarita
En el centro Matilde, una prima de Margarita, hija de una hermana de Alipia.
Y Nemesio. Se casaron y tuvieron siete hijos en Villacelama.
. Al otro extremo están Margarita y Rafa.

Tuvieron tres hijas, todos ellos vecinos de León: Mari Luz (Villafalé, 22 – XI – 1955), que trabajó de funcionaria de en la Administración Civil del Estado. Jesús (Jesusín), (Villafalé, 15 – XI – 1957) casado con Ángela Cañón Díaz (Gelina); (9 – I – 1960) Tuvieron dos hijos, Carolina (León, 4 – I – 1991) y Álvaro (León, 28 – III – 1995) Abrió varias zapaterías en León, «Zapatero Súper Rápido» (León.)

Boda de Jesusín. Al lado de la novia la tía Carmen.
Al lado del novio, de su brazo, Loly, junto a Benigno. Lola y M.ª Luz.
En la iglesia de san Marcos. – León. Para la tía Lola ¡una boda por todo lo alto!
, de postín.

Y Loly, Mª. Dolores Cañón (León, 13 – IX – 1962) Su nombre es en homenaje a la tía Dolores, que fue su madrina. Trabaja en la administración de justicia como funcionaria. Fue ahijada de su tía Dolores y Benigno. Cuando iba a ser matriculada en el colegio de las teresianas, su madrina, que mandaba mucho, dice, dijo que mejor en el colegio Ponce de León, donde estaba de directora Lola de la Vega, que fue compañera de estudios de Dolores. En este colegio Loly Cañón tuvo de compañera a una hija de Lola de la Vega, Beatriz Cureses. Lola de la Vega estuvo muy unida a la familia Pinto, por haber sido la novia de Cristián Pinto, el hijo mayor de José Pinto, que murió a los 26 años.

Casada con Clemente García Barrios (30 – VIII – 1958), guardia civil que fue capitán de la comandancia de León, tras haber estado unos años en el País Vasco. Hijo de Guardia Civil. Por lo que la tía Lola decía que lo lleva en la sangre. También lo fue su abuelo. Salió en la prensa en actos oficiales, lo que le llenaba de orgullo a la tía Lola. Contaba que una vez, delante de él, metió la pata al decir de alguien que era más soso que un guardia civil.

Clemente, general de zona de la Benemérita, en un acto municipal.
La tía Lola se emocionaba. Decía a todo el mundo que era su sobrino.
(Foto del Diario de León)

Son padres de un hijo que ha estudiado Derecho, Jaime (León, 22 – I – 1997) y una hija, Sofía (León, 16 – IX – 2001), que estudia la carrera de Medicina en Valladolid. Clemente contó a la tía Lola que vio la bandera de la Guardia Civil de la época de la República, que se guarda en el museo de la Benemérita, en Madrid. La tía Lola tenía razón, pues su padre guardó es estandarte. Para ella fue un orgullo tener un guardia civil en la familia.

Como anécdota que también contaba la tía, es que cuando la conoció, le preguntó si yo era sobrino de ella. Ella dijo que sí. Y le contó que él estuvo en el desalojo de Riaño, mientras que yo estaba en un tejado para impedirlo. En esto la tía fue muy ambigua, repetía que los agricultores lo quieren todo, y echaba la culpa de ello a los tractores, que hacen el trabajo de mucha gente. «El trabajo del campo ya no es como antes». Pero a renglón seguido musitaba: «Pero, claro, necesitan el agua, si no ¿qué van a comer los de las ciudades?» Y la solución era «que sea lo que Dios quiera».

La tía Lola leía la prensa todos los días. De siempre, fue una costumbre suya. No soportaba lo del horóscopo, «¿cómo un periódico tan serio Diario de León, deja que se escriba esto», que según ella lo prohíbe la iglesia. Cuando leía una noticia de ecologistas en algunas en que salía yo, sin decir nada a nadie, en voz alta susurraba, como para sus adentros, pero en voz alta: «A estos ecologistas les daba yo unas buenas mandangas, pero buenas, de las de antes». Siempre miraba las esquelas, para ver quien ha muerto, porque siempre puede haber algún conocido y de gente de la que has perdido la pista. Yo le gastaba la broma de que las mira para ver si estaba ella. Se callaba. Lo que significaba que se acabó el tema.

La tía Lola leyendo, como cada mañana, la prensa.
En la casa de la calle Alcalde Miguel Castaño.
Foto de Javier Marín, el Cosaco.

Salustiano, (Villasabariego – León, 11- 06 – 1937), que vivió en Oviedo, primero para estudiar y después por trabajo para trabajar. El pequeño y el único de los hermanos que hizo carrera, siendo Ingeniero Técnico de Minas. Se casó con M.ª. del Socorro, Socorrito (Lagunas de Somoza – León, 12 – 05 – 1938) Es hija de Patricio Enríquez de la Rúa (Toro – Zamora, 12 – 07 – 1897) y Josefa Luengo Seco (Veguellina de Órbigo – León, 10 – 10 – 1908)

Salustiano, siendo un chaval.

Tienen cuatro hijos.

Foto de familia. A la izquierda Salustiano con Socorrito, junto a ella sus padres Josefa y Patricio.
Delante Eduardo y Carlos, y delante de ellos sus dos hermanas Patricia y Beatriz. Año 1974.
Socorrito con la tía Lola, en Oviedo.

Eduardo y Carlos (León, 20 – 4 – 970). Son gemelos Bautizados en la iglesia de Renueva, de León.

Eduardo, licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales, Doctor en Administración y Dirección de Empresas, es profesor del Departamento de Contabilidad de la Universidad de Oviedo. Tocó el violín en la orquesta de León. Ha sido concejal en su ciudad de Oviedo por el PP. Contrae matrimonio en Oviedo (27- 7 -2019) en la Capilla de la Universidad de Oviedo con Gema Avello Alonso (Navia – Asturias, 10 – 7- 1975) Licenciada en Ciencias Económicas. Es profesora del Colegio Loyola-Padres Escolapios de Oviedo. Una anécdota es que en la capilla de la boda hay un cuadro grande que es el retrato de Melchor García Sampedro, santo y mártir en Vietnam conocido como Melchor de Quirós, que es tía bisabuelo de una amiga de la tía Lola, Mari Carmen Sampedro.

Eduardo Rodríguez Enríquez.

Para la tía Lola es un ejemplo de elegancia y saber estar, tan fino, tan educado. Siempre lo remarcó.

Eduardo entre la tía Lola y una amiga de ésta, Matilde, de Bembibre – El Bierzo – León.

Carlos, cursó estudios en la Licenciatura de Derecho en la Universidad de Oviedo. Es empleado de Orange.

A la derecha Carlos. Acompañado por Matilde, su madre Socorrito, la tía Lola
y Eduardo, hermano mellizo de Carlos.

Y dos hijas, también gemelas: Beatriz y Patricia (León, 22 – 9- 1972), que han estudiado en el colegio público La Gesta, con la reina Leticia de compañera. A la que la tía Lola no podía ver, pero presumía de la alta categoría de su familiares, por este motivo de codearse con lo más alto de la aristocracia social y gente de postín, como la que entonces fue la princesa.

Patricia: Licenciada en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad de Oviedo, es empleada de banca.

Beatriz: con el Título Superior de Piano y Música de Cámara por el Conservatoria Superior de Música de Oviedo. Profesora de Piano del Conservatorio Superior de Música de Oviedo. Contrae matrimonio con Pablo Díaz García (Mieres – Asturias, 13/04/1970) el 7 de mayo de 2005, en la Iglesia de San Julián de los Prados de Oviedo. Pablo Díaz tiene el Título Superior de Violonchelo. Es Profesor de Violonchelo del Conservatorio Profesional de Música de Oviedo. Tienen 3 hijos: Adrián (4- 6 – 2007); Javier (24 – 2 – 2010) y Paula (29 – 11 – 2012)

Benigno fue agricultor, sin llegar a usar nunca el tractor. Cuando fue a vivir a Marne viajaba en moto, una Vespa, o en coche en invierno. Se sentía orgulloso de su trabajo y también de su León. La tía Lola decía que era de los de antes, «de los que trabaja de sol a sol, ¡de los de verdad!» Para ella los niñatos de ciudad éramos mequetrefes, pero ¡siendo Pinto!, bueno, aclaraba , «es que los tiempos han cambiado».

Lola, siempre presumió de que Benigno era muy buen mozo,
el más guapo del pueblo.

Benigno era un hombre bueno, así le definían. A la tía Lola no le gustaba que le dijeran que es bueno, porque decía que le venía a la cabeza uno de sus refranes: «Bueno y bobo empiezan por la misma letra». Por eso usaba el término de ser muy noble. Y se lamentaba que él no defendiera lo suyo en su familia. Al morir su padre, Donato, no le dejó en herencia el huerto de Marne, donde sembraba cebollas, ajos, habas, garbanzos, tenía unas viñas y un pozo. Yo le comentaba que lo había disfrutado al máximo, pero para ella fue una espinita.

Tardó mucho tiempo en hacerse el reparto, con juicios y desacuerdos familiares, según ella, porque pensaba que estaban a la espera de que como ella era mayor fuese la primera en «irse». Cuando se repartió, tras un largo litigio, le disgustó las tierras que le tocaron, pero al cabo del tiempo, gracias a un amigo suyo que trabajaba en una gestoría, Simón, se vendieron. Y para decirlo sin decir, recitaba la letra de una copla, dejándolo caer: «Cuando mi suegro murió a mí no me dejó nada. y a su hijo le dejó asomado a la ventana«.

A la salida de la boda. Detrás de Benigno mi padre Ramiro.
Al lado de Lola su hermano Ramiro del brazo de su hija Luisa.
Junto a ésta Margarita, hermana de Benigno. Y detrás de éste Ramiro Pinto Díez.

Nos impresionaba cuando íbamos a Marne en verano, que desayunara siempre dos huevos fritos con mucho ajo y un poco de pimentón. «¡Es para coger fuerzas!», decía. Llevaba leche de vaca, de las que él ordeñaba, para nosotros. A mi madre le extrañaba que a él no le gustase y echara al café una buena cucharada de leche condensada. «Es que es más dulce» decía y se reía con su gesto pillín. Opinada que la gente de los pueblos tiene más carrete que la de las ciudades. Le gustaba cantar canciones típicas de la tierra; y de la Semana Santa. Hablaba muy pausado. Para explicar como se siembran las habas podía estar casi media hora yendo una por una hasta hacerlo en un surco explicando el proceso. A la tía Lola el que fuera tan lento le ponía nerviosa a veces.

En la Vespa del tío benigno, todo un icono. A la puerta de su casa, en Marne. Montados en ella Miry (yo),
Gaby, Jose y Loly. César en brazos de benigno. Año 1964

Su pueblo, Villasabariego, está en el municipio donde se encuentran los restos de la ciudad de Lancia, fundada por los romanos. En el ayuntamiento hay un pequeño museo sobre los restos arqueológicos encontrados. La mayor parte están en el museo de León. Encontró cuando araba muchos trozos de piezas de cerámica, monedas, algunas de valor arqueológico. Y una piedra, ágata, con la inscripción de una hormiga, que la tía. Lola la puso como piedra de un anillo. Pudiera ser un sello romano. En su casa de Marne tenía en el salón un armario con ellas expuestas. Las entregué al museo de León el año 2008, a nombre de Benigno y de M.ª Dolores.

El año 2020, diciembre hasta marzo de 2021se expuso en el museo de León, edificio de Pallarés.

En el Nº 4.

La tía Lola pasó en en Marne – León gran parte de su vida y todos los años de casada. Su ilusión fue, desde que se jubiló, y que también lo hiciera Benigno, comprar un piso en León ciudad y venir a vivir a la capital. No pudo ser hasta que quedó viuda.

Con el trillo en Villasabariego. Le hubiera gustado ser agricultora,
pero reconocía que es muy duro.

Le gustaba mucho una canción que cantaba para hacernos ver lo que sentía por el mundo de los pueblos: «Hay que patearlos y hablar con sus gentes, no pasar por ellos como hurones y ¡queriéndose aprovechar de los de pueblo«, decía. Y esto de «los de pueblo», con cierto retintín. Porque sus hermanos en general, y algunos sobrinos, los despreciaban, «ese es de pueblo» o «parece de pueblo». Le sentaba muy mal que llamasen a alguien «paleto» en la televisión. Los chistes de ellos no le hacían gracia. Y decía que los de pueblo saben tanto que hasta saben hacerse los tontos. Lo que cantaba, y que al hacerlo acompañaba Benigno y les emocionaba, era «El canto del labrador»: “Amanece un nuevo día, / ya salen los labradores, / llena el alma de alegría / y el pecho lleno de amores. / Por el oriente el sol / radiante vida asoma; / abre el cáliz la flor / y difunde su aroma… / Despierta la parda alondra / levantándose del suelo, / elevando sus plegarias / y sus trinos hasta el cielo./ ¡Oh, vida feliz la del labrador! / Es vida de fe, es vida de amor,/ es vida de paz, vida de candor, / ¡oh, vida feliz la del labrador!…

Ante la casa de Marne con la tía Lola y el tío Benigno,
sobre su hombro Miry (yo) y delante Loly, Gaby.
José en brazos de la tía Lola.

La casa de Marne era la de la maestra, que se la dejaban mientras que trabajase en el pueblo. Al lado estuvo la del farmacéutico. No le sentó bien que al jubilarse le cobraran el alquiler, «¡después de tantos años!», decía. Pensaba que los maestros de pueblo tiene que vivir en donde imparten clases, no ir de visitas, sino participar de la vida del pueblo, porque, aseguraba, «hay padrecitos y mamitas que se las traen y hay que conocer al paisanaje».

En el corral de la casa de Marne.
Yo y mi hermana Loly dando de comer a las gallinas, las pitas pitas.

La casa de Marne fue algo singular. Por ejemplo el pollo a la tía Lola, que nos encantaba a mis hermanos y a mí. Mi madre, la esposa de Ramiro sobrino de la tía, no lograba sacar el punto de sabor. Pensó que era porque los de allá eran de corral. Para alimentarlos echaba pienso a las gallinas y todas las sobras de comida, menos los huesos que eran para el perro. Tuvo uno que la encandiló: Perla, un saltimbanqui. Llevó, Lolita, a Madrid varios de los pollos de corral y ¡nada! Hasta que una vez la tía Lola confesó: Además de una copa de coñac, que mi madre también echaba, un par de pastillas de Starlux. Entonces sí que sí. Nos encantaba. Mi madre se quejaba: «Entonces ya no es un guiso de pueblo»

La casa de Marne vista desde fuera

En aquella casa, cuando fuimos de pequeños, no hubo agua. Íbamos al caño a por ella. Nos decía un trabalenguas que debíamos decir de carrerilla y que al cabo de los años nos hacía repetir y ser reía. Decidlo en voz alta y veréis por qué: «Del coro al caño, del caño al coro…», repetido varias veces. Y tenía muchos dictados pedagógicos para aprender a diferenciar la manera de escribir las palabras, que se los ponía a su alumnado, para que fuesen bien preparados a la ciudad. Por ejemplo: «Ahí hay un niño que dice ¡ay!» Y el más difícil, para nota: «Allá hay una aya que halla su bolso detrás del haya que da sombra y puede que haya otra cosa».

Año 1966, yendo a por agua en Marne. Yo (Miry) y mi hermana Loly.

Años después llegó el agua, lo que ella agradeció siempre. También iba a lavar al lavadero, que llamaban «el mentidero». Fue un avance, pero echó de menos hablar, «echar la parlada», con las vecinas. También reconocía que como se cogiera manía a alguien del pueblo se le crucificaba. Tampoco hubo taza del wáter hasta muy recientemente. A mí y a mis hermanos nos daba miedo entrar en el corral, en la parte de dentro, para hacer nuestras necesidades. Ella cuando íbamos echaba a las gallinas a la parte del corral de fuera, por un agujero en la paread que comunicaba ambos lados y ponía un ladrillo en el hueco.

Se bañaban con un balde y agua caliente, lo que ella llamaba «hacerlo a lo gato». Los tres últimos años pusieron un pequeño cuarto de ducha en el patio. La cocina era de carbón, una «bilbaína». Luego añadió una de gas, pero nunca dejó de usar la de hierro, que servía para calentar el agua y como calefacción. Aunque sólo llegase el calor a la cocina. En ésta tenía un banco en el que le gustaba a mi padre echarse la siesta. Se encargaba de cortar la leña, con una macheta para que los trozos fueran pequeños y prendieran bien.

Letra de la tía Lola. Tenía la costumbre de tomar notas de cosas curiosos que leía, o que escuchaba en la televisión y al conversar con alguien.

El colchón del cuarto de los invitados era de lana y algunos cojines de plumas. Muchos bordó ella su funda. Me encantaba dormir acurrucado en aquella cama. También hacía la tía Lola pañitos de ganchillo, no se cansaba de hacer estos «telares» y presumía de ello. Regalaba alguno a las amigas y parientes.

Uno de los modelos de pañitos que hizo.

Le gustaba pasear los caminos de Marne, sobre todo ir al río a tirar piedras. A orillas del Porma, en Marne. Solía decir «los ríos hablan, presta atención y verás que te dice algo». También nos recordaba que este río desemboca en el Esla: «El Duero lleva la fama, el Esla el agua». Al coto de pesca de este río fue a pescar alguna vez el tío Quique, cuñado de mi madre. La tía Lola lo recordaba porque fue a visitarla.

Para las mesas camilla también tuvo modelos que hizo a raudales. La silla de rejilla al lado, que era de casa de su padre.

La tía Lola decía que tenía que confesarse, por culpa de las maldiciones que pensaba contra su suegro por no haber regalado a su hijo Benigno el huerto de Marne. Y aguantaba su enfado cuando el párroco del Mercado, don Enrique le decía que si es que ella era mejor. Después de contar esto se santiguaba y rezaba y decía al cabo d eun rato «no quiero que me lleven los diablos», y cruzaba las manos invocando al cielo con los dedos cruzados.

Muestra de costura que aprendió a hacer el la Sección femenina.
Lo que ella llamaba el saber práctico y no ¡tantas cosas que no sirven para nada!

La tía Lola y Benigno fueron muy devotos. Él no era de procesiones, pero un año se apuntó, por una promesa, que nadie supo cuál fue. Fue hermano del Dulce Nombre de Angustias. La tía lo fue de siempre de las dos. Lo llevó a gala. De mayor le acompañé a los actos litúrgicos y a las visitas. Defendió siempre el derecho de antigüedad. No aceptaba privilegios para las abadesas consortes. Nos hizo papones y compró el hábito a mi hermano Gaby y a mí. Que acompañamos al tío Benigno varios años. Éste contaba mucho la anécdota de cuando salí para ir al baño de un bar para hacer mis necesidades y al volver le daba toques al de delante creyendo que era él, para que supiera que ya estaba. Le chisteaba «tío, tío». Quien iba delante se levantó el capillo y me dijo «¡yo no soy tu tío! ¡Qué gracia le hacía esto al tío Benigno. Y lo que se reía al contarlo.

Ante la casa del barrio de Santa Marina – León, que decía que era de su abuelo
José Antolín Pinto y que la vendió.

Y algo que siempre que nos veía lo recordaba riéndose. Íbamos por la calle y comenté que los de León no protestan, que falta genio a sus gentes, que se conformaban con todo. Un señor que iba delante de nosotros fue a dar a un hijo suyo un bofetón, un sopapo, pero el chaval que iba a su lado se apartó y casi me da a mí. El tío Benigno no paró de reírse y de decir, «con que los de León no tenemos genio, ¿eh?» Y se reía.

Benigno de papón con la tía Lola y Gaby a un lado.
El otro y Miry. Año 1976.

Se apunto a la cofradía del Dulce Nombre. Cuando íbamos a tomar algo en Semana Santa, una limonada, lo hacíamos a bares que dieran «paponas», aceitunas negras, con cebolla y huevo duro, con pimentón y rociadas con aceite. La tradición de comer los garbanzos potajeros el Viernes Santo y al bacalao al ajo arriero, era de obligado cumplimiento. Y ¡nada de carne! los viernes de Cuaresma. Y ¡no puede haber comida que se precie sin un vaso de vino! Contaba que de pequeña le daban para merendar una rebanada de pan bañada en vino y con azúcar. «¡Y aquí estoy, tan sana!», decía. Las gentes modernas le parecían melindres. «No han pasado una guerra y una posguerra como nosotros.»

Viendo con devoción y emocionada la su procesión de León. En el otro balcón César con Elsa y Pablito. Año 2005.

Benigno, definido por todo aquel que le conoció como una buena persona, ¡una bellísima persona. Amable, bondadoso, sencillo. En los últimos años padeció un deterioro en su capacidad cognitiva, que pensaron que fue vejez prematura. Por lo que Lola contó a su sobrino Ricardo éste, que era psiquiatra, le diagnóstico Alzheimer. Fue la primera vez que ella oyó esta palabra, «este palabro«. A mí me impresionó cuando una vez me preguntó «¿yo soy yo?» No sabía volver a su casa, pensaba que los personajes de la tele estaban en casa. Su cuerpo se hizo un nudo. Pero su recuerdo es el del hombre bueno y fuerte que trabajaba las tierras de su padre, con orgullo campesino.

Padrinos de confirmación.

Tanto a la tía como a él no les gustaba lo de Genarín. A quienes le procesionan les llamaban «borrachuzcos», borrachos de poca monta. Cuando la tía Lola vivía en la calle Zapaterías bajaba las persianas, pero una vez no, porque quería echarles un cubo de agua. Cuando un año una televisión de Ponferrada le alquilaba el balcón para grabar a media noche, dijo que ¡ni hablar!, que ni por todo el oro del mundo.

En primera fila benigno y Lola, en la boda de Yolanda y mía. Al lado nuestro hijo Rayo. Al fondo la tía Mary Carmen, con mi madre al lado, Lola. El tío Isidoro, Elena, la entonces novia de mi hermano Gaby y la tía Lucy cn nuestro otro hijo, Omar, en brazos. En los juzgados de León.

La tía Lola amaba los pueblos, pero también su querido León. Quiso comprar un piso. Cuando el precio de las casa era equivalente al valor de cuatro vacas, decía. Benigno nunca quiso. Al morir la tía vendió el solar con la casa muy deteriorada de Puerta Monedas. Vino a León a vivir con nosotros a la calle Mariano D. Berrueta. El año 97 compró el piso de c/ Zapaterías. El edificio es del año 1965. Otra parte la repartió entre los sobrinos. Su casa está en el corazón del barrio Húmedo. Le gustaba el bullicio, pero justo al límite de la parroquia del Mercado, le tocó la parroquia de San Martín, pero el párroco le dijo que para efectos era de la suya, lo que le complació mucho. Cuando mis hijos fueron creciendo, ella se veía «un estorbo», que no era tal. Pero además el barullo de amigos de ellos entrando y saliendo, le hizo alquilar un piso en la calle Alcalde Miguel Castaño. Los dos últimos años viví con ella allá, pues ya era mayor.

Lola y Benigno en Sánibañez de la Isla, con el abuelo materno de Yolanda, Alfredo. Ella con Omar en brazos.

Se dedicó a viajar con las amigas, con Yolanda fue a Italia y siguió haciendo colchas y pañitos.

Año 1997, cuando estrenó la casa de Zapaterías – León.
Hacía las colchas en la mecedora en la que tanto se recostó y meció su padre, y donde murió, de repente.

Pasó muchas horas, cuando ejerció de maestra, sola en el pueblo, sobre todo en verano que no había clases. Iba a Puente Villarente a comprar lo más de a diario, paseaba con las amigas del pueblo, pero cogió la afición de hacer ganchillo.

La tía Lola, en su casa de Marne con Daira y Ramirín, su querido Ramirín. Año 1999.
Con Rayo, Omar, Ramirín y Daira. Año 1999.

Hizo un total de 33 colchas con diversos modelos que tenía ella «la prueba». Llevó la cuenta. Hacía cuadros sueltos que luego juntaba. Usaba un tipo de hilo. Las últimas solo había una tienda en León que vendiera el que a ella le gustaba.

Contó muchas veces las que había realizado y a quién se las había regalado. No quería que salieran de la familia, ¡antes quemarlas!, pero a alguna amiga de toda la vida le dio una. Un mes antes de morir se dedicó a deshacer una que estaba apunto de acabar, porque decía que estaba mal. Daba la sensación de que quisiera mover el tiempo hacia atrás.

Ésta es a colcha que decía, es más difícil. Llamaba a este diseño: «de flores».
La «sacó» de una muestra que tenía su madre, con el que hizo las colchas de las cunas para sus hijos.
Fue el modelo que más gustaba a mi abuelo Ramiro, su hermano.
El cojín también fue hecho de su mano.
Otro modelo, en casa de su sobrina Loly Pinto.

Orgullosa posando ante la primera casa en la que vivieron los Pinto en León, al llegar a León el año 1808. En el barrio de Santa Marina. Luego el hijo de José de los Ángeles, Antolín la vendería y compró una casa en el número 3 de la calle Herreros,
en el barrio del Mercado.

(Año 1999)

Todos los días leía el periódico, el Diario de León. Despotricaba de las cosas que leía. Por las mañanas escuchaba la radio, primero a Federico Jiménez los Santos, que por entonces estaba en la COPE. Le ponía a tono. Ella aplaudía lo que decía. «Los ves, lo ves, ¡es que son unos resentidos!», se explayaba refiriéndose a los «malos», que para ella son los de «la cáscara amarga». Yo decía que el programa aquel era su sintrón. Que los tres últimos años lo tuvo que tomar. Después en Radio María escuchaba la misa cada mañana.

La tía Lola con Yolanda, en Roma, ante el Coliseum.
Visitando el museo Guggenheim en Bilbao. Año 1997

Le entretuvieron y encantaban los viajes. Pero también las telenovelas. Vi varias con ella, de cuyos personajes estábamos pendientes, como si fueran de la familia. Yo me enganché con ella, sobre todo a la de «Frijolito», hasta que por fin su madre, una sirvienta, se casó con su papá, un médico. Cuando esto sucedió no paramos de aplaudir. Con ella comencé a ver en TVE-1, «Amor en tiempo revueltos», año 2005. Que sigo viendo con mi madre, año 2020, en Antena 3 bajo el título de «Amar es para siempre». Manolita, Marcelino y el abuelo siguen.

(En Portugal, año 2005 y en Venecia frente al puente de los suspiros año 1998. ¡Qué contenta volvió a León! No paró de contar todo lo que había visto.)

En Braganza, en la calle de un Pinto, que abundan en esta país vecino. Con Anita, año 2005.

La tía Lola siguió el consejo de su sobrino Ramiro, mi padre, cuando enviudó: Viajar. Decía que con cada viaje que se hace son tres: Uno cuando se prepara, otro cuando se va y el tercero cuando se recuerda. También repetía con frecuencia que recordar es volver a vivir. Hice con ella muchos viajes de ida y vuelta los sábados con la peña el Tambor. Cuando fuimos a Colunga – Asturias, fue el día de la muerte de la princesa de Diana. Otro dicho suyo es que somos tres personas en una: La que creemos ser, la de como nos ven los demás, y la que realmente somos.

El ramo de flores por ser su santo, el día de las Dolores.

Fue a las procesiones acompañando a la Virgen, el Viernes de Dolores. Con 97 años, uno antes de morir, hizo entera la de las Dolorosa. Desde muy joven siguió a la Virgen en este recorrido de varias horas. Le acompañó, hasta que murió, su amiga Matilde de Bembibre, que vivía en León. Los últimos años la fui a buscar. Al llegar a casa, de noche, tomaba sus sopas de ajo, y una copita de orujo, que para ella fue medicinal. La vela con el farolillo se lo dimos a Carmen Ferré Giraldo, que también procesiona a la Virgen ese día.

La tía Lola con sus resobrinetes. cuatro de mis hijos: Omar a su derecha.
Daira a su izquierda y detrás Rayo. Y en sus brazos su querido Ramirín.

A la tía Lola no le gustaba que los papones dieran la mano a los niños, ni que el público aplaudiera, porque León es muy serio. Las saetas, una o dos, pero no más que eso es cosa de andaluces. Madrugaba a las seis de la mañana para ver el Encuentro de la Virgen y san Juanín. Si alguien se colaba le cantaba, dándole palmetazos en la espalda: «Date el bote, cara dura, pachún, pachún», repitiéndolo hasta que se iba y se montaba un guirigay. Le gustaba que los papones bailaran los pasos. Se inflamaba de orgullo. Era una apasionada de todo o que fuera de León. Tampoco se perdía la Ronda y recordaba cando fue con su padre.

(La tía Lola el año 2005 buscando sus ancestros en Portugal, a la espera de viajar a este país. Empezando una colcha en Santibáñez de la isla, año 2012. Ella podía hablar mientras que movía las agujas y ver la tele. Con el brazo en cabestrillo en la cabrera. En el balcón interior de la casa de la calle Alcalde Miguel Castaño, donde pasó sus últimos años. Al fondo se ve la torre de su querida iglesia del Mercado, año 2010. Con Anita en Santiago de Compostela, año 2004)

A los 83 años le dio un pampurrio estando en Madrid las vacaciones de Navidad. Fuimos a casa de Gaby a comer el roscón de Reyes. Al día siguiente era el aniversario de su boda. Hacía poco que quedó viuda. Al salir, yendo en el coche con mi padre, que conducía, Rafa y conmigo, se empezó a ahogar y a gritar. Íbamos a un hospital, pero no daba tiempo y mi padre dio un volantazo para entrar en el Hospital del Aire, en la Avenida de Arturo Soria. Los soldados salieron apuntándonos con los fusiles, pero ya vieron lo que pasó. Estuvo unos días en coma y el parte fue el de resurrección artificial. Al volver estaba muy contenta de que la llevase a León el chófer de mi tío Quique. La quedaban quince años más por vivir y aprovecharlos a tope.

En la Cabrera, año 2009, con el brazo en cabestrillo.
Celebrando los Reyes Magos con Yolanda. Año 2009.
El día que celebró su 90 cumpleaños. Quiso que estuvieran todos sus sobrinos. Mi padre por enfermedad no pudo. Aprovechó para invitar a todos cuando Cristianín vino a verla desde París. La comida fue en «La Pintona», que eligió por el nombre. pero un año después se arrepintió al saber que en el mismo se celebra la cena de la cofradía de Genarín. (Pintona es un tipo de truchas con puntos en las escamas) La tía Loa presidiendo la mesa. A su derecha: Cristianín, Susan (Londres), Vicentín (San Sebastián)y Mari (Tarragona). A su lado Bernardino, al que no se le ve. A la izquierda de ella: Ricardo (Londres), Luisa (Madrid) y Blanca (San Sebastián) También falta en esta foto Anita (Málaga).

Murió con 98 años, en su casa, como ella quiso, sin ir al hospital y lo de una residencia ¡ni hablar! a la antigua usanza. No quería morir en un hospital ni vivir sus últimos años en una residencia. Había nacido en la casa de sus padres. Su ímpetu por vivir la definió. También ella, como su hermana Polonia, tenía la mortaja preparada para cuando llegara el momento, «nadie se queda aquí». Y también decía que nadie ha venido para contarnos que hay «allá». Unas enfermeras del hospital La Regla se la pusieron. Había muerto, pero no cerebralmente, por lo que estuvo a la espera seis horas. En el momento de morir, en casa, mientras que estuvo los primeros minutos de perder el conocimiento, en la cama, movía los dedos de la mano como cuando contaba las colchas que hizo.

Con los sobrinos al completo, de los que vivían, excepto mi padre, Ramiro, enfermo. A la izquierda de la tía Lola sentado Bernardino. A su derechos Cristianín. Detrás Ricardo, Luisa, Vicentín y Anita. En medio, la Virgen de los Pinto. Año 2005.
La tía Lola en la boda de Rayo y Miriam. Año 2013.
Con sus 98 años atenta a lo que pasaba en el mundo, «no tiene arreglo», comentaba.
En el parque de san Francisco – León, adonde acudía a tomar «el sol nuestro de cada día».

La misa del funeral, el día de su entierro fue muy emotiva. Sobrinos y sobrinos nietos llevaron el ataúd a hombros y con solemnidad. La cofradía del Dulce Nombre acompañó el duelo con dos representantes portadores del pendón que estuvo sobre el ataúd toda la noche y en la misa del funeral. El tambor de la cofradía tocó templado. Luego la corneta. La misma que cuando la Ronda, en Semana Santa, pide silencio, el que en el templo se produjo y le acompañará ad eternum. Como ella decía «que allá espere (quien haya muerto) por mucho tiempo, en el valle de Josafat».

Y un brindis, como ella lo hacía: «Por los presentes y los ausentes«.

D.E.P.

Como ella decía, recordando que lo decía su hermano Carlos:
Allá nos esperes muchos años en el Valle de Josafat.

Un capítulo aparte son sus amigas, con las que viajó, paseó, salió los domingos y hacían sus tertulias en casa de alguna. Y lo que la tía Lola llamaba con cierta guasa «fiestas pías».

Con sus amigas en Marne, año 2001. A su derecha Marisa Giraldo y Mari Carmen Sampedro.
Al otro lado Carmen Giraldo, Naty Guerra, Yolanda Prieto y Daira Pinto Prieto.

Marisa Giraldo, casada con un Ferré, Pepe, hijo de una hermana de Agustina, la mujer de su hermano Pepe. Formaron un grupo de amigas durante muchos años. Lo formaban Mari Carmen Sampredro y Naty Guerra. Quedaban los domingos a tomar algo, hicieron excursiones, viajes y lo que la tía Lola llamaba «fiestas pías», en las que criticaban a la farándula del cotilleo televisivo y a alguna intrusa de la Casa Real.

En casa de Zapaterías, la tía Lola con sus amigas. En una de esas fiestas «pías» como las llamaba ella.
A su derecha: Naty Guerra, Matilde (natural de Bembibre) y Mª. Carmen Sampedro.
A su izquierda Carmen y su hermana Marisa Giraldo.

Otra amiga que con la que salía mucho fue Nina, de Marne. Y de este pueblo donde fue maestra y vivió la, su muy querida, Engracia, la señora Engracia. «Mujer de gran consejo», decía la tía Lola. Engracia era madre de Mary, casada con Teo, ambos amigos también de la tía Lola y muy pendiente de ella. Engracia se fue a vivir con su hija a Boadilla del Monte – Madrid. Hasta que una vez que volvió a Marne se despidió de todos y cada uno de los vecinos, diciendo que ella se quedaba en el pueblo. Se vistió de fiesta y la encontraron al día siguiente muerta en el pozo de la casa. La tía Lola quedó impresionada, se preguntaba en voz alta «Engracia ¿cómo has hecho eso?», y aclaraba, «con lo religiosa que era». Y luego se mostraba comprensiva: «¡Es que Madrid!, y ¿qué hacía allá ella?»

Matilde, de Bembibre, que vivía en León. Tía de Simón, que trabajaba en una gestoría que le llevaba a ella todos los asuntos de papeleos. .

Mª. Carmen García Sampedro conoció a la tía Lola porque iba a visitar a Olvido y coincidieron las dos. Olvido, la madre de Pepín Ferré, que es el marido de Marisa Giraldo. Cuando la señora Olvido murió Mari Carmen Sampedro a ver a Lola. La tía Lola repetía que León es un pañuelo, siempre encuentras un pariente a poco que hables con alguien de su familia. «León es un pueblo». Mª Carmen murió en noviembre de 2021.

Mari Carmen Sampedro con el sobrino nieto de la tía Lola, Ramiro, y Daira al fondo. Año 1999.

Mari Carmen fue una admiradora de la Rusia de los zares. Tiene una colección de cincuenta muñecas Barbies cuyos vestidos ha diseñado y hecho ella misma. Por parte de padre desciende de Vegacervera. Por parte de madre su familia proviene de Motril – Granada. Parece ser que de una familia de marqueses, cuyo título ha desaparecido, porque si en cincuenta años no se pide desaparece. Su pariente, Alonso D. Federico, en tiempos de la reconquista de Granada con los Reyes Católicos, estaba en el campamento de Santa Fe, a doce kilómetros de Granada. Se infiltró en el campamento enemigo y entró en una cueva y cogió agua para dársela al rey Fernando, quien por la hazaña que hizo le hizo marqués como reconocimiento. El lema de escudo es: “Para que mi rey beba traigo agua de esta cueva.” También por parte de padre, tiene un ascendiente santo, con una capilla en la catedral de Oviedo: Melchor García Sampedro también conocido como San Melchor de Cortes de Quirós (1821 – Asturias / 1858 Vietnam) Fue un obispo dominico. Estuvo en Filipinas y luego en Vietnam donde fue torturado, ejecutado y despedazado. Un siglo después fue proclamado santo, el primero nativo de Asturias. Hay una capilla dedicada a él en la catedral de Oviedo. Enterrado sin cabeza en Oviedo, debajo del altar de la Santina. Un brazo lo dejaron en la catedral de Manila – Filipinas. En la iglesia San Julián de los Prados, de Oviedo, fue la última iglesia en la que oyó misa, según cuenta su sobrina bisnieta, Mari Carmen, antes de ir a Ocaña – Toledo, donde estudio para el sacerdocio. Cuando cantó misa únicamente asistió su hermano Manuel, bisabuelo de Mari Carmen. Murió de repente el año 2020.

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